Razas y Reinos forjando su destino.
 
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 Una misión peligrosa.

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Kerish

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MensajeTema: Una misión peligrosa.   Sáb Mayo 10, 2008 5:37 pm

Atardecía en el poblado de Griskald y ya no nevaba, pero el frío que rajaría la piel a un bronceado del sur y le haría tiritar medio muerto, sólo significaba un viento fresco para los lugareños. Una enorme choza hecha de madera albergaba a varios de los mejores guerreros bárbaros de la tribu del Lobo, todos ellos con sombría mirada, discutiendo frente al fuego.
Entre ellos Kerish, el joven que anteriormente habían conocido como Khôr (una manera de decir lobo joven o lobezno) miraba el fuego, ensimismado.
Durante todo el rato le dieron vueltas al mismo asunto: los paladines oscuros que sometían al culto del antiguo dios del mal a toda tribu incivilizada sumaban a sus ejércitos las milicias tribales, engrandeciendo sus filas y conquistándolo todo.
Pero el poder de los bárbaros no era otro que el de las armas, y se enfrentaban a los corazones llenos de maldad y negra magia de éstos conquistadores venidos del mar del sur.
No hacía más de cinco años, se habían internado en las estepas para someter una tribu.
Una avanzadilla de cincuenta hombres que no tuvo éxito, y cuyo capitán quedó malherido en extrañas circunstancias, dándosele por muerto. Por ello fue que se retiraron.
—Fue una gran gesta, éramos pocos allí y bastamos para hacerles huir con el rabo entre las patas...—rió un joven hombre de cabello corto y oscuro, con barba de tres días. Los oscuros ojos entrecerrados por el orgullo brillaban tanto como su armadura de cuero tachonado y su cota de malla. Igual que el resto, llevaba unos pantalones típicos de cuero claro y un chaleco de tupida piel de oso, hecho por él mismo.
—Todo se había inclinado a nuestro favor entonces, Reeha, porque además conseguimos desbordarles con más de los nuestros. Pero fue sólo porque no les dimos tiempo a usar su magia ni a reagruparse. Tened presente, hermanos, que si han vuelto, lo habrán hecho más fuertes, y con hechiceros, y más guerreros. Somos una tribu bastante grande, pero ellos son muchos y traerán la brujería de su dios—.
El comentario no falto de razón del que llamaban Águila de Guerra infundió una breve desesperación en los demás miembros del consejo.
—Bajo mi punto de vista tengo una sugerencia—suspiró Reeha con una sonrisa a medias. Todos volvieron sus oscuras miradas hacia él.
—Háblanos, muchacho—dijo el padre de Kerish apoyándose sobre su hacha, sentando en una tosca banqueta de fondo circular.
—Somos un pueblo formado por cuatro tribus, o sus descendientes para ser más concreto. Sabemos apenas poco sobre los que se negaron a dejar esa tierra y formar parte de nuestro pequeño aunque extenso clan, ya que mi abuelo perteneció a uno de estos pueblos. De ser ocho, pasamos a ser cuatro, y esta tribu del Lobo podría hacerse más poderosa, si consiguiéramos la ayuda de ésos otros cuatro pueblos de los que no hemos sabido nada en cincuenta años, o de los que quedasen. Podríamos ser más, presionar a las otras tribus, y plantar cara al enemigo de una vez por todas con un ejército numeroso. Sin duda, tendríamos más tierra a nuestra disposición, y si se oponen, ¡les conquistaremos con nuestras armas y nuestra fuerza!—.
—Tienes visión, sin duda—dijo un anciano chamán, encapuchado en gris y con un collar de dientes afilados y extraños colgando sobre su pecho. Águila de Guerra miró a Takkan discretamente, y los otros guerreros del diezmado consejo golpearon al unísono la mesa con sus puños para dar por buena la idea. Entre tanto, Kerish volvió la cara hacia su padre, y luego hacia Águila de Guerra y Reeha.
—Eso es un suicidio. Las antiguas tribus han desaparecido, seguro que sus viejos integrantes, ésos que se quedaron para plantar cara al antiguo Señor del Mal, están enterrados, o comidos por los orcos que expulsamos, o peor aún: malditos por los vampiros que merodeaban por allí en busca de presas según nuestra historia. Además, nunca peleamos entre nosotros si no es por prestigio o por defendernos, ¿por qué íbamos a luchar? ¿Por una tierra que nos pertenece a todos?—.
Ante el pesimismo de Kerish, algunos rieron mientras que otros, como Reeha, se mantenían pensativos. Entonces, el joven guerrero se levantó de su sitio, y por primera vez en la noche, sus ojos se habían clareado, mostrando su vivo color azul.
—¡Pero es posible que haya alguien vivo! ¡Aún tenemos tiempo de ir a buscarles y abarcar más tierra con nuestro clan pese a quien pese! Si somos más que la tribu del Cuervo podemos quitarle terreno más allá de la cordillera de Damlath-Dûbhain y extender nuestro dominio hasta dar con el río Vuloga. Y quién sabe... quizás alguno de nosotros mate al Cuervo y eche a sus aliados orcos algún día. Sí, han pactado con una tribu de orcos que ellos mismos han traído llegando del mar por el norte, no sabemos cómo o quién les ha ayudado. ¡Pero les haremos frente si encontramos a los otros cuatro pueblos y los unimos bajo nuestra enseña!—.
Cada vez más guerreros, sobre todo los maduros, golpeaban la mesa con fervor y aprobación. Takkan era uno de ellos. Kerish pensó en la situación con rapidez: si era cierto lo que Reeha decía, podían echar a aquellos renegados y traicioneros de la tribu del Cuervo, y con ello, a los orcos que merodeaban por allí controlando el paso más fácil hacia las tierras de los caballos, donde habían prados y el sol se veía algunas veces, según una creencia popular de los Cymyr. Pero era un modo de pensar muy civilizado, matar gente por tierras. No por religión ni por moral, Kerish estaba en desacuerdo porque eran siglos de tradición y de honor rotos por ambición. Pero...
Si además de eso, volvían a poder criar caballos (criaturas ya no tan frecuentes en sus tierras debido al monopolio del Cuervo) y repoblar los valles, aquello no tenía tan mala pinta. Y las tribus quizá estarían más unidas así.
—Expedición suicida, y casi ninguna posibilidad de sobrevivir... ¡no puedo perdérmelo!—rió Kerish, y golpeó también la mesa.

*
El consejo había elegido sus cinco guerreros. Reeha propuso una gran expedición con la mitad de los guerreros del pueblo con él, pero todos estuvieron de acuerdo en que menos hombres llamarían la atención lo menos posible y serían suficientes para llevar un mensaje de alianza. El intrépido Reeha partía del poblado flanqueado por dos bárbaros de cabellos oscuros y ojos castaños. A ambos, de atlético y fibroso físico, les diferenciaba tan sólo la manera de llevar los cabellos: Jhumläth llevaba la larga melena suelta y ceñida solamente a su frente con una cinta de cuero, mientras que su hermano gemelo, Tamûll, llevaba una cresta de pelo que se le convertía en una coletilla en la nuca, estando el resto de sus cabellos rapados. Pese a que el abrigo de Tamûll era tosco y de pieles de zorro, el de su hermano era un del Ilonio de color rojo que había comprado a un mercader hacía dos años. Ni el mismo mercader sabía de dónde había venido la prenda.
Con una sonrisa, Takkan intentó encontrar una diferencia en ellos que no fuera el cabello o sus abrigos. Kerish no les dijo de dónde venía el ropaje. No quería recordarlo.
