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 Arak de Dhargen Oriental

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Arak



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Fecha de inscripción : 23/04/2008

MensajeTema: Arak de Dhargen Oriental   Lun Abr 28, 2008 2:35 pm

Venid, acercaos, dejad que os cuente una historia. Es la leyenda de Arak, el mariscal de campo, el más bravo guerrero, maestro de maestros en la espada. Es la historia de un hombre que lo tenía todo y cayó al abismo oscuro de la avaricia. Venid, acercaos, permitid que os cuente la historia del peregrino, del loco, del atormentado Arak de
Dhargen Oriental


Hubo un tiempo, no hace mucho, cuando el nombre de Arak era conocido por el de un héroe que había salvado cientos de batallas. Su espada no conocía la derrota, ni su alma la deshonra por la victoria arrebatada. Arak de Dhargen, se escuchaba decir en el campo de batalla, y el júbilo que al momento henchía los corazones de los aliados sólo
era comparable a la desesperanza que cubría el alma de los enemigos.


Cuando sus deberes cesaban, Arak tenía un hogar al que acudir. En su casa le esperaba el fuego de la chimenea siempre encendido y comida caliente. Arak tenía una fiel mujer a la que amaba, y dos hijas, bellas como dos gotas de oro fundido. Ellas eran su calor cuando el frío del invierno lo atenazaba en el campo de batalla, el remedio para alejar las
pesadillas en las noches de soledad y muerte. Ellas eran las fuerzas para alzar
la espada una vez más, aunque no le quedaran fuerzas con las que seguir combatiendo.


¡Ah! Pero existe una frontera que ni el más valeroso guerrero es capaz de salvar, un reino que escapa a toda hoja de espada, y toda protección de armadura… el amor.


No el amor puro, noble, que cubre a los amantes jóvenes y los llena de felicidad y sueños cumplidos, no el amor que Arak disfrutaba con su esposa he hijas. No. Fue un amor pérfido, envenenado, que toma de la mano al incauto mediante suaves caricias y lo
conduce hacia el reino de la demencia. Ese amor tentó al mariscal Arak, se
introdujo en sus pensamientos con suaves susurros, y se apoderó de su alma para
llenarla de corrupción.


Su nombre era Elisabetha, hermosa como un amanecer en Vyrhan, pero tan peligrosa como una cuchilla de hielo. Fue enviada por el ejército enemigo al que combatía Arak, pues, totalmente acobardados, temían su total exterminación en la próxima batalla. Convencidos, pues, de que les era incapaz vencer al guerrero, quisieron atacar al hombre.


Elisabetha se hizo pasar por una ciudadana de Dhargen Oriental y se las ingenió para coincidir con Arak. Así, la primera vez que se vieron fue en el templo, cuando nuestro mariscal acudió a la oración una soleada mañana. Allí la encontró a ella. Arrodillada, las manos entrelazadas a la altura del pecho, y el rostro inclinado a tierra con total sumisión. Los primeros rayos solares, filtrados por las vidrieras, acariciaban la piel de sus aterciopeladas mejillas.


Arak apenas se fijó al principio, sólo de pasada, mientras caminaba hacia el altar mayor de la catedral. Pero la imagen de aquella mujer volvió a su memoria como una puñalada a traición y, mientras rezaba, no pudo evitar volverse.


¿Qué escudo sería capaz de proteger contra la mirada que ella le devolvió? ¿Qué armadura, por resistente que fuera su metal, le habría guardado contra su sonrisa? Nada lo pudo evitar, y Arak, poseído ya por los encantos de Elisabetha, dejó olvidadas sus
oraciones, se apartó del altar cuya fe le habría devuelto la razón, y caminó
hacia la trampa que le transformaría en un atormentado para siempre.


No es necesario decir que en la primera conversación los requiebros dieron pie a una segunda, y de la segunda a una tercera. Pronto, Arak olvidó las caricias de su esposa, los abrazos llenos de amor de sus hijas. Elisabetha ocupaba todo su pensamiento, el recuerdo de sus encuentros secretos le turbaba. Menguó su astucia en el campo de batalla, su brazo ya no acometía con el mismo ímpetu. Se consumía, día a día, porque
conocía su pecado, pero se sentía incapaz de librarse de él. Cuando su
conciencia le rogaba volver a su vida anterior, el deseo de su corazón le salía
al encuentro, y movido por él, regresaba a los brazos de Elisabetha noche tras
noche.



Así, transcurrieron dos meses llenos de mentiras y dolorosos secretos, hacia su familia y hacia los hombres de su ejército. El mariscal fue transformándose en una marioneta sometida a los deseos de su señora. Cada día el ejército enemigo avanzaba posiciones, sitiaba ciudades y mataba a los mejores soldados de Arak, mientras él,
cegado por el deseo, apenas salía de su tienda, entregado a la pasión de
su amante secreta.


Hasta que una noche, su lugarteniente, Zhaskull Ravisher, viendo que el enemigo ya les
rodeaba, y que estaba a punto de caer sobre ellos, se armó de valor y, saltándose cualquier código de respeto hacia su superior, entró a la tienda en la que aún yacían desnudos Arák y Elisabetha y antes de que ninguno reaccionara comunico la noticia: el enemigo les rodeaba y los soldados se sentían desmoralizados y perdidos sin su señor.


