Razas y Reinos forjando su destino.
 
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 De vuelta en Griskald.

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Kerish

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Fecha de inscripción : 28/01/2008

MensajeTema: De vuelta en Griskald.   Mar Ago 26, 2008 10:39 am



Pasaron dos días más y Kerish y su padre visitaron la aldea del Oso, pudieron orientarse pero el camino les llevó casi al exterior de las estepas y hubieron de recorrerlas por tramos muy accidentados que les robaban tiempo. Después, el chamán de la tribu del Oso dibujó las runas de la fuerza y de la piedra en el cuerpo del joven bárbaro, cosa a la que su padre se negó a hacer. No apreciaba demasiado el poder de los chamanes ni menos aún le gustaba lo poco mágico que veía, era un hombre tradicional, como la espada de acero que llevaba. Además, había que añadirle a esto que era herrero. Se hicieron de nuevo al camino, despidiéndose de Oso Gris, amigo de Takkan, avisando a su pueblo de los hechos que habían tenido lugar, de la traición de Reeha, del complot con los orcos y la tribu del Cuervo, del heroico sacrificio de dos hermanos, y de la muerte del Wyrm, el gusano (o dragón-gusano) blanco.
Kerish corría por la espesa nieve, donde sus pies se hundían. Abría enormes surcos con sus zancadas fortalecidas por la emoción, las runas le habían dado el doble de fuerza ahora... la nieve para él ya era sólo una materia tan espesa como un charco de agua.
Corría y corría mientras se seguía acercando a sus tierras de color negro, pasando bajo los árboles del Bosque Muerto, bajando y subiendo por cuevas y pasadizos de hielo en la viva roca, y exhalando el caliente vapor de sus pulmones por la boca al igual que su voluminoso padre, bajo la arboleda de enormes pinos y abetos de la espesura, donde crecían moras silvestres.
Sus botas debían estar sufriendo lo suyo, jamás una persona había dado tanto uso de su calzado como ahora lo hacía el bárbaro. Llegaron a un río helado, y el joven recordaba cuando era niño. Jugaba a volar por el cielo como los halcones, resbalando con el pecho en el hielo del agua congelada. Pero él sabía que nunca podría alcanzar el cielo, era algo que los mortales jamás tendrían en sus manos hasta el día que fueran uno con el viento. Se deslizó de pecho por el río como hacía de crío y cruzó a la otra orilla, riendo, mientras su padre negaba y le regañaba, pasando por encima de las rocas sólidas que sobresalían de la superficie gélida que ya empezaba a murmurar y licuarse al ir viniendo la primavera. Veían los ciervos que le observaban desde su mimético escondite entre los árboles muertos y secos, temerosos y a la vez entusiasmados.
De la oscuridad, una silenciosa manada encabezada por un enorme lobo bípedo. El Warch al que llamaban Luto, la loba blanca que observaba al joven, y una joven loba que parecía ir a gruñir levantando un labio, mostrando sus caninos. Pero no hicieron nada. Alguien que había vencido al oso negro merecía respeto.
Los humanos siguieron caminando ajenos a esto. Pronto, junto a una enorme ladera de nieve tan sólo, estaba el puente natural de roca que pasaba el enorme barranco que llevaba al camino del oeste. Kerish se orientó al igual que su padre y hacia su derecha tenía el enorme y frondoso bosque de la estepa.
Corriendo por el sendero, que memorizó de pequeño por si se perdía o quería esconderse cuando le soltaron por la montaña con menos de doce años, pasó la noche con su padre, el aullido de los lobos, y las piezas de carne de conejo que asaban al fuego. Finalmente, a la mañana, encontraron el camino a su aldea. Si antes estaba emocionado por llegar a su patria, ahora esa emoción embriagaba a Kerish por completo. Recordaba cada curva, cada peldaño de antigua escalera de las ruinas, cada trozo de tierra del camino... y seguía inalterable. Divisaba unas enormes empalizadas que no recordaba tan gruesas pero ese detalle no era importante. Aunque su pueblo estaba lleno de gente en teoría pacífica, eran bravos guerreros que amaban su país y defendían sus aldeas hasta arrojando piedras, estaban nacidos para la lucha, y tarde o temprano, uno de ellos acababa matando a alguien de otra tribu en alguna contienda antes de los 16. Debían estar fortificándose ya que el caos se extendía hasta sus laderas y las estepas exteriores (no en vano, eran gentes del caos, pero el mal azotaba de vez en cuando aquellas tierras), o bien habían tomado medidas en Griskald, la tierra de los lobos, contra la amenaza que se cernía sobre ellos.
Caminaban los dos guerreros alcanzando a ver una humareda, y en esto, Kerish miró a su padre y se frotó la nuca, preguntándole: —¿Crees que se habrán enterado de lo que vinimos a contarles?—.
Su progenitor apretó la frente y las cejas, rascándose un poco el brazo en el que le hiriera un orco, las hierbas curativas habían cicatrizado su carne un 70% en muy poco tiempo.
—No lo sé. En esta semana y pico que llevamos fuera ha podido pasar de todo. Pero si se han fortificado y nosotros no hemos llegado y la tribu del Oso no ha enviado un mensajero…—le respondió Takkan.
Se acercaron más... eran humaredas múltiples, columnas de humo y se escuchaban voces que se asemejaban a gritos cuanto más se aproximaban.
Sonaban más desgarrados conforme tenían de frente la parte trasera de las empalizadas dobles, y Kerish vio los enormes muros de troncos afilados en el extremo brillar de una forma familiar, humeaban segundos después en llamas, se escucharon golpes y las puertas ante ellos quedaron caídas contra el suelo con un sordo estrépito. Un par de fuertes bárbaros yacían tumbados sobre en ellas, estaban destrozados, con los ojos mirando al vacío. Sus espaldas manchaban de sangre la pared de los destruidos muros de la aldea, y se escuchó el relincho de un caballo, o de varios más que no sonaron sobre los gritos.