Ambos eran fibrosos y la espalda ligeramente ancha, y portaban hachas de lanzar en un cinto de cuero de ternero... y a la espalda, unas cimitarras bárbaras. Caminaban apoyándose en unas lanzas, y el hombretón se echó a reír al ver que Jhumläth tomaba la suya en la izquierda, la mano contraria a la que Tamûll sostenía el arma.
Su hijo Kerish miraba el pueblo por encima de su hombro izquierdo, y unos ojos grises, esquivos y gélidos, le despidieron en su partida. Su padre le miró con gesto serio, y tras devolverle su hijo la mirada, siguieron a los tres que tenían por delante.
El viaje hasta las tundras de las tierras bajas transcurrió sin incidentes, los cinco bárbaros habían descendido un negro badén donde había crecido un musgo rojizo y se veía como salpicaduras de roja sangre entre la blanca nieve, que estaba en la fase de deshielo. No quedaba tanto para la primavera, y en aquellas tierras al sur, ya empezaban a verse pedazos de campo y hierbas floreciendo.
Una tarde, mientras avanzaban por las colinas, fueron sorprendidos por flechas de orcos. No podían creer que hubieran avanzado tanto, pero con todo, no tuvieron otra opción que esconderse. Reeha desapareció en la carrera por el Bosque Muerto, y sus compañeros no supieron de él durante todo un día más que estuvieron dando un rodeo para marear a los orcos.
Cuando encontraron un escondrijo, los mellizos y el padre y el hijo, todos juntos, se miraron torvamente, sentados unos frente a otros.
—Tengo un mal presentimiento acerca de esto—.
—Y yo, hermano. Los orcos están muy cerca...—le dijo Jhumläth a su hermano.
En la covacha sobre unos riscos, la noche avanzaba a medida que el modesto fuego se convertía en gélidas brasas. Taparon la leña con tierra y miraron en derredor. Creían haber escuchado algo, pues según se decía entre los civilizados, éstos guerreros salvajes tenían los sentidos agudos de un lobo. Sin embargo, no escucharon nada. Se miraron todos nuevamente, y compartieron sus provisiones.
—Yo haré la primera guardia—dijo Kerish, mirando a los hermanos, y su padre asintió.
Al rato de situarse frente a la entrada, con la espalda contra las rocas, Takkan apareció junto a su hijo, parecía mentira que un hombre tan corpulento se moviera tan silenciosamente. Aquélla era una raza de hombres extraordinarios. La noche parecía otra cosa aparte, un mundo muerto en el que las voces se suspendían en el aire con nada que se alzasen lo mínimo. Sin mirarle, su hijo abrió un poco la boca, hablando en un susurro para no hacerse notar, mientras la oscuridad en la noche de invierno teñía todo de una claridad blanca pero a la vez azulada, difusa. El viento no camuflaría el más nimio tono que saliera alto de su garganta.
—¿Te acuerdas cuando vinieron a asaltar el poblado? Los caballeros del mal, ya sabes...—.
—Fue la segunda vez desde tu nacimiento, cuando tomaste mi flamberga de hierro y caíste sobre uno desde un tejado de pajiza para proteger a una chica del pueblo. Echaste a correr por la estepa como un loco aunque apenas podías con aquella espada. Tomaste una lanza de un guerrero caído y fuiste aullando por ahí, a saber qué harías. Te zurramos bien fuerte por ello, pero no te quejaste y tenías la sonrisa más amplia que jamás te he visto. Hace años de eso—le dijo su padre.
—Cuando estuve en las tierras cercanas al Muro de Hielo encontré a una partida de guerra de los Vane. Si se han adentrado en nuestro territorio desde más al norte, deberíamos andarnos con ojo y batir las estepas. Eso de que una tribu haya pactado con los orcos me huele a aquello, estoy seguro de que los caballeros negros volverán—.
El padre miró al hijo, y éste siguió mirando la oscuridad. Tenía su razón, pero Takkan sabía que a no ser que demostraran la amenaza, las tribus no se unirían contra un enemigo común.
—Reeha se ha demorado demasiado, puede que esté escondido o ya esté muerto. Nos habría encontrado ya. Mañana nos dirigiremos a las tierras del Cuervo según lo planeamos—gruñó Takkan. Aun así, sin su líder, estaban dispuestos a continuar su misión. Todos ellos.
Transcurrieron un par de horas, todo parecía tranquilo, cuando girando la cara hacia el lado derecho, el vigía inmóvil vio por su ojo de tigre algo que se movía a la izquierda.
En silencio, el joven bárbaro entrecerró los ojos para ver mejor aún. La caída de nieve había amainado durante la noche y Kerish era susceptible de alarmarse con un ruido fuera de lo corriente, ya que no había vientos. Tensó su arco recurvado, un sutil crujido, apuntó entre el follaje a treinta metros, y disparó el proyectil. Entre los vestigios de un pequeño bosque, cayó alguien de bruces, sin un grito, sólo un quejido. El vástago que se le había incrustado hasta casi llegar a las plumas antes del culatín de la flecha aún estaba sujeto por sus manos, cuando la mancha oscura creció por la nieve, y la espada curva de hierro y el hacha habían caído igual que su dueño. Kerish se internó en la pequeña cueva, y despertó a su padre, y éste a su vez a los gemelos Tamûll y Jhumläth. Cuando se asomaron un poco, mimetizándose entre las sombras, vieron lo mismo que el joven bárbaro. No les hizo falta susurrarse nada, echaron manos a las armas y sus ojos se clavaron en las formas que avanzaban cachaduzamente en pos del explorador caído. Orcos, y un ser simiesco más grande aún que ellos, peludo y con nariz bulbosa y enormes brazos que sujetaba un garrote. Nuevamente, el joven guerrero iba a disparar con su arco, pero la mano de su padre le detuvo y destensó lentamente, sujetando la flecha con la mano izquierda al deslizarla sin ruido por la madera del puño. Ellos no podían verles, pero Kerish pudo verlos a todos.
Nos han encontrado.
Probablemente celebrarían sus funerales en este ocaso invernal, pero no estaban dispuestos a vender baratas sus vidas.
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MensajeTema: Cuestión de Supervivencia.   Dom Ago 10, 2008 7:03 am

Mork “Puño de hierro” olfateó el aire igual que el resto de sus guerreros, una pequeña cuadrilla formada por nueve orcos. No encontró al décimo. Sus anchas y peludas cejas se apretaron contra la frente en una mueca fiera, luego profirió un gruñido, y cualquiera se hubiera cagado en los pantalones de ver cómo el enorme monstruo mostraba sus dientes alzando un poco el lado derecho de la boca. Sin embargo, aquello era una mueca de desconcierto.
Sus cabellos grasientos echados hacia atrás y los lados se confundían con aquella especie de barba que salía de debajo de su prominente y cuadrada mandíbula inferior, y las grandes orejas eran tan puntiagudas como los dientes que se cerraban contra su labio superior desde las gruesas encías. “Puño de hierro” descubrió el cadáver al avanzar un poco más, apartando los ramajes oscuros que crecían del suelo a la salida del bosquecillo con su enorme clava.
Retirándose, los orcos formaron hacia todos lados con sus lanzas, espadas y hachas, gruñendo, con el moquillo de sus narices porcinas cayendo al suelo, escarchado. “Puño de hierro”, que andaba encorvado hacia delante, peludo y con unas piernas que parecían permanentemente dobladas por las rodillas (quién sabe si él medía casi tres metros y lo que pesaba), miró con sus brillantes y sucios ojos alrededor. Este rato apenas los orcos habían encontrado nada, y el enorme ogro que recibía su nombre de la mano izquierda, amputada, se agachó un poco hacia el cuerpo del orco muerto, apoyándose en el suelo con el puño cerrado que le habían fabricado en hierro para suplir la falta del otro.
