| | Los Devoradores de Carne. | Jue Nov 20, 2008 6:54 pm por Kerish | Habían sido dos días de tranquilo camino, y el vuelo ocasional de algún ave nocturna hizo que el cazador salvaje y primal que dormía en el interior del jinete solitario despertase como un gigante de sueño ligero, entrecerrando sus ojos, acostumbrados a la oscuridad de la noche y los peligros y bellezas que esconde.
Una flor se abría entre las hierbas sólo hoy, una ardilla traviesa le espiaba desde un solitario árbol, y los ojos en la oscuridad que parecían acecharle se alejaron en ella, para sumergirse en las tinieblas con las que los hombres pueblan el mundo de las pesadillas, más allá de la seguridad y el calor de una hoguera.
La noche era y seguía siendo un mundo bello y aterrador. Kerish se sentía como en casa.
La sesión nocturna no estaba tan avanzada hacia las tierras orientales de Dhargen, pero, la luna se hallaba en lo alto, y algún satélite extraño que quedaba a capricho de las manos de los dioses flotaba como un astro más.
Las estrellas, como gotas de leche del pecho de una diosa sobre el tapiz oscuro y eterno, marcaban el camino al navegante, y también al bárbaro que viajaba en su montura, que a su vez, disfrutaba un breve instante de descando pastando.
Aunque en aquellas latitudes, sembradas de campos verdosos y pasto húmedo que, de cuando en cuando, su corcel degustaba, apenas había visto un campesino o dos. El camino no se presentaba del todo fiable, nunca había viajado por allí.
Y era tan diferente de aquella ruta con Darian en barco...
No era momento de pararse a pensarlo ni de recordar las atracciones hacia la dura mujer de suave tacto, así que, tocó los costados de su caballo con los talones.
A su vez, el animal de pelaje oscuro nublado que parecía como entender un idioma primigenio, echó las orejas hacia atrás mostrándose algo contrariado por negarle aquellas hierbas.
Ya en ruta de nuevo, el nómada estepario le premió con una palmada condescendiente en el cuello, siguiendo el camino sin transitar por las verdes llanuras del margen oriental del reino.
Por un momento, le pareció ver algo. No, lo vio.
Detuvo nuevamente a su caballo pero no fue para recalcular la ruta. Unas sombras se introdujeron en un caminillo hacia un bosque que no se podía bordear sin tardar demasiado, y aun así, el bárbaro tendría que pasar por un tramo. Entrecerró los ojos, y giró un poco la cabeza, mirando las alforjas por encima de su hombro izquierdo.
En ellas, el oro que le debe a cierta sacerdotisa de antigua y respetable familia. Ocupa un saquillo, pero también tenía otros regalos para ella, fruto de algunas aventuras sangrientas en las que usar acero, músculo y mente.
"Podría echar a galope al condenado caballo, y pasaría de ellos... un jinete en la oscuridad sería como una sombra que pasa haciendo ruido por un instante y desaparece después", pensó cuando su ancestral sentido del combate le alertaba de que algo no iba bien.
Suspiró, y vio que alguna de esas sombras abandonaba los árboles, pero no veía a trescientas leguas como se dice que ven los dragones, ni menos aún era capaz de un aumento de visión en la oscuridad.
La primera opción sería fácil con el único inconveniente de ser capaz de seguir el camino del bosque de noche sin topar con algo. Una piedra mal puesta o cualquier otro objeto sobresaliente del terreno podían derivar en su fatalidad.
Llegaría quizá en menos tiempo, con menos riesgos.
Pero una de esas sombras danzaba y aullaba a la luna como los primitivos hombres, cantando algo que se elevó hasta el firmamento con un macabro eco que ahogaba la eternidad de las estrellas, y el brillo del metal de una espada relució con la claridad lunar cortando algo. De alguien.
El bárbaro echó la cabeza y el cuerpo ligeramente hacia delante. No era su problema, que se encargasen los héroes de reluciente armadura y áureos cabellos de angelicales auras y facciones agraciadas.
Era un hombre endurecido por la guerra y la barbarie de la que nació, y por ello, escogió el camino más corto entre su destino y él.