Huellas de caballos y personas de bastante peso llegaban desde el otro lado del pueblo. Kerish rezaba por no encontrarse... algo que ya estaba sucediendo. Los dos guerreros salvajes entraron en la aldea portando sus armas, la mañana ya había amanecido plomiza, pero el suelo de nieve se había tornado rojo. Entre todo, los paladines del caos y hechiceros Styrganos, de la lejana isla de Styrgland (el baluarte del mal), estaban destruyendo su aldea, ahora un campo de sangre, terror y guerra. Las cabañas ardían en llamas con sus ocupantes fuera, clavados por lanzas en sus paredes. Los niños, atravesados por espadas ante sus ojos. Kerish veía a su padre luchando a su lado, como un león enfurecido, arrojar su ancha espada a un jinete que venía blandiendo una terrible alabarda.
El choque del metal ancho contra la cota de malla del cuello del jinete sonó terrible, la cabeza del hombre se echó hacia atrás, y cayó desmontado, con el cuello roto, escupiendo burbujas de sangre oscura a través del vental de anillas de hierro de su yelmo con cuernos. Takkan y Kerish corrieron hacia su choza y tiendas, contrarrestando espadas, y derribando guerreros de armadura ligera de cuero y malla que servían a la oscuridad, sin detenerse a rematarlos. En casa, encerrados, estaban los hermanos de Kerish y su madre, que abrió al padre del bárbaro al reconocer su voz, y ella salió entregándole la hermosa y terrible hacha que Takkan tenía por característica, cogiendo en la otra mano su cadena armada. En el pandemónium que se había liado, todo eran gritos, choques de metal, sangre, huesos rotos, nervios en el aire… era el aroma de la guerra.
Un jinete pasó junto a Kerish y le golpeó en la espalda con un mazo, derribándole, y el joven jadeó casi sin aire mientras los cascos del caballo por poco le aplastaban el brazo izquierdo.
De alguna parte salió un rayo verdoso, un hechicero arrojó de un lado a otro a un guerrero de aspecto nórdico, y lo estrelló contra la empalizada, cebándose con su terrible conjuro hasta que el bárbaro quedó casi sin aliento. Al cuerpo a cuerpo, no llegaría, pero la mejor manera de combatir a un hechicero era con su misma cobardía, desde la distancia, y así, el moribundo guerrero del consejo arrojó su hacha al hechicero, apuntando a su cabeza, y cuando el arma surcó el aire con una celeridad mortal, la hoja plateada se incrustó, fallando, en pecho el malvado, abriéndole la caja torácica. Sonriendo, murió Sven el Nórdico, uno de los mejores guerreros de Griskald.
Kerish entró en casa reteniendo a sus hermanos y a su madre, y se puso las armas que trajo del coliseo. Miró la espada de la familia, pero no quiso tocarla. Fue el primer trabajo de su padre con hierro, y no se creía merecedor de blandirla como cuando era un crío inconsciente, y sonrió a medias, recordando al guerrero oscuro cuya vida había destrozado dejándole a la altura de un pobre mendigo tullido en un pueblucho.
Afuera, mientras él salía cerrando la puerta, su padre giraba la cadena con el brazo izquierdo y se la arrojaba a otro jinete, enroscando sus eslabones con púas en torno a la muñeca derecha y el antebrazo, y lo desmontó del caballo con un tirón que se llevó parte del brazo. Luego de soltar el arma, tomó su hacha con ambas manos, y lo alzó por encima de su cabeza, partiendo en dos la cara del caballero con un grito de ira. A su espalda, se le enganchó el escudero del muerto, y le apuñaló tras el costado derecho, pero Takkan no moriría de una puñalada tan cobarde, y echó el brazo diestro hacia atrás, rodeando el cuello del traidor, y lo arrojó hacia delante de un tirón, aunque realmente no pretendía eso. El cuello del escudero oscuro, que apenas llevaba una armadura, crujió al separarse sus vértebras cervicales, y el bárbaro lo desdeñó hacia un lado como si fuera un muñeco de trapo.
Kerish trataba de llegar hacia él echándose a la carrera, viendo que le habían rodeado varios caballeros del caos, con sus armaduras rojas de rebordes negros brillando como un espejismo. Sus terribles ataques apenas tocaron a Takkan, que giraba su poderosa hacha rechazando espadas, en círculo, y se abrió camino entre sus enemigos, rotando sobre su propia situación, estirando los brazos que empuñaron el hacha hendiendo armaduras y rompiendo brazos, codos, y el torso del caballero que tenía a la derecha. Justo cuando estaba a mitad de camino, una explosión le hizo saltar por los aires dando una voltereta hacia delante sin manos, cayendo de espaldas, y apenas pudo girarse a tiempo para ver cómo lo que llamaba hogar era ahora una enorme llama de fuego.
Miró aturdido hacia Takkan, quien estaba batiéndose con el hacha a dos manos contra dos de los guerreros oscuros y tres caballeros malvados de armaduras rojas. El grito de su madre le atrajo más que el grito de guerra de su padre, y se levantó en carrera hacia su choza, echando la puerta abajo de un golpe de hombro. Kerish abrió los ojos hasta los topes y corrió por entre el humo, y la sacó de la cabaña, llevándola en brazos. Sus hermanos estaban bien, pero el terrible impacto de aquella bola de fuego había dejado malherida a K’niri. La dejó moribunda en el suelo y ella abrió los ojos.
—¡Mamá! ¡Mamá!—jadearon los jóvenes, y el mayor de la familia continuó asistiéndola.
La esperanza le alentó durante unos segundos. Poco tardó en olvidar algo que nunca había tenido.