Vio la flecha al darle la vuelta al cadáver con una patada, y entonces supo que el enemigo no lo había matado cuerpo a cuerpo y había huido. Su terrible boca dibujó una sonrisa, los humanos que venían siguiendo estaban aquí, escondidos. Miró hacia más allá en la oscuridad, la espesura, más lejanas estepas, y las colinas negrizas y azuladas aquí y allí molestando a su vista. A unos metros en frente, tenía la más próxima. Al primer grupo se unieron otros ocho orcos que venían siguiéndoles desde más allá. Ahora, eran muchos para cuatro bárbaros, según los cálculos del ogro.
Despacio, fueron preparándose, y el ogro les indicó una estrecha subida a la cueva. Cinco orcos volvieron a la oscuridad y flanquearon por la derecha la formación rocosa, con intención de ir subiendo la cuesta.
—¡Humanos! ¡Rendíos y os perdonaré la vida!—tronó el ogro, con la voz anormalmente ronca y con un timbre que la hacía un poco aguda, un contraste extraño para pronunciar el idioma común de los pueblos de Arryas. Los orcos rieron entre dientes, pero Mork “Puño de hierro” deslizó hacia atrás su metálica mano y la estrelló en la cara de uno de los verdosos secuaces, haciéndole estallar la nariz y la boca de un golpe. El orco cayó al suelo, muerto en el instante, y el resto no se atrevería a volver a reír del ogro que iba con unas toscas pieles bajo la cintura y una hombrera de metal en el lado izquierdo de la que sobresalía un pincho con varios cráneos clavados.
Los humanos en la disimulada cueva que el ogro suponía allí no se pronunciaron. Iba a matarlos de todos modos, pero quería verlos salir por alguna razón, quizá para tener claro que eran pocos y no muchos. Era un ogro y no sabía contar. En cuanto le dijeron que eran sólo cuatro, supuso pocos hombres ya que el número iba precedido de la palabra Sólo. “Sólo Cuatro”.
Iba bien preparado, desde luego, con más orcos de los que podría saber contar. Dio la señal para que los otros subieran el estrecho paso con un escupitajo, notando que una flecha y luego dos más, derribaron a tal número de orcos en un segundo. El ogro se quitó de en medio corriendo junto al resto para flanquear la posición de los humanos, otra flecha silbaba tras Mork “Puño de hierro” y se clavaba en el suelo. Ya que les habían impedido la ruta de escape, podían despacharlos a gusto y llevar sus cabezas a su jefe. El aire fue de nuevo rajado por los susurros de vástagos de flecha clavándose hasta las plumas en un cuello verdoso y en dos torsos de orco. Los humanos eran buenos tiradores, pero ellos eran más e iban ganando terreno.
Kerish salió del abrigo de la cueva y de la oscuridad, con un orco cerca, y disparó dos flechas juntas sobre la cara del mismo, que tenía a cuatro metros, haciéndole caer por el borde de la subida, a la derecha, con los proyectiles clavados sobre el ojo izquierdo y en el pómulo bajo él. Desdeñó el arco desde su posición dejándolo caer, y su padre disparó otra flecha por encima de su hombro izquierdo, que meció el cabello del bárbaro y silbó impactando con un crujido en el antebrazo de un orco, con el virote atravesando a éste el músculo entre radio y cúbito que le clavó el brazo armado con un hacha al pectoral derecho. Para cuando llegó por inercia a ambos bárbaros, Kerish ya había desenvainado su espada y le había atravesado con ella entre la garganta y la barbilla, clavándole el metal en el paladar empujando con la mano izquierda el pomo de su arma. De un empellón, arrojó al orco contra sus compañeros, y se retiró, los gemelos se interpusieron con sus poderosas lanzas, frenando el empuje del enemigo con puñaladas al aire que hicieron retroceder a sus perseguidores. El coraje de un orco brilló con sangre al agacharse ante la lanza de Tamûll y saltó con su cimitarra intentando partirle la cara al bárbaro, pero éste empaló al monstruo en el aire por el pecho y lo tumbó retorciendo su lanza en sus entrañas, arrancándole un grito porcino de muerte. Por su parte, Takkan y Kerish descendían a la espalda de los dos hermanos y tras un salto, llegaron abajo. Los hermanos se cobraron dos muertos más al mismo que Kerish recobraba su arco y clavaba la espada en el suelo. Su padre le imitó y ambos tensaron un par de flechas, con el corazón palpitante como la tensión en la cuerda del arma, y fue entonces cuando el ogro se dio cuenta de que los humanos habían empleado una estratagema como la suya.
Dos flechas fueron hacia el monstruo, la de Kerish le rompió un cráneo de su hombrera, pulverizándolo, y su padre acertó sobre el pectoral izquierdo del ogro. Con un grito, Mork “Puño de hierro” corrió a por los dos bárbaros, seguido de un orco, mientras que los otros estaban aún intentando matar a Jhumläth y su hermano, que se giraron al unísono sobre sí mismos, agachándose un poco, y ganaron terreno con una embestida que empaló de forma dual a un enemigo, separaron sus lanzas desde ambos lados dentro de su carne, y lo destriparon. Él solito se había clavado contra ellos al arremeterles con ímpetu.
El padre de Kerish dejó su arco y tomó la espada, apartándose de otro pielverde que corría más veloz que el ogro por ellos, pivotando a su izquierda, y le lanzó un espadazo al cráneo. El orco antepuso instintivamente su espada herrumbrosa y mellada, y empujó al bárbaro de cabellos cortos y barba negra, que detuvo un tajo de carnicero hacia su cabeza con el arma empuñada por ambas manos, parando en alto. Deslizando la espada del orco hacia abajo, la pisó un segundo y la partió en pedazos con la suya, descargando luego un mandoble desde el lado izquierdo que le cruzó la cara al monstruo y derramó su sangre en una línea por el suelo níveo y terroso. Haciéndole girar y recuperando el arma del anterior golpe, Takkan le atravesó tras los pulmones, con un crujido que vibró hasta el mango del arma que sentía entre sus grandes manos. Arriba, los hermanos ganaban más terreno y empezaban a correr tras los orcos con sus lanzas.
A su izquierda, su hijo estaba librando un combate duro, ya que mientras él había detenido al orco, Kerish había rodado por el suelo esquivando un terrible porrazo que podía haberle aplastado la cabeza entre los hombros. El ogro se giró hacia la derecha, buscando a Kerish, y éste detuvo un golpe de clava anteponiendo la hoja de su arma, cogida con las dos manos, y luego saltó empotrándose contra el maloliente torso de su gigante enemigo, con la punta de la espada ancha por delante. La estocada falló apuñalando el muslo derecho del ogro, y éste rugió, con la clava fallando un ataque bestial, y el segundo estrelló a Kerish contra la pared rocosa de la subida a la cueva, al golpearle con su puño de hierro.
Antes de que la gran clava pudiera aplastar su cuerpo aturdido de dolor, el joven lobo tuvo la oportunidad de salvarse porque su padre había rajado con un furioso tajo tras el costado izquierdo del ogro, pero el brazo, aunque no pilló a Takkan en su revés con la bola de hierro tallada como una mano cerrada, bastó con su ímpetu para derribarlo. Fue entonces cuando Kerish notó que algo se rompía en su cabeza, un calor mezclado con un escalofrío estremecedor poseía sus músculos, y gritó arrojándose contra el ogro, que lo encaró tarde bajando su clava contra él. De un tajo desde arriba con las dos manos, Kerish le cortó el antebrazo derecho desde dentro de su guardia, con un salto, y el arma dio con el filo contra el suelo esparciendo la sangre del ogro cuando otro orco caía muerto a su espalda, y Takkan contemplaba maravillado a su hijo, que detuvo un inconsciente golpe hacia su cuerpo con la mano de hierro usando su espada, cortando la gruesa muñeca con un segundo golpe, atravesando las correas de cuero. Realmente fue un reaccionar instintivo del ogro al sentir el extremo dolor.