Espoleó al caballo hacia el camino del bosque.
En la cabalgada a velocidad, quedó casi a la altura de las columnas que eran árboles en verdad, y un golpe en seco le desmontó con elasticidad, desprendiéndole desde la silla del caballo y los estribos.
El animal, que, sintiéndose sin jinete, optó por rodear la zona en círculos, nervioso y piafando.
Desde los prados verdosos dos siluetas oscuras que se mimetizaban con el entorno rieron como enajenados, recogiendo en su tosca y ajada red el fruto de su "pesca".
Aquéllos tipos pronto fueron apoyados por el otro que blandía una espada, ensangrentada, y arrastraba un cuerpo semidesnudo con una túnica vieja levantada hasta la cintura.
El hombre tenía un aspecto extraño y rústico, como un leñador silvestre, y el niño al que arrastraba de un pie tenía los genitales al aire y la cabeza abierta.
Los dos tramperos intentaron cerrar la red tirando, pero el esfuerzo del joven bárbaro, aunque aturdido, rivalizó contra el de ambos hombres, manteniendo el espacio justo para zafarse.
En ese instante, el de la espada, que parecía frenético, y a la par muy ido, se alejó con una especie de gruñidos gangosos que devinieron en sílabas, siendo reemplazado por otro emboscador más.
El prisionero no pudo evitar que uno de ellos dos se aferrase a su brazo derecho, pero el otro apenas llegó siquiera a cortarle con su largo cuchillo.
Para cuando intentó éste último un segundo ataque, el bárbaro escapó de su puñalada alejándose con un salto hacia la derecha del que aún estaba agarrándole, así el tercero tomaba su hacha y la levantaba dando alocados tajos.
En cuanto interpuso al del agarrón contra el hachero, los hizo tropezar y golpearse, pero aunque uno todavía se enganchaba a su extemidad como un calamar enloquecido por el hambre, eso no le impidió derribar con una patada tras las rodillas al del arma, y darle un cruel pisotón en el cuello que le hundió la tráquea con un crujido cartilaginoso.
Kerish vio alejarse al de la espada, casi emitiendo un gemido de impotencia al ver que se perdía con el niño entre los pastos, tirando de su cuerpo inerte como de un ternerillo muerto, y le escuchó de nuevo esa jerga ridícula con una exclamación.
Con un poderoso tirón, agarrando del brazo al que le tomaba el suyo, balanceó al trampero empujándolo contra su compinche y escapó de sus manos.
Fue cuando, saltando y encogiendo las rodillas contra el pecho, desplegó una patada dual al usar ambas piernas contra el torso del tipo que le sostenía la presa segundos antes, golpeando como si sus muslos fueran dos poderosos pistones de hierro, haciendo que su enemigo se empalase contra el cuchillo del otro que venía buscando destripar al guerrero de las lejanas estepas.
La sorpresa era total para aquél desquiciado, que viéndose manchado de la sangre de su compañero, retiró despacio el arma.
Pero Kerish ya estaba ahí en esos ápices de segundo, espada en mano, y una sucia estocada a la cara le destrozó al trampero del largo cuchillo la comisura izquierda de la boca, cortando el carrillo además, dejándole una sonrisa antinaturalmente amplia y una boca más profunda.
El bárbaro vio caer ante él al loco, que aún blandía el cuchillo intentando rajarle los muslos, hasta que la punta de la espada sobresalió con un empuje cruel por su nuca, y los ojos se le volvieron occisos hacia las cejas, temblando con un estertor fatal.
Apreciando su dolor, el salvaje del norte retiró el arma, y apoderándose del hacha en el suelo, fue a buscar al imbécil que quedaba.
Al avanzar entre los pastos altos a ambos lados del camino, hacia la izquierda, descubrió al tipo de antes, con la cara pintada con algún tipo de barro fino, glasto... no sabía lo que era exactamente.
El caso es que el extraño, con el pelo corto a cuchillo y una barba un tanto rala, estaba empujando tras el cadáver del niño muerto, desnudo de cintura para abajo y con la túnica recogida contra la cintura.