Su madre no contestó, se limitó a intentar decir algo… y expiró, con los ojos entrecerrados.
Vacuos de vida.
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Kerish

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MensajeTema: Génesis Sangrienta.   Vie Ago 29, 2008 1:04 pm


A su alrededor todo se volvió más enloquecido, sus hermanos tomaron armas del suelo y rugieron como tigres de los glaciares, llevándose cada uno a un guerrero oscuro a la muerte, pero un terrible caballero de armadura roja clavó a la chica, Midden, y su hermano Aïki tendió su arco. Disparó una flecha a un guerrero herido que aún sujetaba la lanza por la que moría la joven bárbara, y rompió su malla de anillas atravesándole la junta entre el hombro izquierdo y el pecho. Luego dos más junto a la misma le abrieron la carne, y la arteria se le desangró con furia. Cargó otra más contra un guerrero que levantaba su lanza, y le atravesó la boca llevándose los dientes frontales superiores hasta salirle por la nuca. Pero cuando echó mano a la espada, un caballero lo clavó a la pared de una choza contigua. Aïki escupió sangre al yelmo del caballero, cegándolo temporalmente, y el malvado gruñó tratando de quitarse la pieza protectora para limpiarse, y el chico y la chica perdieron la vida con orgullo.
Sus ropas llenas de sangre parecían enturbiar la vista de Kerish, quien les vio clavados, y agonizaron unos instantes, escupiendo con desprecio a sus acorazados ejecutores nuevamente, ante lo que agacharon la cabeza, y no volvieron a levantarla.
Los demás del pueblo yacían a su alrededor, y los restantes estaban luchando, sin ceder victoria ni rogar al enemigo. Los ojos de Kerish divisaron a su padre, cayendo en batalla por un espadazo en la espalda dado por un caballero del caos de armadura rojiza que iba en un caballo negro, en ese mismo instante que todos morían. En ese mismo instante en que lo perdió todo.
Otro caballero fue herido en la cara por el hacha de Takkan, y un tercero fue a rematar al bárbaro en la cadera izquierda con su arma, pero el gran hombre de barba negra y cana tomó al caballero del yelmo abierto y le estrelló su frente sobre el tabique nasal, partiéndole la cara con un mortal impacto que lo dejó inmóvil en el suelo. El último golpe de todos fue en la clavícula derecha. Takkan rugió, y cerró la mano alrededor del cuello del guerrero oscuro, llevándoselo con él, sin cesar la presa, a las llamas del fuego que ardía en la enorme explanada del centro del poblado. Los gritos aún tardaron casi un minuto en cesar, hasta que el fuego derritiera los nervios y llegara por los ojos hasta el cerebro.
El poderoso padre del Cymyr yacía empapado en sangre, sujetando un cuello tostado y sin piel al mismo que una cara irreconocible se fundía nauseabundamente y resbalaba en una masa requemada hasta sus grandes manos inertes. Todo había sucedido en cuestión de segundos, los suficientes para perder la vida entera, y Kerish notó un impacto que le alejó del cuerpo de su madre, haciéndole volar un par de metros hacia atrás con un estallido verdoso.
Los hechiceros lanzaban por encima de Kerish embrujos debilitantes además, pero las pinturas que él llevaba en el cuerpo reaccionaron de un modo extraño, incluso parecían moverse sobre la piel, y el bárbaro, notándolo o no, recorrió la distancia entre él y los tres hechiceros vestidos de verde brillante y negro, con sombreros de forma cónica pero invertida.
Cerró los ojos un momento antes del choque final y los abrió de nuevo con su adusta expresión mientras sacaba el enorme mangual de su emplazamiento en la espalda, aplastando una cabeza que estalló en sangre, huesos rotos y sesos, ante lo que el resto de hechiceros corrieron a refugiarse tras varios caballeros caóticos, los mismos que quedaban en esa parte de la aldea y que habían matado a su padre y hermanos.
Cuando vinieron por él, poseído por la furia, les asestó de revés un golpe que partió el brazo izquierdo al primero, y al segundo que atacaba torpemente con el compañero herido delante, Kerish se agachó y le golpeó de forma circular en ambas piernas. El derribo fue brutal, el metal se abolló y se escuchó el sordo astillado de los huesos rotos, y el golpe mortal fue a la cabeza de los dos caballeros.
El que montaba a caballo reculó desde la distancia y Kerish le siguió, pero el jinete dio la vuelta y cargaba contra el bárbaro. En esto, Kerish hizo algo inesperado, se detuvo con un grito salvaje, saltando a la altura del golpe del caballero, la espada de éste chocó con algo metálico al dorso de su cuerpo. Acto seguido, el caballero cayó hacia delante desde su caballo, con el occipucio partido por dentro de su yelmo, ya que el mangual del Cymyr le había golpeado el cráneo con una terrible furia. Por suerte, el joven llevaba el escudo aserrado a la espalda, y aquél cobarde que sólo podía matar a la carrera furtiva y a la espalda encontró su fin con su propia manera de matar.
En su infernal cabreo, el guerrero-lobo de Griskald corrió hacia los magos y hechiceros que había visto huyendo de nuevo, cogiendo sorprendentemente el mayal a dos manos con tan sólo una, y en la mano que había dejado libre, el escudo. Les dio alcance, pues los hechiceros no eran tan grandes atletas como para escapar a la muerte, y el joven guerrero golpeó sin piedad como un animal rabioso, con el escudo y el mangual indistintamente. Mientras les rompía los huesos, vino a caballo otro guerrero, y dejó el arma a dos manos en el suelo, manchado de sangre y sesos, tomando el mayal pequeño que llevaba en la cadera izquierda. Tras balancearlo, se lo arrojó al jinete en plena cara, con las terribles púas trinchando carne y clavándose en el hueso de la cara y a través de la nariz, derramando su rojo hierro vital.