Takkan se levantó pesadamente y un orco aprovechó para herirle el brazo izquierdo en el descuido, el muy traidor... que tras el tajo con que hizo sangrar al humano, sintió unos dedos gruesos como estacas cerrarse sobre su tráquea grasienta, y que se la hicieron crujir mientras una cuarta de acero bárbaro empuñado por la diestra de Takkan le atravesaba la barriga y retorcía sus intestinos gelatinosos.
Entretanto, Kerish derribó al monstruo con un brutal tajo contra su rodilla izquierda, dejándole el resto de la pierna colgando de un trozo, y el estrépito del ogro cayendo contra el suelo levantó nieve y ruidos en la noche. En un alarde de salvajismo, o bien fuera mero instinto asesino, Kerish cogió el pesado puño de hierro con las dos manos y lo estrelló contra la frente del caído varias veces, poniéndose sobre él, hasta que la piel y el hueso se separaron de la peluda cabeza y una masa viscosa y humeante por el calor abandonó en pedazos el cráneo del ogro. Ya viendo que se le habían salido los sesos, y había huido el último orco, el joven bárbaro con la cara y los brazos manchados de sangre recogió su espada y se apoyó sobre ella, notando que la furia le abandonaba y hacía resentir todo el cuerpo con un bajón de fuerza que pocos podían soportar. Así había terminado la carrera de Mork “Puño de hierro”.
El padre de Kerish tensó el arco con una flecha y apuntó, pausadamente. Siete metros. Nueve...
Doce. Su flecha salió disparada impulsada por la cuerda que acababa de soltar de entre los dedos, y el virote se incrustó en la espalda peluda y recubierta de pieles de animal sobresaliéndole por el pecho al orco, que dio un paso más, y se derrumbó escupiendo sangre. No había escapado ninguno, entonces. Kerish sentía que su brazo derecho y su cuerpo le dolían, como si le hubieran vapuleado tres hombres, pero ya empezaba a recobrarse de ello y del acceso de furia, sin nada más lamentable que un moratón en el brazo, y los dos hermanos se presentaron ante Takkan.
—¡Larguémonos de aquí!—dijo Jhumläth, con su camisa-abrigo roja manchada de una sustancia oscura. Sangre de orcos. Ajustándose la cinta que le cogía la melena a la frente, retomó la lanza, y Kerish le siguió a él, a Tamûll y a su padre, escapando del lugar de la confrontación con el corazón aún pulsando como un tambor de guerra.
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MensajeTema: El Valle de los Caballos.   Jue Ago 14, 2008 4:06 pm

Fue acertado largarse de allí. Una patrulla de guerreros con el cabello negro y pintados con una suerte de tinte vegetal negro en sus caras y brazos había peinado la zona. Eran unos veinte, entre mujeres y hombres. La mayoría llevaba hombreras de cuero bajo las cuales salían enormes plumas azabache, tomadas a las cornejas que posiblemente ellos mismos habían cazado.
Por rasgo, esta tribu de los cuervos presentaba esos atavíos oscuros y pinturas en la cara en formas afiladas, bien sobre ambos ojos con dos líneas verticales o una ancha y horizontal, con un pico negro dibujado bajo la nariz.
En los brazos, tatuajes permanentes de ángulos negros, picos hacia abajo, y había quien incluso llevaba en su torso desnudo la enorme marca del ave que tenía su tribu por enseña, independientemente de ser mujer u hombre.
Por armas, éstos tribeños que husmeaban los cadáveres llevaban una especie de cimitarras inversas que finalizaban en una punta hacia delante, imitando el pico de un ave y teñidas de negro, con mango bien para una mano o dos. Eran armas características y sin guardas, con el largo cilíndrico de la empuñadura hecha en madera.
—Quizá cinco horas—dijo una mujer de lacios cabellos, levantándose de sobre lo que quedaba de Mork “Puño de Hierro”. El taparrabo largo que llevaba hecho de piezas de cuero bajaba de un cinturón de oscura plata que remataba en su hebilla una gema roja redonda y pulida, y el sostén de cuero que protegía sus pechos dejaba caer livianos flecos, mostrando de las costillas hasta el ombligo la blanca piel teñida a líneas negras que finalizaban en ángulo.
De sus muñequeras de piel negra con plumas, colgaban dientes humanos, y tenía ligeramente un aspecto más asilvestrado que los demás, pues esas pinturas las llevaba también por las piernas, y su mirada era la de un animal salvaje del bosque. Debía ser la rastreadora.
—No podemos perder más tiempo. ¡Id unos cuantos a avisar al jefe Bran! ¡El resto, seguiremos buscándoles!—.
El hombre joven de torso fuerte, pero delgado, alzó su espada córvida en el puño derecho, y siguieron los rastros junto a la exploradora, mientras cinco guerreros daban la vuelta y desaparecían por el bosquecillo oscuro en la madrugada en que el cielo amanecía gris como siempre.
El que parecía el cabecilla del grupo, con una cresta de cabellos negros y el resto de la cabeza rapada, también rastreaba como la mujer, y salieron de entre las colinas para dirigirse a la parte oeste de las tundras de las tierras bajas. Cuatro pares de ojos, unos minutos más tarde, los veían pasar de largo entre los lejanos árboles de otro bosque a un kilómetro de distancia.
—Se van. Creen que estamos sobre la pista. Aún están lejos para descubrir el camino falso que les hemos preparado, y podremos llegar a sus tierras emboscando a los cinco cuervos que han partido. Será pan comido—rió Takkan entre dientes. De la tiniebla espesa del bosque aparecieron los gemelos desiguales y su hijo, todos con la mirada de lobos al acecho. Cuando la larga fila de manchas oscuras desapareció entre el paisaje, aún esperaron un minuto más, y se hicieron a la carrera, siguiendo el rastro de los otros cinco guerreros de la tribu del Cuervo.
Aunque no les encontraron por el camino, sí llegaron al atardecer, escondidos, a una loma tras cuyas rocas sacrificiales se habían camuflado. Varias hileras de tiendas triangulares en lugar de circulares como las de los Lobos mostraban el mermado número de habitantes de la tribu. En otros tiempos, los cuervos habían sido numerosos, pero se decía que una maldición les había corrompido el espíritu y el cuerpo por devorar a sus hermanos en sangrientos rituales. Ello trajo la enfermedad a su pueblo, y los cadáveres descompuestos que estaban tirados por todas partes, merienda de cuervos, estaban mondos en algunas partes donde hombres y animales habían comido carne.
—Padre—.
—Lo he visto—susurró Takkan, entrecerrando los ojos. Un chamán cuervo, vestido con una capa de plumas negras, bailoteaba girando sobre sí mismo, moviendo los brazos como si fueran alas. A su alrededor, observando la ceremonia, el resto del pueblo, unos ochenta guerreros a lo sumo entre mujeres, hombres y niños. Los bárbaros se acercaron al pueblo bordeándolo por sus límites, y entraron por detrás de las hileras de tiendas en silencio, desdeñando los aterradores tótems del enemigo. En la ceremonia, el enjuto chamán que realmente era el jefe tribal invocaba algo sobre su cabeza, sobre las de todos. El cielo se volvió por encima de los congregados un círculo negro, y varios cuervos en bandada revolotearon alrededor del oscuro disco en las nubes grises. Takkan, su hijo y los gemelos pusieron su peor mueca al ver la magia de los cuervos. No sabían qué estaba pasando, pero aquello no era bueno.
