Razas y Reinos forjando su destino.
 
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 Freydis Vinland

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Freydis

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Fecha de inscripción : 22/05/2008

MensajeTema: Freydis Vinland   Jue Mayo 29, 2008 4:33 am

Descripción:

Freydis a simple vista podría confundirse, cuando viste el uniforme de La Guardia Azul, con un hombre. Sus andares, pose y su expresión siempre grave, observadora y curiosa, denotan cualquier cosa menos feminidad. Pero es una mujer de 20 años que sin preocuparse mucho por su imagen, no puede evitar llevar con orgullo una juventud y belleza natural, extraña y salvaje. De piel oscura por las largas horas de entrenamiento, estatura media (1.70), pelo castaño que se oscurece o aclara según la estación del año y que siempre lleva recogido.

Ha sabido sacar partido de una constitución física ágil y flexible, musculatura discreta y fibrosa, que se encarga de entrenar a diario, tanto con largas carreras campo a través como usando su arco contra cualquier cosa que se mueva durante este. De tiro certero y sobre todo inesperado dado su gran habilidad para camuflarse, ocultarse en los lugares más inverosímiles, disciplina que aplica incluso a su vida diaria.

Es fácil por tanto que su presencia pase desapercibida, elige siempre los lugares más solitarios, observar sin ser vista es una de las máximas de su vida. Se ha convertido por ello en una voraz espectadora de cuando se desarrolla a su alrededor. Si de algo se la puede tachar es de excesivamente callada, habla poco y cuando lo hace dice mucho menos de lo que sabe. Incapaz de traicionar, leal y cumplidora de sus obligaciones son sus compañeros y superiores, nunca cuestiona la autoridad cuando esta se ajusta a sus cánones de justicia y aunque estos son amplios, son al mismo tiempo de fronteras inquebrantables.

Posesiones:

Apenas tiene posesiones materiales. Todo cuando necesita cabe en un petate con más kilómetros de los convenientes: Tres o cuatro mudas de ropa, siempre sencilla y masculina. Camisas amplias, que cubre con un chaleco de piel endurecida y protegida con láminas metálicas simulando las escamas de un pez, que gusta de pulir con esmero todas las noches. Nunca viste faldas que entorpecerían su normal actividad y que además no le reportan nada al no ser necesario para ella alardear de atributos femeninos. En invierno se cubre con una capa de piel que pertenecía a su padre y que conserva desde que huyó de su casa.
Sus armas, Arco y ballesta que siempre cuelgan de su espalda, y una daga curva que le ganó a los dados a un mercader oriental en uno de sus viajes a los reinos de las tierras yermas.

Otras características:

Es extremadamente supersticiosa, y así como no teme a ser humano alguno, tiene autentico pavor a los hechizos y demonios. Desde que un chamán le dijo que “seis lunas eran las necesarias para que de su interior surgiera el fuego que anularía su voluntad, que destruiría sus creencias y la devoraría en un fuego que la reduciría a cenizas” evita las relaciones personales continuadas con cualquier ser. Si se da el caso de que estas se producen, justo la noche antes de la última luna… desaparece. Gracias a eso su espíritu se ha ido haciendo cada vez más trashumante y ha ido atesorando diversos amuletos que siempre cuelgan de su cuello.


Última edición por Freydis el Jue Mayo 29, 2008 4:45 am, editado 1 vez
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Freydis

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MensajeTema: Re: Freydis Vinland   Jue Mayo 29, 2008 4:33 am

Historia.

El rítmico sonido metálico de la maza sobre el metal, el bramido del fuego de la fragua, y algunas de las canciones que con voz rasposa cantaba su padre cuando trabajaba, fue la música que acompañó el alumbramiento de Freydis. Su madre, una mujer de más edad de la aconsejable para traer una nueva vida al mundo, sufrió horas de interminable dolor hasta que un grito fuerte, agudo, un grito que ya anunciaba la fuerte voluntad que movería a la criatura que acababa de nacer, hizo que su padre se detuviera.