El guerrero oscuro cayó y el Cymyr le saltó en el pecho con las rodillas, rompiéndole las costillas, que se le clavaron contra los pulmones y le hicieron vomitar sangre. Kerish dejó el mangual grande en el suelo de momento, poseído por la furia, todo él era un arma… y lanzó la rodela con un giro mortal al cuello de uno de los magos que venía hacia él, enfurecido, con una daga llameante en colores fantasiosos en la mano. El hechicero Styrgano escupió sangre de color oscuro delatando su piel escamosa su naturaleza, dejando el blanco rosado y enfermizo que le hacía parecer humano bajo su túnica verdosa, y cayó de espaldas en la fría tierra teñida de sangre.
Caminando, fuera de sí y con el pecho tamborileando violentamente, el joven tomó dos mazas de similar factura que encontró junto a un guerrero oscuro que vestía cuero y malla de metal negra, con el cuello atravesado por una flecha.
Dos guerreros intentaron golpearle, pero él se adelantó ejecutando movimientos que parecían el ondular de una serpiente en el aire con las mazas con púas, esquivando un par de tajos a su pecho uno tras otro desde abajo y ascendiendo, partiéndoles los codos, así como las púas de los cilindros de acero que remataban las mazas derramaban sangre. Furioso y el doble de fuerte aunque él no lo supiera, machacó los huesos de los brazos de ambos guerreros por dentro de los brazales, donde las correas se ajustaban a las hebillas. Los guerreros chillaron de dolor dejando caer sus armas y Kerish saltó entre ambos, con una patada a uno en el pecho, se apoyó al mismo tiempo y usando la inercia en el aire hizo impactar el pie en las costillas del otro enemigo, girándose por completo. El que recibió el golpe en sus costillas cayó al suelo de espaldas retorciéndose, y el otro que aún estaba en pie pero aturdido fue apaleado en ambas piernas con crueldad, en los laterales de las rodillas cubiertas por metal y cuero. Kerish había usado los tacones de sus botas y por eso no se hizo daño e hizo inclinarse al guerrero enemigo, al que a punto de caer, le atacó con un terrible y sucio golpe ascendente en la zona de los testículos. El guerrero oscuro gritó con todo el dolor atenazándole, y el bárbaro pivotó a su alrededor desclavando de sus cojones la maza con púas.
Le dio el golpe de gracia en la nuca, atravesando hueso con uno de los clavos, y le dejó ahí tirado, en la nieve, buscando a otro enemigo que asesinar con los chulescos andares de un león, acelerando el paso, y los despeinados cabellos ocultándole a veces el rostro. Arrojó primero una maza al divisar una forma familiar, pero falló pasando por un metro la silueta del hombre, y luego tiró la otra hacia el que fuera uno de los hechiceros Styrganos, clavándosela en plena frente cuando el enjuto conjurador se volvía tratando de agacharse y esquivar. El hombre del sombrero extraño emitió un sonido serpentino al caer al suelo y conjuró un halo que le cerraba la herida un poco, aunque sus ojos de pupilas reptilianas bizqueaban, con visibles derrames, y la púa clavada en el hueso de su cabeza se desprendió. Corrió, huyendo y limpiándose la sangre de su cabeza, pero tropezó con un muerto y cayó, dándose la vuelta en el suelo para ver que ya tenía encima suya al bárbaro. Miró con terror a Kerish, que lo cogió de las ropas por la pechera y le cortó la garganta con el puñal de hoja sinuosa que tenía, sin emitir expresión alguna en su rostro blanquecino. El mango, sobre el que una guarda emplazaba la hoja frente a los nudillos, quedó saciado de sangre brillante y caliente que chorreaba hasta el suelo con pedazos de carne.
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Kerish

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MensajeTema: Génesis Sangrienta II.   Sáb Ago 30, 2008 2:20 pm


Otro de los jinetes desperdigados corrió hacia él, pudo verle por fortuna a la izquierda de su ojo del tigre, y levantó al hechicero Styrgano arrojándolo por encima de su cabeza hacia el jinete, que al recibirlo contra el pecho, fue al suelo desmontado y perdiendo su espada.
El nómada se puso sentado sobre la coraza del caballero de armadura negra, que resultó ser una mujer debido a ciertas protuberancias mamarias en su coraza. La tomó de la cabeza con ambas manos mientras ella estaba aturdida, situando la mano derecha bajo su mentón, levantándoselo, y la otra mano tras la parte izquierda de su occipucio, dándole un giro violento después hacia abajo que le torció el cuello con un crujido cruel y repulsivo. Empuñando la espada de la mujer caballero, la blandió un par de veces comprobando que la espada larga, de esas de una mano, cortaba el aire con un silbido característico. La furia latía en su corazón tanto como la sangre que corría por las venas del poderoso corcel del jinete, y echándose al galope sobre su lomo, se dirigió más allá del centro del pueblo muerto y se preparó para lo que tenía delante. La espada era su brazo, parte de él, y demostraría cómo luchaba un Cymyr a caballo cuando la rabia dominaba su acero, por qué los llamaban “Centauros de la Estepa”. Cortó el hombro de uno de los hechiceros a la carrera, blandiendo la hoja a la izquierda cortó una mano a un guerrero que usaba un hacha de batalla de gran peso, que cayó al suelo, aún empuñada por una mano inerte. Kerish dirigió al corcel desesperadamente hacia un tumulto de bárbaros luchando contra más enemigos de la horda, saltando de la montura, que se estampó contra las espaldas de unos caballeros de armaduras negras que abrieron la formación, y los guerreros salvajes los separaron en dos frentes.