Los cuervos se habían establecido en aquellas tierras hacía relativamente pocos años, habían ido dejando un resto de muerte siempre que migraban, y los cadáveres de sus congéneres no eran enterrados ni quemados, sino que se dejaban al aire libre para que los animales que les dieron el nombre de la tribu se dieran el festín. El valle de los caballos, colinas abajo, pasando del poblado, era el objetivo.
Ya habían evaluado las fuerzas del enemigo, ahora tenían que volver a casa sanos y salvos y con la información.
Los bárbaros se separaron observando que el extraño ritual continuaba, y el chamán, Bran el Cuervo, alzó su bastón de fetiche (compuesto por vértebras y un cráneo humano sobre el que había tallado un cuervo que lo envolvía), y la bandada bajó hasta él, rodeándole como un séquito.
Según lo que murmuraban los bárbaros de la tribu, Bran estaba recibiendo su poder. Cuando
Tamûll en sus pieles de zorro fue a volverse junto al resto, dio de bruces con un orco. Ambos se miraron un solo segundo, y ello bastó para que cada uno echara mano a su arma. La cimitarra bárbara de Tamûll, con la hoja parecida a la de un alfanje pero con la curvatura y guardas de un sable común, en forma de dragón y con el tatuaje de la bestia en la hoja, fue rápida matando al monstruo que no pudo gritar la alarma con la garganta rajada.
Su hermano tomó también su arma y Takkan y Kerish cogieron sus espadas al ver a más orcos que salían de entre las tiendas y el gentío de negro, incluso, de las paredes naturales de piedra que dejaban un paso estrecho hacia el valle de los caballos.
Las anchas espadas de padre e hijo rompieron varias cimitarras de hierro de los orcos, y también sus huesos. No en vano esa anchura las dotaba de un peso mayor así como de robustez, y ya con el tañido del choque de armas, el resto de la tribu se alertó. Jhumläth aprovechó para volcar un barril de pez inflamable y derramar su contenido hacia las tiendas y el tótem, mojó una de sus hachas arrojadizas en la sustancia alquitranada, y la prendió de una antorcha antes de salir corriendo, con la cimitarra bárbara en la otra mano, la derecha. Un verdoso se le interpuso con un hacha, pero el bárbaro, viéndole venir, dio un quiebro como un ciervo en su huida y el hachazo que descargó el monstruo de nariz de cerdo no llegó a cortarle la cintura, sino que pasó de largo como el viento.
Uno de los orcos alarmados iba sobre un caballo blanco y con manchas castañas, y antes que pudiera abatir el filo de su cimitarra sobre la cabeza de Jhumläth, Takkan le había partido la espalda de un corte. Subiéndose de un salto al caballo, el bárbaro que llevaba el cabello sujeto por una cinta de cuero arrojó su hacha hacia la brea mientras los tribeños ya corrían hacia el reducido grupo de invasores. El otro hermano abatía otro orco más con su cimitarra bárbara, al mismo que Takkan desmontó un verdoso enemigo usando su ancha espada, rajándole el abdomen desde la derecha. Pronto, vinieron dos guerreros del cuervo que saltaron por el hombre de la barba, sus espadas eran más rápidas, y le hicieron retroceder demasiado a la defensiva, aunque su hijo y los dos hermanos, montados a caballo, usaron sus lanzas atravesando al unísono el lado izquierdo de la espalda de cada guerrero cuervo, y Kerish había detenido un golpe de revés de una espada a su cara. En el segundo siguiente, dándole el perfil izquierdo al lado derecho del guerrero de negro, el joven bárbaro pasó su brazo sobre el del otro, estirado, y atacó su pecho con el puño izquierdo. Gritó de furia, dándole acto seguido una patada tras las piernas con el pie izquierdo, el guerrero cuervo se desequilibró, y Kerish le estrelló en el centro del plexo solar el pomo de su arma, tumbándole en el acto.
Takkan consiguió otro caballo de un orco al que había cortado el brazo armado, y había derribado cogiéndole de la túnica de pieles, arrojándolo hacia atrás y partiéndole la nuca contra el suelo. Echó a cabalgar en círculo, entreteniendo a la multitud junto a sus otros dos compañeros.
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MensajeTema: Algo para recordar.   Jue Ago 14, 2008 4:12 pm

—¡Tamûll, consigue otro caballo para Kerish! ¡Hemos de volver a Griskald, no tenemos tiempo que perder buscando a los otros pueblos! ¡Nos vamos ya!—gritó Takkan en el momento en que su hijo mantenía a raya a más enemigos que le habían visto tras las tiendas. La espada de Kerish era lenta para enfrentarse a estos rivales tan ágiles, y apenas sí pudo ganar un par de segundos de vida bloqueando con su filo ancho y cortando a uno los dedos de la mano derecha, armada con la terrible espada de los cuervos.
Detuvo un golpe anteponiendo en alto su ancho sable y la punta de la espada del otro quedó a poco de su frente, el joven embistió con una corta carga a su enemigo retrasándole, y se giró sobre sí mismo con la espada dando vueltas por encima suya, dando un salto en un giro interior de derecha a izquierda. Cuando tocó el suelo con los pies, su espada cortó el cráneo del bárbaro de la tribu del Cuervo y desparramó su sangre, el ojo izquierdo y los sesos por los suelos oscuros y nevados en un estallido brutal. Recordó el ataque como el vuelo del Dragón, su maestro gladiador le había enseñado técnicas básicas y el resto, como ahora, lo puso él transmitiéndolo a la espada. Pero esa naturaleza un tanto autodidacta no le sirvió demasiado para detener a una guerrera que saltaba sobre él y le daba una patada de abajo a arriba con la punta del pie derecho en la boca, y derribó al joven Lobo, que se retorció por el suelo, tratando de rodar lejos de otra espada córvida que se le hubiera clavado en las costillas, y había levantado nieve y tierra con su terrible impacto.
Jhumläth había entregado su espada a su hermano, Takkan no comprendió el por qué, y ambos bárbaros siguieron mareando a los enemigos, mientras una flecha o dos pasaban junto a ellos y sus monturas con un silbido, para clavarse un par de metros más allá.
Tamûll arrojó con el brazo derecho junto a Kerish (que ya se había puesto en pie) las dos cimitarras bárbaras, que se clavaron oportunamente en la nieve, y después se perdió cabalgando en el paso rocoso que daba al valle. El hijo de Takkan ya estaba casi acorralado por tres guerreros y un cuarto que llegaba tras ellos cuando clavó su arma en el suelo y tomó las dos cimitarras, una con la guarda de dragón dorada y la otra de un azul acerado oscuro, girándolas en contrasentido, y sonrió. Ahora, él era más rápido.
Uno de los gemelos se adentró en el paso, embistiendo a varios orcos, así como el otro, Jhumläth, arrojó su hacha ardiendo tras los cuatro guerreros que acosaban a Kerish, prendiendo el pueblo de fuego.
Bran el Cuervo chilló y señaló frenéticamente a los invasores con su vara, prendiéndose él también de llamas, correteando de aquí para allá mientras lanzaba un proyectil mágico que golpeó al bárbaro que había arrojado a su pueblo al desastre, casi desmontándole, y el más joven de los invasores se tiró por el suelo derrapando con una pierna por delante, haciendo caer a Bran en la gran fogata que tenían cerca.