El abominable acto de profanar a un muerto así dio más asco aún al bárbaro cuando vio que el que hablaba en ese extraño lenguaje levantaba la espada con una mano envolviendo la otra, como si rezase antes de una batalla a un dios, o buscara sus bendiciones.
¿Pero a qué dios se invocaba de aquella manera tan asquerosa? Quién demonios sabía...
El hombre de brillantes ojos y pinturas en la piel advirtió que alguien interrumpía su ritual, y jadeaba entrecortadamente mientras se levantaba abandonando el cadáver tibio.
Algo zumbó en el aire, más pesado que una flecha y menos silencioso que una piedra, y el hacha de uno de sus compañeros le pasó girando por el brazo izquierdo cortando piel y músculo.
Al seguir avanzando, el joven bárbaro no supo si aquél hombre estaba loco, o era un muerto viviente con vomitivas ansias, pero parecía que ni siquiera la herida le podía detener. Como los demás, llevaba pantalones de tela y una camisa de lona con apenas mangas, y el color era indefinible en la oscuridad.
Tan pronto estuvieron a distancia de espada, el loco tiró un tajo desde arriba en vertical con la mano derecha, Kerish detuvo el ataque, pero aunque era lo suficientemente rápido como para matar a alguien diez veces, el otro se movía al azar, como borracho, agachándose como si fuera a caerse, y ello le libró de perder la mitad superior de la cabeza cuando la espada del guerrero del lejano norte silbó cortando tan sólo aire.
No, aquél hombre no estaba borracho, sabía lo que hacía, y además, aunque parecía que su mente estaba en otro lugar, acusaba unos signos semejantes a cierta locura de guerra, salvo que esta, tenía un origen profano y maligno a juzgar por el brillo de sus ojos.
Nuevamente, el perturbado intentó moverse, pero haciéndose un objetivo difícil al parecer que bailaba alocadamente, en realidad se estaba moviendo con un salto salvaje que, por contra, le exponía el cuerpo, desconcertando al bárbaro.
La espada de éste apenas pasó a un centímetro de su pecho, dejando una pincelada roja en la lona bajo la cual, la carne del tipo de la barba descuidada estaba herida, y cuando Kerish trató de acerársele, el otro evitó un nuevo ataque por arriba y lanzó un tajo hacia la malla de acero que vestía el melenudo guerrero.
Un choque tintineante, pero no hubo sangre.
El Lobo de Griskald olvidó que un enemigo nunca actúa del todo como se espera de un combatiente. En este caso, estaba sobrecogido por la escena de la violación del cadáver de un muchacho de unos diez años y la súbita emboscada, pero con todo, había algo en él imposible de superar con suceso o arma: el instinto de supervivencia.
Esa furia que sentía por tal aberración borró cualquier pretexto en su cuerpo o mente y entorno como para que ignore el peligro y la apariencia, cualquier artificio, y por eso, le cortó la mano al loco de un tajo ascendente al esquivarle un corte de revés, alejándose y arremetiendo con un salto y la espada por lo alto, como un resorte mortífero.
La extremidad amputada cayó cerca, el loco dio saltos, algo le sacó de su extraño trance y parecía que le había hecho consciente de su situación.
Pero era tarde, pues el bárbaro tomó el arma que sujetaban aún unos dedos muertos, y con un tajo desde cada lado que se unía contra las vértebras del cuello, sajando carne, vena y músculo, una explosión de sangre y un gorgoteo arrojó la cabeza por el aire.
La vida salpicó en gotas rojas contra ambos filos de acero que aún relucían bajo una repentina lluvia carmesí en la oscuridad, el cuerpo decapitado del loco se mecía dudoso aún, hasta quedar en el suelo, inerte.
Al luchar contra Kerish ha estado jugando con la muerte y ha perdido la partida.
[Continuará]
[ http://www.esnips.com/doc/0192d356-9169-46b8-adb0-5a8169e06916/Lucha-Salvaje---Tema-de-Kerish ]
| | Comentarios: 3 |
| | ¿Quién está en línea ? | En total hay 3 usuarios en línea: 0 Registrados, 0 Ocultos y 3 Invitados Ninguno La mayor cantidad de usuarios en línea fue 11 el Dom Nov 15, 2009 9:16 pm. | |