Entonces, el joven guerrero notó que las fuerzas le abandonaban, la cabeza le daba vueltas, saturada, y se apoyó sobre la guarda en cruz de la sangrienta espada. Vio un espejismo, una llama dorada que brillaba como el fuego más ardiente, y venía hacia él, pero no le quemaba.
Frotándose los ojos, vio que la llama se acercaba a él cada vez más, pero no era fuego, sino el potro que él había estado domando.
¡Flecha del Sol! ¡Vienes a morir conmigo en la batalla! ¡Eres todo un corcel de guerra!”.
Sus ojos se iluminaron con lágrimas, y el bárbaro hizo un último esfuerzo, saltando sobre el lomo de su montura, con tan sólo una tela por encima, y el fantástico caballo de guerra, de poderosos cascos y crin roja, llevó a su jinete a la batalla. Kerish abrazó a su caballo por el poderoso cuello dorado, sujetándose a él con las rodillas y los muslos, prietos. Cerró los ojos con fuerza, sabía que moriría hoy, pero lo haría como todo un guerrero, con sus seres queridos, y se irguió sobre su montura gritando como una bestia, con las lágrimas cayendo por sus mejillas. La furia volvió a por él, hinchó el pecho, y balanceó su espada de un lado a otro, cuando los bárbaros, que estaban repeliendo por poco tiempo al invasor, fueron sorprendidos por los hechiceros que venían sobre ellos lanzando enormes rayos verdosos y brillantes. Consiguieron protegerse unos cuantos de los rayos, usando a los guerreros caóticos de parapeto, cogiéndoles de los hombros a la fuerza y anteponiéndolos al poder mágico que les hacía retorcerse de dolor hasta la muerte. Aún había un rezagado que iba a atacarle por la espada a uno de los bárbaros seguido de otra parte de la horda, pero Kerish emitió unas tronantes palabras que resonaron en el campo de batalla, por encima de los caóticos que se electrocutaban a manos de sus propios y exhaustos hechiceros, y de los salvajes que se reían en la cara de la muerte.
—¡Protegeos las espaldas! ¡Quieren envolvernos!—.
El bárbaro que reía meneando a un guerrero enemigo como a una marioneta se dio por aludido y se giró segando la cintura de un escudero con su enorme hacha. Los conjuradores perdieron sus fuerzas y todo aquello se volvió una marea de sangre, metal y la música de los huesos crujiendo, la sangre arterial tiñendo la tierra, el acero rojo de tanto matar, y gritos a los dioses de la guerra. En esa parte del poblado de la tribu, únicamente quedaban setenta escasos guerreros lobos empuñando sus armas, y al otro lado, estaba la muerte: la legión oscura que por color llevaba corazas, mitones y todo en negro, y más allá, la guardia personal que lucía el rojo brillante y servía a un señor de la guerra a caballo, cuya armadura era bermeja también, pero en lugar de decoraciones distintivas en negro, tenía además sus insignias en dorado. Su terrible casco con cuernos hacia abajo era semejante al que usaban los Cymyr, y portaba a una mano una espada de un acero que a primera vista parecía negro, pero que brillaba en un tono morado, si no era violáceo.
Kerish capitaneó de este modo sobre el caballo el último ataque que iba a haber a lo largo de este día trágico y sangriento, contra los hechiceros y los caballeros del mal que les aguardaban. Hubo una pausa, pese a la furia de todos, pese al dolor de todos. El caballero de la armadura roja sobre el corcel negro miró al caudillo de la horda bárbara, y Kerish hizo chocar su espada con dos golpecitos contra uno de los broches de hierro que ceñían a su cuerpo el peto de cuero bajo el chaleco de pieles. El paladín del caos, señor del mal, hizo el mismo gesto, dejando ver que en su espada había una serie de runas marcadas en un panel dorado sobre el primer cuarto de su hoja.
Además, había una suerte de piedra preciosa engastada y pulida que brillaba casi a seis dedos de la punta del sable de doble filo, imitando un ojo. Los bárbaros se golpearon las armas contra las armas, contra los escudos, contra el suelo, las piedras e incluso contra sus cotas de malla, hombreras de acero y cascos.
El caballero que imitaba el gesto alzó su espada y Kerish dio su orden, su deseo, que era el de todos, espoleando a su montura.
—¡A muerte!—gritó, dirigiendo la hoja de su espada al grupo de los guerreros enemigos y los hechiceros. Todos los bárbaros salieron como despedidos por una enorme corriente, empalando a su paso a los enemigos con sus lanzas, sajando metal, cuero y carne con espadas, y partiendo sus cuerpos con hachas, aplastando cabezas con cascos y pechos acorazados con sus martillos.
En el choque de la ola, Kerish pasó a través de un jinete, chocando su espada cuyo pomo tenía el labrado de la cabeza de un toro, de derecha a izquierda, y luego giró el arma describiendo una extraña filigrana en el aire, golpeándole tras el costado derecho, hendiendo su armadura.
Unos lanceros rodearon al jinete y al caballo, acosándoles con lanzas, ante lo que el animal sintió miedo y se encabritó, relinchando y poniéndose sobre dos patas, apartándose. Kerish le palmeó el cuello y le susurró algo al oído en unos pocos segundos de ventaja al evitar una lanza.
—Xaya… Xaya… no tengas miedo. Podemos con ellos… ¡lucha con todas tus fuerzas!—.
Una lanza fue hacia el pecho del caballo y éste dio un ágil salto hacia atrás, reculando, y se puso de nuevo sobre dos patas, alzando sus anchos cascos para desviar la lanza, y arremetió contra el guerrero oscuro con la cabeza, se giró en el momento que otra punta de lanza iba hacia su cuerpo y El guerrero ex-gladiador le hizo girarse tirándole de la crin con la mano derecha y un toque de talón doble con el pie derecho, ante lo que el fabuloso corcel se apoyó en las patas delanteras, y dio dos coces seguidas en la cabeza al enemigo. Kerish a su vez rechazaba otra lanza que de cerca, le había hecho un corte en el brazo derecho, y giró la espada de vuelta hacia él, cortándole el cráneo por la izquierda al guerrero con yelmo de cuero negro, abriéndole la cabeza.