Lo peor de todo fue ver una figura familiar en el pueblo que asomaba de entre las llamas. Reeha, con las pinturas rituales de la tribu oscura sonreía mirando al bárbaro hijo de Takkan cuando crepitaban las cálidas olas incandescentes, pero en un arranque de ira, Kerish corrió evadiendo por unos segundos a sus acosadores, y golpeó con una patada voladora el tótem de la tribu, que se tambaleó y crujió. Remató con una loca y suicida carga de hombro usando todo el cuerpo, lo cual le hizo daño y le dejó unos segundos sin aliento, pasando entre varios enemigos, pero hizo caer el gran fetiche contra un confiado Reeha, que le había dado la espalda y empezaba a escupir unas órdenes a sus congéneres, hasta que las palabras se ahogaron en sangre. El monumento se precipitó sobre él por poco amenazando su espina dorsal y se la partió, así como las costillas, que se incrustaron contra sus órganos. Vomitó su sangre, una maldición que no llegó a pronunciar, y aún tardó segundos de dolor extremo en viajar al reino tenebroso. La muerte que merecía un traidor.
Ocupados por apagar el fuego, y otros ardiendo vivos, los pobladores de la tribu se afanaron menos en dar muerte a los lobos de Griskald así como no parecía que repararan en Kerish, a quien protegía la pantalla llameante que alzaba un espectro tembloroso hacia el cielo, quemando el tótem hecho con madera, huesos y un cuervo tallado en piedra con dos ojos de rubí, que ahora estaba engullido por la furiosa incandescencia.
Creyó que podría escapar fácilmente hasta que llegara el apoyo, pero un luchador de negro meció el ansioso filo de su espada con un corte desde lo alto, queriendo flanquear a Kerish, ya que estaba coordinado con otro que venía desde la derecha dispuesto a quitarle la cara al intruso. Apartándose del arma que bajaba por él, fintó con la espada izquierda dando un paso, y se medio giró destrozándole el lado izquierdo de la cara con la otra hoja curva. La sangre del guerrero-cuervo brotó con pedazos de hueso y cartílago, y el hijo de Takkan lo lanzó por el aire con un violento corte de ambas armas de siniestra a diestra, rompiéndole el cuello por dos sitios.
El joven guerrero vio que de nuevo comenzaba el acoso y bloqueó desviando con la espada en la izquierda la hoja córvida del guerrero que tenía a la derecha, y se metió con él cuerpo a cuerpo, apoyándole el filo de la otra cimitarra bárbara en la garganta, que sajó de un corte girándose con él, haciéndole caer al suelo con el cuello abierto y un gorgoteo agonizante. A su espalda, acto seguido otro enemigo descargó un golpe similar, pero Kerish deslizó el brazo derecho hacia atrás y su espada rechazó la del enemigo con un choque chispeante hacia abajo, volviéndose hacia él para tomarle del cuello de su atavío mientras la otra mano con la espada retenía la muñeca de su adversario, y le hizo girarse para dar contra una roca grande que sobresalía del suelo como un mojón, estrellándole de frente, y a su merced, le clavó la espada de la derecha entre las paletillas girándola en su mano con la punta hacia abajo, desincrustándola con un grito de rabia guerrera y un sifón de sangre. Sin darle un segundo de aliento, otros dos guerreros ya estaban casi sobre él cuando Kerish se volvía y detenía otro golpe con la espada en la mano izquierda, rotó sobre sí mismo utilizando la otra empuñada a la inversa con un malabar, y dio un tajo cruzando del hombro izquierdo hasta el costillar derecho a su enemigo. En el mismo giro mortal, blandió dos veces más sus espadas como un torbellino, rajándole la cara con la espada en la izquierda, y con la derecha la del otro, cortándole la garganta con un tajo de vuelta. En unos siete segundos, cinco adversarios habían perecido en un combate fugaz entre gritos, fuego y sangre, y Tamûll, con su cresta de cabello terminando en una coleta, tenía a un caballo castaño cogido por las bridas y pasó a la altura de Kerish, que envainó la espada ancha a la espalda, y, cuando su compañero se detuvo, subió al caballo de un salto con ambas cimitarras en las manos, espoleando a la montura. Se largaron de allí el momento en que el resto de los orcos salía del paso del valle, y los guerreros de la tribu del Cuervo atravesaron el grueso cortinaje de fuego aplacándolo con nieve y tierra, viéndoles alejarse con impotencia. Los cuatro jinetes abandonaron el pueblo a frenético galope, mientras los que habían partido a buscarles para asesinarlos un par de horas antes estaban ya de regreso, y vieron su poblado en llamas.
Era algo que nunca olvidarían de la tribu del Lobo.
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MensajeTema: Directos hacia la muerte.   Dom Ago 24, 2008 1:42 pm


Así como un animal herido era seguido con paciencia hasta su lecho donde el lobo se daría el banquete, fueron seguidos los cuatro guerreros, sin pausa, sin descanso. No pudieron volver al poblado, porque se habían extraviado hacia más al norte, y sus caballos habían muerto en la ardua huida, bien por las flechas negras del enemigo, o por cansancio. Habían corrido durante tres días, y aun a pie, podían saber que sus acechadores les seguían deseando venganza.
El chamán de la tribu del Cuervo había enviado a sus servidores alados a espiar a los cuatro guerreros, pero si realmente era eso lo que había hecho que un cuervo se alejara al vuelo de una rama precipitadamente, o quizá Bran había muerto, Kerish no lo sabía.
Jhumläth se encontraba mejor del impacto mágico que había recibido, y su hermano y él con sus lanzas flanqueaban el camino, marcha que cerraba Kerish, con Takkan al frente. Se habían internado en alguna parte de la cordillera negra que habían rodeado sin querer, o eso les parecía, y además, todo estaba gélido. Ello significaba que estaban cerca de casa, o que habían llegado demasiado al norte de donde debería estar el camino de las tundras del sur que les llevarían a la tribu. Takkan se retrasó a propósito, y los cuatro quedaron juntos en grupo.
—¡Menuda cara puso Bran cuando se le estaba quemando el culo!—comentó Tamûll con una risa.
—Daría lo que fuera por haberlo visto. Aunque la cara de Reeha hubo de ser parecida—dijo Kerish, mientras seguía caminando, sintiéndose asfixiado. Un traidor en su aldea era un mal augurio, pero que aumentase esa extraña sensación que había tenido desde que dejaron las tierras de la tribu lo era más, y habían partido a esta loca misión asumiendo las consecuencias.
—Nosotros no pudimos verle, pero hubiera regalado mi alma por cargármelo. Si el ogro y los orcos nos encontraron la noche aquella, y los rastreadores del Cuervo también, fue porque Reeha les dio nuestra ruta—gruñó Takkan.
—Deberíamos recuperar el rumbo y volver a la tribu, pronto anochecerá otra vez y ya no será tan fácil orientarse. Los nuestros están en peligro, hemos de avisarlos—les interpeló Jhumläth.
—No va a ser tan sencillo. Hemos de quitarnos a los pesados de los cuervos de encima y llegar vivos, o nuestra misión no habrá valido nada—suspiró Kerish, echando una mirada hacia atrás, sin ver ningún rastro de amenaza.
Su padre pasó por al lado, habiendo recogido el suficiente aliento, y volvió al frente de la marcha, apremiando a su hijo, que se rezagaba un instante.
—Vamos, Kerish. No te quedes atrás—.
Sin quererlo, llegaron a un cráter blanco frente al que se encontraba una pared montañosa. Si la escalaban tras ascender por la inmensa cuesta, podrían orientarse al fin. Bajaron hacia la zona central del cráter nevado, no pudieron notar que algo allí había cambiado… los bárbaros caminaban en fila, pisando unos las huellas de los otros, y el paisaje se tornó movedizo bajo sus pies cuando toparon con algo que se retorció, al subir la casi kilométrica pendiente.
La nieve se sobresaltó como un puñado de sal arrojada violentamente contra una piedra, y de entre la escarcha, un alargado cuerpo cilíndrico de blanco azulado sacudió los alrededores, destruyendo el suelo con un golpetazo.
—¡Papá! ¡Cuidado!—.