Al principio, el espíritu guerrero de Arak reaccionó, el mariscal quiso levantarse, pero antes de que siguiera apartara la manta de su cuerpo, Elisabetha susurró a su oído que su lugarteniente había violado el código de respeto al superior. Arak vaciló, y Elisabetha, por segunda vez, vertió en su alma la dulzura melodiosa de su voz. “nadie debe entrar aquí, ya no te tienen respeto”.


Arak, sugestionado, sólo repitió aquellas palabras con la fuerza de una orden. “Ya no me tenéis respeto”, dijo, lleno de cólera, y echó a su lugarteniente de la tienda. Las trágicas noticias apenas pervivieron unos segundos más en su memoria, pues Elisabetha las deshizo mediante húmedos besos


De este modo, mientras su ejército combatía por última vez, Arak se dejaba arrastrar a una noche llena de lascivas caricias. Sangre, y fuego, dolor y llanto en el
campo de batalla, mientras en la tienda todo era hilaridad, placer, e incontrolables jadeos de placer.
Todos sus hombres fueron masacrados aquella noche, y sus cadáveres abandonados a merced de los cuervos.



Cuando a la mañana siguiente Arak salió de su tienda para desayunar, comprobó incrédulo que no quedaba nadie en el campamento. Fue entonces cuando regresó su sentido común, cuando vio la trampa en la que había caído. Entró de nuevo en la tienda, y llevado por el frenesí zarandeó a Elisabetha pidiendo respuestas. Nada obtuvo, sino una sonrisa, la misma que lo embaucó aquella mañana en la catedral. Arrebatado de
ira, alargó el brazo hasta su mesa, empuñó la espada, y la hundió en el vientre
de su amante. Contempló con perverso placer cómo la muerte se adueñaba de
aquellos ojos glaucos que lo hipnotizaron, y cuando el cuerpo cayó inerte y
ensangrentado al lecho, maldijo una y mil veces aquella vida.


Pero pronto se dio cuenta que no había más culpable que él mismo, él y su escasa fuerza de voluntad. Quiso olvidar su deber, hacerse ciego y sordo a la verdad, parra ofrecer a su carne todos los deleites imaginables. Su familia le volvió entonces a la memoria,
como si clamaran ya desde el otro mundo. Desesperado, se vistió con las
primeras ropas que encontró, se enfundó la espada, y cabalgó en dirección a su
hogar


Sin embargo, el plan del enemigo hacía mucho tiempo que se había consumado. Cuando llegó a su hogar lo encontró reducido a cenizas y a su mujer en la puerta, degollada. Con el rostro surcado de lágrimas buscó algún rastro de sus dos hijas, pero nada encontró. El enemigo se las había llevado, quizás para disfrutar torturándolas, quizás para pactar una rendición del mariscal, en caso de que éste volviera a ponerse frente a un ejército.


Pero no les hizo falta. Arak había sido derrotado. Derrotado del todo y para siempre. Desapareció de Dhargen y desde entonces comenzó a vagar por toda la tierra como un alma en pena.


Muchos le llaman el peregrino, otros simplemente dicen que no es más que un vagabundo loco. Pero casi nadie conoce quién fue Arak de Dhargen oriental, Arak el soldado, Arak el esposo y padre.



Descripción:


Arak, a simple vista, parece un mendigo desarrapado. Juró no cortarse el pelo hasta no encontrar a sus hijas, así que lo lleva muy largo (han pasado 15 años desde que fue engañado por Elisabetha) y trenzado, al igual que la barba. El pelo en trenzas le llega
hasta la cintura, la barba hasta el pecho. Algunas veces, claro está, se lo han
cortado, especialmente cuando le han encarcelado (más de dos veces, como
mínimo, por robar)


Viste con poco más que harapos. Alguna vez puede vestir una armadura acolchada, pero por lo general su apariencia e higiene personal dejan mucho que desear.


No obstante, bajo esta apariencia subyace un mariscal de campo. Es un hombre alto (1,87 cm) y que antaño estuvo fuerte y bien alimentado (ahora debe pesar unos 83 kilos).
Aunque ciertos capítulos de su pasado lo han hecho enloquecer en parte, conserva la cordura en momentos importantes y no ha olvidado la etiqueta que se espera de un militar de alto rango. Mantiene una cortesía nunca vista en un mendigo o trotamundos.


Se gana la vida como pícaro: engaña, sirve en diversos empleos de baja categoría, roba, mendiga… cuando puede, se dedica a vender todo tipo de objetos que ha conseguido en sus viajes a cambio de comida, dinero, o algo para cambiar.



Objetos

El único objeto de valor es su espada, que conserva como un cruel recuerdo de su pasado como luchador de élite. La oculta entre trapos viejos.


Especial.


Arak es, posiblemente, uno de los mejores luchadores de todos los tiempos, pero NUNCA luchará. Aunque sea insultado, vapuleado, castigado, atacado, nunca, jamás, se
defenderá. Esta es su penitencia. Sólo un caso de vida o muerte lo llevará a
defenderse, porque significaría que su promesa no puede cumplirse. Sólo
entonces luchará lo justo para salvar su vida. Nada le importa la vida de los
demás, pues ya ha perdido a sus seres más queridos, a no ser que estén
relacionadas de alguna forma con el paradero de sus dos hijas.


Encontrar a sus dos hijas es lo único que tiene sentido en la vida de Arak, por eso se pasa la vida peregrinando de un lugar a otro, sin obtener ninguna pista, pero
buscándolas sin descanso. Si en algún momento tiene la certeza de que sus dos
hijas han muerto, nada le ligará al mundo de los vivos.



Arak, penitente (sin trenzas)
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