Flecha del Sol se giró solo otra vez, esquivando una lanza a tiempo, y cayó con los dos cascos delanteros sobre el escudero oscuro, plantándoselos en el pecho. Bajo su cuerpo, el hombre con yelmo de cuero negro en forma de pan de azúcar dio un grito que se ahogó en sangre, y el caballo pasó por encima de él con un salto, relinchando con valor al embestir a otro corcel con el pecho, derribándolos a él y a su jinete, un caballero negro de armadura ligera con el emblema carmesí del dios del mal en la coraza.
Surgió algo que Kerish nunca se hubiera esperado… una masa negra voló hacia él a gran velocidad, y apenas pudo identificar el carro de batalla que volaba tirado por una bestia dragónica que los empujó a él y a su corcel, desmontando al joven, que realmente se agarró a los arneses de hierro del carro por los que la bestia estaba sujeta. El pulso martilleaba en sus sienes mientras el que quiera que fuera el conductor del carro hacía girar a la bestia alada para tirar al joven guerrero. Éste no pudo identificar al auriga, y al descender altura y ver que el tejado de una casa estaba bajo sus pies, el bárbaro se soltó, antes de que el brillo verde en la mano del conductor del carro del dragón llegara a azotarle como el rayo que se perdió por encima de él en el aire.
Con una ligera acrobacia, un giro de lado en el aire mientras caía, dio casi de pie desde tres metros de altura sobre el tejado de madera y pajiza y rodó por él con el cuerpo hasta llegar al suelo de un salto, tras descolgarse. Su pensamiento entonces, cuando se vio rodeado por los guardianes personales del caballero rojo, no fue encontrar la gloria en combate con sus hermanos de batalla y ser recordado como un héroe, algún día.
Todos aquellos bárbaros se empitonaron contra sus enemigos porque les odiaban, porque habían venido a impartirles su culto maligno, y porque querían conquistar una tierra que había costado la sangre de sus ancestros, que era el lugar donde crecerían sus hijos, ahora muertos. De una parte del poblado, salió otro batallón de guerreros con la armadura rojiza, pero destacaba entre ellos uno que llevaba la armadura negra, y una espada llameante que parecía haber forjado el mismo Señor Demonio. Irradiaba una energía maligna, un halo tenebroso... y el paladín oscuro giró la cabeza, cubierta por su terrible yelmo de cuernos, hacia Kerish.
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Kerish

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MensajeTema: Génesis Sangrienta III.   Sáb Ago 30, 2008 2:35 pm


Todos los Cymyr gritaban mientras hacían trizas a sus oponentes, pero se aniquilaban las mesnadas mutuamente y sin desigualdad por momentos, sin saber de qué lado estaría la victoria.
Otros mortales hubieran pensando antes de luchar que, martillos, hachas y espadas bárbaras no eran rivales para la poderosa y equipada orden malvada de caballería, sobre todo la del Innombrable.
Pero, en los ojos de Kerish, refulgía el fuego de la humanidad que lucha por sobrevivir, no las enseñanzas de los aventajados que se esconden tras masivas armaduras y muros de piedra, sino la del hombre inconquistable, que aprende de pequeño y sin ayuda, hacha y espada en mano, lo que un novato noble debe aprender tarde y de otros pagando una cuantiosa suma.
Los bárbaros llevaban la sangre de antiguos reyes y héroes en las venas, vivían en un mundo hostil y sin más protección que la de sus cuerpos, y además, algo importante que destacaba por encima de todo, en la corta mirada que el civilizado había recibido del salvaje: El hábito de matar.
El caballero negro hizo brillar sus ojos en rojo, mirando al joven bárbaro, que rodeaban los paladines del caos. Luego, sonrió bajo la sombra de su yelmo, y tras él salieron varios hombres de estatura no muy alta, con la cara pintada de verde y unos harapos verdosos que les colgaban en pantalones raídos sobre botas negras. Llevando en sus manos espadas-hacha, una exótica mezcla macabra pues los mangos estaban formados de huesos humanos, los dientes de los lacayos brillaban puntiagudos, y sus ojos estaban inyectados en sangre, eran la visión de un inframundo aterrador.
—Que todos ellos mueran. No os divirtáis demasiado—.
Todos ellos corrieron a la orden del caballero de la espada negra contra los bárbaros, apoyando al resto de acorazados y guerreros con armaduras de cuero en la lucha. Bhalaak se internó en el círculo ajeno a la matanza mientras su legión de infernales daba cuenta del enemigo, y se apoyó en las guardas de su espada, cuya punta había clavado en el suelo. Miró con curiosidad a Kerish, que estaba con los músculos en tensión, como un león acorralado, y el caballero rojo sobre un enorme caballo negro desmontó.
Kerish dejó clavada su arma en el suelo. Era demasiado ligera para esas armaduras.
—Salvajes con la piel pintada. ¿Esto es todo lo que da Griskald?—rió un caballero, con la voz distorsionada por su condición sobrenatural. Bhalaak sonrió a medias. Los paladines del caos no le agradaban, eran una pandilla de prepotentes que habían olvidado los principios de la orden y se habían corrompido por la Marca de Arcán.