-Vamos padre, conozcamos a nuestro nuevo hermano… - los jóvenes dejaron los primeros el trabajo, el padre, severo y callado, que parecía tener voz solo para cantar, tardo un poco más. No había prisa, después de todo había pasado ya seis veces por esa experiencia y aunque dos brazos fuertes que ayudaran en la herrería familiar eran siempre bien recibidos, le faltaban demasiados años para que le fuera de interés.

Aún así, dejó el martillo y la espada que estaba moldeando y sin sacarse el delantal de cuero endurecido que le protegía tanto del calor como de posibles esquirlas de metal salió del cobertizo donde ejercía su oficio.
La cara de la mujer que ejercía de matrona en la aldea exageraba la alegría. Eso era un mal síntoma. Lo supo tan pronto atravesó la puerta de la casa y la vio descender las escaleras con el revoltijo de telas en cuyo interior se movía y gritaba el minúsculo cuerpo de Freydis.

Era una hembra. No es que la despreciara, simplemente le interesó poco o nada.

A los diez días su madre murió, y con ella lo único que le daba a ese hogar un hálito de cariño, de ternura. Desde ese momento la casa quedó vacía de vida aunque no de ocupantes. La vida se desvió al cobertizo y la casa quedó como un espacio baldío donde se comía en silencio, se dormía lo justo y día a día la que nació niña se fue asemejando más a sus hermanos. Creció salvaje, masculina. Quiso aprender el oficio que veía a padre y hermano ejercer con tan empeño, pero ni su cuerpo ni la voluntad de su padre iban por esos derroteros.

Pero eran tiempos difíciles, y ni tan siquiera encontrarse en ese lugar perdido y aislado entre montañas, donde solo mercaderes y las propias caravanas que transportaban a las grandes ciudades el producto de su trabajo, pudo librarles de la desgracia. El señor de Ardanel, leal a su rey Meder, dispuso de sus siervos para mayor grandeza de su casa y desgracia de la de Freydis.

Tres de sus hermanos -los mayores- acudieron junto al ejército que reclutó para servir de apoyo a uno de los múltiples enfrentamientos a los que su Rey les reclamó. Fabricar flechas, reparar espadas y armaduras melladas, manos expertas y hombres fuertes para llevar a cabo unas funciones que sin ser propiamente las de un guerrero, si los llevaron a la lucha y a dos de ellos a la muerte.

No se hundió la familia, no se hundió su padre que seguía martilleando día a día, pero si la dejó suficientemente maltrecha como para que la presencia de la joven Freydis –de por sí insignificante- pasara a un segundo o tercer plano.

Hasta el día en que la llevaron al castillo. La vistieron con las mejores prendas herencia de su difunta madre y tras haberla obligado a lavarse concienzudamente la llevaron como un tierno cordero al sacrificio. No era tal, si hubiera sabido reconocer qué era y cuál era su destino en la vida. Pero la joven ignoraba que casarse con el orondo cocinero de palacio podía llegar a ser un honor, una suerte de privilegio que le proporcionaría una vida más cómoda que la que su fervorosa inconsciencia le proporcionó.

Una semana antes de la boda escapó durante la noche como si de un animal nocturno se tratara, una caravana salía con destino a Dhargen. Era esa noche o ninguna, y si algo había adquirido en esos años era una intrépida voluntad, un fervor en sus convicciones y una idea firme y clara de lo que iba a ser. Libre. No se dejaría amilanar, ni por su familia ni por la vida, si tenía que matar mataría, si tenía que morir lo haría pero mirando a la muerte a los ojos, no oculta tras una mole de carne como la que iba a ser su marido, ni tras el sonido del martillo golpeando un trozo de metal. Tenía 17 años.

La deslumbrante ciudad la engulló, huidiza y prudente se confundió entre los seres que parecían formar parte de ella. No vio en un principio más que extraños moviéndose a un ritmo diferente al suyo, parecía que jamás encontraría su lugar, hasta que un día les vio.

“La guardia azul”
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