La falsa tierra, una capa de hielo bajo los cuatro bárbaros, cedió en el centro mostrando un agujero por el que salía el alargado abdomen de lo que fuera una serpiente, aunque con el cuerpo de un gusano colosal, y una cabeza nunca vista en esta especie, pues tenía mandíbulas, casi caninas, y un enorme ojo negro y redondo brillaba líquido en la frente del monstruo. El padre de Kerish apenas se pudo sujetar a su hijo y cayó por la pendiente tan pronunciada que se habían esforzado en subir. Los gemelos se echaron uno tras otro en pos del respetado Takkan Estrellasalvaje, pero resbalaron fatídicamente al mismo que aquella cosa rodeaba lo que más que un cráter podía ser un valle en realidad, bajo muchas capas de escarcha. Kerish no perdió un segundo y desenvainó la ancha y robusta espada, corriendo colina abajo, y clavó su espada en la nieve, haciéndose derrapar con seguridad bajo el enorme corpachón del extraño monstruo que cerraba la dentadura bífida en el aire. Su espada fue abriendo un surco en la nieve a medida que él se desplazaba en carrera con el trasero, medio sentado, por lo que empezaba a parecerle un precipicio, aunque si apretaba hacia abajo el mango, clavaría una puñalada en la tierra y su caída se detendría. No en vano, aquellas armas Cymyr eran conocidas como “Espada de los barrancos”, que los bárbaros usaban precisamente para estos fines.
La mano del joven guerrero alcanzó la de Jhumläth, que era el más próximo, y sostuvo como pudo el peso de todos juntos.
—¿Y ahora qué?—jadeó Tamûll, mirando al monstruo, que abría y cerraba con mutismo la dentadura, dividida en dos partes que se separaban y juntaban en el maxilar inferior. Luego, sus ojos rotaron hacia el padre de Kerish.
—Hay una caída de tres metros ahí abajo hasta un saliente. ¡Podemos conseguirlo sin partirnos un hueso!—gruñó Takkan, soltándose. Tomó suelo con un ruido sordo, y le sucedieron los hermanos y Kerish, que miraba una vez más al monstruo de un ojo, y desclavó la espada dejándose caer por el agujero.
Cuando todo pareció haber terminado, el monstruo se arrastró por la nieve, y metió su cuerpo por el agujero de lo que parecía una puerta a un mundo abisal. Los guerreros de la tribu del Cuervo observaban todo lo que sucedía desde lo alto, cabe el bosque, y la rastreadora miró al jefe de la partida, con la cresta de cabellos negros salpicada de blancas motas de nieve.
—¿Les seguimos, Makkaelhn?—.
—No, Mornnai. Se han enterrado en su propia tumba. El wyrm se encargará de ellos—.
La joven, que estaba con una rodilla en tierra, asintió y se levantó con gracia felina, junto a sus camaradas.
—Iré a avisar a los caballeros del mal, entonces. Deben saber que los espías ya no nos darán problemas. De todos modos, tenemos su ruta hacia los pueblos a los que pensaban ir—.
—Espera, iremos todos. El comandante Bhalaak querrá que hablemos de esto, quizá quiera utilizar al wyrm, después de todo. Y como tú has dicho, sabemos hacia dónde querían ir. Después de esto, no llegarán con vida a ninguna parte. Aunque fueran hacia los pueblos que pretendían, allí sólo les espera la muerte—finalizó el jefe de la partida guerrera. Todos se giraron hacia sus monturas y daban la espalda al nevado valle, con el aspecto de un gran cráter. Si no se metieron a cazar a los que habían desastrado su tribu con un golpe, fue por el temor a lo desconocido. No lucharían contra el ser que moraba allí.
El wyrm era un monstruo ancestral que había llegado de leyendas de más al norte, de los pueblos del mar que tenían los cabellos rubios. Su nombre venía de un corrupto vocablo que quería decir gusano, aunque la denominación del nombre actual lo emparentaba a un subtipo de dragón extinto, según los estudiosos de aquellos días. El dragón-gusano.
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MensajeTema: El Wyrm.   Lun Ago 25, 2008 11:59 am

Adentro, el monstruo caía por delante de los guerreros, que se habían salvado de su visión. Perplejos, esperaron en silencio, hasta que la cosa se hubo arrastrado varios minutos por el enorme suelo de la caverna y estuvieron seguros de que ya no se encontraba en las cercanías. Mirando hacia arriba, los bárbaros supieron que todo aquello era una formación de hielo que se cascaría como un huevo si intentaban sujetarse a un saliente. No obstante, tenían delante una larga e inmensa galería, al final del a cual, la luz moribunda de la tarde penetró y mostró lo que parecía una entrada.
—¿Está bajo lo que queríamos escalar?—preguntó Kerish.
Sus compañeros le contestaron asintiendo con la cabeza. Todos se miraron ceñudos, y sombríos, al escuchar el rasposo y fluido reptar del wyrm. El monstruo se había situado a lo lejos, cerca de la entrada. Entre ellos y lo que mediaba hasta el lugar al que querían llegar había árboles muertos que se habían conservado secos por alguna razón, igual que también había un olor pestilente que pertenecía a las víctimas del gusano. Los bárbaros descendieron por la pared terrosa en relativo silencio, y de nuevo esas miradas oscuras. Se dividieron de uno en uno buscando algo útil, y tras un rato, volvieron a reunirse. Los hermanos traían bajo los brazos varias hachas de cobre muy, muy viejas y algunas espadas que más que herir de corte, servían para estocar. Takkan encontró gruesos cordajes en los restos de lo que fuera una carreta así como varios bastones largos, y Kerish, que venía con las manos vacías, les indicó con la cabeza que le siguieran. Tomaron un camino que llegaba a una pared negra, y sacaron de sus pertenencias útiles para hacer fuego.
No sabían a ciencia cierta si en aquella depresión bajo una gran pantalla de hielo el fuego atraería al monstruo, pero iban a descubrirlo de todos modos. Y así, la amarillenta luz de una improvisada antorcha alumbró en unos minutos una osamenta colosal, un mamut como los que existían en el Páramo de las Bestias y cuya especie corría peligro de extinción yacía allí, tumbado, sin piel ni nada. Sus huesos habían permanecido en perfecto estado, y sus enormes defensas debían de alcanzar al menos seis metros de longitud por curvos que fueran. El wyrm no había parecido percatarse de la presencia de los humanos, y éstos, con sus cerebros unidos funcionando como los engranajes de una máquina, dispusieron de un plan que ejecutaron en silencio.
El monstruo se acercó cuando la noche había entrado ya más que antes. Su visión era oscura y líquida, como si se pudiera ver a través de un espejo de agua, con una distorsión casi borrosa e irisada, que bordeaba de más todo objeto a su alrededor. Los bárbaros, que apenas habían podido descansar, esperaban allí con la paciencia del cazador, con las partes de su cuerpo que estaban al aire pintadas con dibujos y runas que consideraban protectores. Para ellos, un wyrm, una criatura mitológica, era sólo eso. Una bestia que cazaba y que por tanto, podía ser cazada como cualquiera, fue lo que tenían delante.
Si no trataron de evadirla correteando por los pasadizos del subterráneo fue porque no conocían la zona demasiado, y sólo les importaba lo que tenían que tener al alcance, el agujero bajo la montaña que les llevaría a su salvación, pero antes… tenían que ganárselo. Además, la criatura era enorme, no era tan lenta como parecía, y quién sabía si alguna magia la ayudaba. El ser se arrastraba con su color blanco azulado emitiendo una intermitencia familiar, parecía una bestia nacida para camuflarse en el hielo, y por eso, Kerish y Takkan al verlo reptar con lentitud, aprovecharon para tensar sus arcos largos recurvados con una flecha cada uno, que prendieron de fuego con el aceite combustible que guardaban entre sus pertenencias de viaje. Apuntaron instintivamente, pues los arcos Cymyr más que precisos eran poderosos, y la vista a través de la flecha se fijó en los rechonchos flancos del monstruo, que únicamente parecía tener una estructura ósea en la cabeza y en la mandíbula inferior que se separaba en dos picos dentados.