—¡Que te jodan! ¡Me pintaré con tu sangre!—rugió el joven guerrero bárbaro, acorralado, mientras desenvainaba de la espalda la ancha hoja que le regalara su padre, pensando en darle el mejor uso de su vida. Alzó un poco más su espada, empuñada con la diestra, y sonrió mostrando los dientes con los ojos brillando de locura cuando profirió el gutural rugido que se parecía al de un león de las nieves. Bastó eso de Kerish para que uno de los guerreros intentara segar su cabeza desde el flanco izquierdo, a traición. El joven esquivó agachándose y penetró la garganta del caótico con la punta de la espada de aquél jinete mujer al que partiera el cuello, y un fino pero generoso hilo de sangre salió de debajo del yelmo del caballero.
El chico lo miró con satisfacción, y el caballero del caos que antes le increpara blandió su espada con mango de puño y tres dedos hacia el cráneo de Kerish, pero para su sorpresa, el joven bárbaro se aproximó anteponiendo su espada en horizontal por encima de la cabeza usando ambas manos, abandonando la otra en el cuerpo de su anterior víctima, y deslizó el arma del contrario hasta casi la punta de su espada con el antebrazo izquierdo bajo el plano.
En menos de un segundo su pierna derecha pateó a su enemigo sobre la cintura de manera aplastante, derribándole, y su espada descendió desde lo alto partiéndole la cabeza al caballero de armadura roja con un mandoble, gritando.
—¡AAAARRH!—.
A su paso, el resto de los guerreros a la vista cerraron un círculo cada vez más estrecho en torno a él, rechazando a varios con golpes de plano, y los consiguió apartar, intentando llegar al flamante guerrero de armadura roja que parecía el caudillo. Kerish se agachó rodeado de enemigos acorazados y el cielo sobre él se tornó rojo al oscurecer, el fuego alrededor se alimentaba de cadáveres y derretía la nieve que había congelado sangre cálida minutos antes, su espada giró una vez y otra, rompiendo dedos, cegando a un caballero al deslizar un tajo letal sobre sus ojos, y aunque cayeran diez en total, seguían habiendo más y más. El joven salvaje estaba al límite de sus fuerzas.
Detuvo una espada que volvía a intentar partir su cabeza y realizó la misma maniobra de antes, deteniendo la hoja, con el antebrazo izquierdo bajo el plano del arma, y deslizó la espada del otro al mismo que le pateaba esta vez en el pecho, apartándole, y enarbolando su arma con ambas manos, le reventó la cabeza. En ese mismo momento se giró sobre sí mismo percibiendo a otro que venía por la derecha y se situaba a su espalda, Kerish había desarrollado lo que en otros lugares llamaban El ojo del Tigre, una habilidad para ver como ese animal vería todo a su alrededor, con la visión del cazador, y su espada se deslizó hacia la izquierda empuñada por las dos manos, la siniestra en el pomo para imprimir más fuerza, y detuvo el largo filo que iba hacia su cuello por la izquierda con un choque de metales, un tañido que resonó seguido de otro golpe al rechazar el arma, y fue que girando por encima de su cabeza la espada, el bárbaro quebró la de su enemigo acorazado a través de su casco.
—¡Cobarde!—escupió con desprecio, al tiempo que se daba la vuelta con el arma empuñada con ambas manos y uno de los filos ante él a la defensiva. El caballero más poderoso de todos hizo una señal y mandó a más caballeros rojos por él. Pronto, fueron cayendo los demás bárbaros que rompieron el cerco a su lado, y él mismo los vio morir, hasta que quedaron luchando como bestias heridas y furibundas dos más y él...
—¡Antes de que muera, vendréis muchos conmigo al Abismo! ¡Sangre y acero!—gritó el joven con los ojos llenos de furia, inyectados en sangre.
Los varios caballeros de rojo y sobre todo el caballero negro que estaba allí, se apartaron, dejando un pasillo al señor de la horda, el paladín consagrado de armadura bermeja, brillante como un espejo de acero, con las hombreras y otras partes de la armadura bordeadas en negro con filigranas y símbolos dorados. La enseña de su señor estaba en el cinturón de guerra, un enorme disco con una calavera cuyos ojos eran de serpiente, y el rojo cráneo presentaba a los lados las reales aletas de una cobra.
—Elige bien, y te convertirás un campeón entre éstos gusanos. Tendrás un dios al que adorar—dijo el imponente señor del mal.
Cuando el gran caballero estuvo cerca de los bárbaros que plantaban cara, con el fuego alrededor consumiéndolo todo, los tres guerreros salvajes se arrojaron contra el señor del mal.
El primero, de cabellos castaños y mirada oscura y rabiosa, giró sus dos hachas de doble filo cruzando los brazos, y luego los descruzó aproximándose al caballero rojo, pero éste apenas se retiró y las hojas de acero dieron en lo alto del pecho de su armadura, rebotando en el metal, y luego echó la mano a la cara del bárbaro, cogiéndosela mientras el otro nómada de cabellos oscuros intentaba herirle desde la derecha, saltando hacia él con un enorme martillo con el que pretendía hundirle la cabeza entre los hombros. La mano del señor del mal que sostenía al otro guerrero brilló en negro y luego explotó en gris, arrojando al bárbaro contra el que había saltado en la misma fracción de segundo, estrellando a uno contra otro en el aire. Los dos bárbaros estaban de espaldas en el suelo, el de las hachas sobre el del martillo a varios metros a la derecha, mientras Kerish corría por su contrario con un grito de guerra. El paladín consagrado del caos saltó a dos metros por encima de Kerish, esquivándole, y descendió con la espada empuñada por ambas manos, el metal amoratado brilló en dorado y naranja, y una línea semejante a una muralla de fuego salió disparada a los dos Cymyr lanzándoles lejos con el impacto del fuego mágico, que les abrasó vivos. Kerish se giró soltando la espada con una mano y usó la inercia para dirigir el golpe con la otra, la derecha, y atacar de revés de esta forma el cuello de su enemigo. Éste fue hábil en una parada alta usando las dos manos, y con la punta del arma hacia el cielo fue como detuvo con un chispeo casi de fuego el ataque del joven estepario.