El joven que había sido gladiador quería tener cerca a su hermano, que era mejor tirador que él...
Los dos bárbaros soltaron las flechas en la oscuridad y dos meteoros ambarinos cruzaron con una estela anaranjada la distancia entre monstruo y humanos, la de Takkan clavándose en el morro del monstruo, un poco hacia la izquierda, y la de Kerish se le clavó en un flanco. Aun en la oscuridad, el wyrm podía verlos porque el fuego que habían encendido bajo el pico saliente por el que hubieran entrado horas antes ardía aún, no lo apagaron cuando el dragón-gusano venía hacia ellos en busca de su sustento, que había perdido de vista.
El dolor del fuego y las flechas en su enorme cuerpo le hizo temblar un instante, y abrió sus mandíbulas con un chillido aterrador, que hizo que los bárbaros se separaran, cuando el monstruo quiso anticiparse a ellos dando un largo paso de gusano que casi llegó al fuego, apagándolo de una gélida bocanada. Uno de los hermanos, Tamûll, saltó desde alguna parte en la oscuridad, a la derecha del enorme gusano blanco, con dos lanzas improvisadas con una espada de cobre cada una por punta, amarradas a dos bastones de madera. Su grito de guerra fue un alarido inhumano y arrojó sendos proyectiles largos como hombres con sus fibrosos brazos sudorosos, definiéndose su musculatura esbelta y dura, empleando toda la fuerza de sus anchas espaldas. Las lanzas se clavaron profundamente en las entrañas de la bestia, y de otro lugar, su hermano y Kerish se asomaron con hachas de cobre de un filo en las manos, también con el mismo grito aterrador que no dio tiempo al monstruo a responder entre la estrecha garganta por la que lo habían atraído. Las aceleradas hachadas de ambos bárbaros abrieron la carne blanca dejando al aire sus entrañas rojizas y purpúreas, hasta que el monstruo reaccionó estirando su cuerpo en torno al paso a la izquierda, por el que llegaba su cola, y golpeó a ambos guerreros en la espalda, haciéndolos estrellarse contra la pared en la que se habían ocultado, pero Takkan, tras el wyrm, se cebó con él utilizando su pesada espada de los barrancos, desparramando sangre y trozos de carne blanquiazulados por los suelos, dejándole medio cuerpo arrastrándose colgando de un tajo. Pintados con una suerte de tinte vegetal especial, los bárbaros parecían realmente unas sombras infernales que se debatían entre la vida y la muerte, ganando segundos de vida, cuando, uno de ellos, Tamûll, gastó sus improvisadas lanzas clavándolas en el flanco derecho del monstruo.
El wyrm se giró con la cabeza hacia él, y abrió sus enormes fauces, exhalando alguna suerte de vaho brillante del que el bárbaro apenas pudo escapar, viéndose más lento para moverse, notándose gélido y dolorido. Al borde de perder el sentido, el guerrero tomó en una mano una de las hachas arrojadizas del cinturón al mismo que Kerish y Jhumläth eran apretados en un mortal abrazo por el corpachón del dragón, y luchaban por salvarse con sus hachas de cobre cortando carne con tajos torpes.
—¡Se ha acabado! ¡Ven a por mí, bestia!—gritó Tamûll, arrojándole una de sus hachas, que le partió varios dientes cuando intentaba un segundo aliento mortal, y ya fuera mágico o no, el guerrero echó mano al mango de su cimitarra bárbara y cuando tuvo el morro cerca en un embiste, le sacudió un golpe semejante a un mandoble de esgrimista, deslizando la hoja del arma de arriba para abajo con un giro de muñeca, rompiéndole parte de las placas óseas de la boca, pero ello no impidió que el wyrm le atrapara entre sus mandíbulas inferiores, y el guerrero salvaje le propinó puñaladas con la punta de la cimitarra repetidas veces mientras Takkan gritaba desde abajo, tratando de deshacer el nudo que atrapaba a su hijo y al otro guerrero a golpes de espada.
Cuando la mandíbula del wyrm bajó contra el cuerpo del heroico Tamûll, Jhumläth gritó sintiendo que su hermano perdía las fuerzas, que su sangre caía al suelo tras un crujido vomitivo, y el dragón se daba su festín. La mano de Tamûll que asomaba por fuera de las mandíbulas del monstruo aún sostenía su arma, que dejó caer, abandonando la vida. Jhumläth sintió que su visión enrojecía y sus ojos se volvieron en blanco con un grito salvaje, cogiendo dos hachas arrojadizas de su cinturón, y las hizo oscilar liberándose de la presa de serpiente del wyrm, apartando a Takkan de un empellón, y descargó despiadados y locos golpes que abrieron la larga garganta del monstruo.
—¡Devuélveme a mi hermano!—.
El monstruo abrió sus mandíbulas con un chillido aberrante, mientras el cadáver de Tamûll salía de las entrañas del wyrm, y con un brillo de locura desenfrenada en los ojos, Jhumläth saltó encogiendo las piernas hacia las fauces de la bestia con los brazos extendidos, y las hachas brillando de sangre pringosa.
El vaho frío y brillante volvió a salir por la boca del wyrm, y el bárbaro sintió su dolor, cerrando los ojos, con los músculos ateridos de frío… y la bestia lo engulló.
Kerish y Takkan tomaron sus anchas espadas, con falta de aliento, blandiéndolas con ambas manos, apuñalando y desparramando las hediondas tripas del dragón-gusano, y se escucharon varios impactos sordos. Dos formas aceradas salieron de detrás del cráneo del wyrm, sangrándole, y emergió la figura moribunda de Jhumläth destrozando la carne blanca del monstruo con un grito de ira.
Pero no bastó para frenarle, y Kerish corrió hacia un lateral de la cueva, trepó arañándose los brazos con las rocas, y se subió a una enorme forma que hizo balancear entre varias y gruesas cuerdas, con un crujido, y en el último momento en que parecía que todo iba a ser en vano y la criatura escupía de nuevo aquella ráfaga mágica que amenazaba la vida de Takkan, el joven bárbaro cortó con su ancho cuchillo de doble filo las dos gruesas cuerdas que sostenían la calavera del mamut y aplastó la cabeza del gusano, que se alzaba así como la mitad de su abdomen. Los colmillos de la osamenta del mamut destrozaron su carne blanca azulada y lo salpicaron todo de entrañas sanguinas y purpúreas, con un sonido húmedo, y la calavera separó por el largo cuello una parte del resto del cuerpo al monstruo al caer sobre él con Kerish encima.
El wyrm se desplomó con un impacto que hizo temblar el suelo bajo los pies de Takkan y su hijo, profiriendo su último chillido con estertores de muerte y burbujas de alguna ponzoña o cualquier otro fluido manando a borbotones exagerados.
Jhumläth, el joven guerrero manchado de entrañas, descansó en paz vengando a su hermano, derrumbándose sin vida sobre lo que quedaba del cuerpo del dragón.
Horas más tarde, padre e hijo abandonaron el valle del gusano por la cueva, dejando los cuerpos de sus compañeros el uno junto al otro consumirse por la vía del fuego a las primeras luces del alba. El humo ascendía con las cenizas por el agujero que se asemejaba a una chimenea, por donde habían entrado, y tras ellos, dos espadas curvas con dragones tatuados, cruzadas una junto a la otra, señalaban las tumbas de dos valientes. Un último brillo en el acero llevaba el recuerdo de aquellas dos almas a la eternidad.
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