Se miraron un único segundo, el paladín malvado, bajo la sombra del visor en “T” del yelmo que dejaba ver sólo sus ojos, pareció sonreír, y Kerish rugió sin aflojar su empuje pero algo le descolocó… en el panel dorado que nacía desde la guarda del arma había varias runas, pero en la guarda mismo, había una que se encendió en un rojo incandescente y luego se apagó, como si fuera alguna brasa. Entonces, el bárbaro empujó al caballero y éste aflojó su postura y su defensa echándose a un lado, haciendo que el mismo Kerish se desequilibrara y casi cayera al suelo, quedando sobre una rodilla.
—Me he hartado de jugar. Di a tus dioses en la Puerta Negra que Cartax Rilhummer no se ensucia con la sangre de un vulgar Kimmer. ¡Que venga Graisnak, el Verdugo!—dijo el paladín maligno de armadura roja, con tono serio, sin mofa. De entre los caballeros, apareció uno de armadura vieja y rechinante, pero que hedía a algo peor que la muerte, el color del metal que vestía era grisáceo y sin brillo, oxidado por todos lados, y portaba un escudo triangular cuya punta apoyaba en el suelo junto a una roca. El Verdugo tomaba su espada larga con ambas manos, una hoja corriente, con la guarda negra en forma de cuernos rectos que se doblaban como un codo, y el acero de la guarnición salía de un pequeño cráneo de platino con puntiagudos dientes. Su respiración parecía dificultosa, peor que asmática, y su casco cerrado con un visor de una línea presentaba unos cuernos que en los extremos se curvaban hacia los lados. Se le llamaba como rematador muchas veces, El Verdugo nunca tenía prisa por abandonar el campo de batalla mientras tuviera labor, pero además debía ser el ejecutor. Su apodo daba fe de su naturaleza, que hablando de esta, el hombre se movía como un ser levantado de una tumba, o que por el contrario, le restaba descansar en una.
Aquí terminaba todo.
Aun así, el joven guerrero se giró hacia Cartax retirándose ante un tajo que hubiera cortado su cabeza por el cuello, y atacó desde abajo a los flancos de las rodillas del caballero más poderoso de la horda, de derecha a izquierda, y el paladín maligno se retiró con dolor en las piernas, su armadura allí era menor pero aunque abollada, le había protegido. El arma del Verdugo encontró suelo y no carne, cuando Kerish preparaba su golpe final sobre Cartax. Saltó hacia él alzando la espada ancha desde las alturas con ambas manos, y la descargó sobre la cabeza de su enemigo con un último esfuerzo, pero el caballero adelantó la mano izquierda a la defensiva alcanzándole el pecho, emitiendo una luz negra y gris que brilló golpeándole como un puño, arrojándole al suelo... y la espada del Cymyr cayó junto a la que arrebató a uno de sus enemigos, clavándose en la tierra.
Intentó levantarse de nuevo, rodando penosamente por el suelo, y Cartax hizo arder en rojo sus ojos, dándole dos tajos en la espalda con su arma, que dejaron al muchacho salvaje inmóvil en el suelo, con sangre saliendo de ambos cortes tras otro extraño chispeo. El cuerpo del muchacho tembló unos segundos, con los ojos abiertos, y luego los cerró cuando las convulsiones parecieron remitir.
Cartax miró su espada, girando la cabeza hacia la hoja negriza y morada, donde el ojo rojo que era una runa también, parecía latir con vida. No quiso hacer caso de la sensación que le había transmitido la runa, de que el bárbaro atacaría a sus piernas, pues Cartax era un guerrero orgulloso que se jactaba de su superioridad. Luego, sus ojos se dirigieron al joven guerrero caído.
—¿Has elegido bien?—.
Kerish notó que las voces de los que le rodeaban iban deformándose hasta que dejó de escucharlas... Su vista se enturbió del todo al intentar abrir de nuevo los párpados, y todo se apagó para él.
Los caballeros ya habían abandonado el campo de batalla, ningún hombre mujer o niño había sobrevivido, todos habían preferido luchar y morir antes que convertirse a la doctrina del terror que atentaba contra sus vidas, sus hogares, y que pedía la muerte de los infieles.
El hocico de un caballo dorado de crin roja, un belfo dorado, acarició la fría mejilla del joven que fuera su jinete. El animal se quedó allí con él, llorando lágrimas que no tenía, y se acurrucó al lado de Kerish. El gran dolor en la espalda de éste cesó. Hacía frío. Sus fugaces pensamientos eran lo único que tenía ese instante. Su invierno había anochecido para siempre.

"No siento mi espalda. El dolor ha desaparecido. Creo que ni puedo respirar. Sólo soy un observador ciego de mi propia desgracia. ¿Pero qué es lo que no me deja levantarme? ¿Estaré muerto acaso? ¿Es esto estar muerto? La oscuridad que me ciega, ¿dónde está el aire que ya no respiro?".

Para Kerish, el lugar había desaparecido. Se encontraba andando bajo un cielo azul y tan imperturbable y oscuro como las profundidades del mar. En algunas partes, una sombra gris que realmente iluminaba como el reflejo del sol en un espejo, pasaba por los prados de insondable negro como una nube llevada por el viento, pero allí no había sol o luna. De vez en cuando, algún luminoso punto, una estrella al alcance de su mano se alejaba de él, o pasaba a través de las altas hierbas que acariciaba entre los dedos. El horizonte no tenía límite, ni parecía haber nada allí. Algunos estaban igual que él, caminando solos en las tinieblas, como si estuvieran perdidos unos al lado de otros. Y entonces, la vio.
Los enormes muros de vieja piedra, atacados por los tiempos desde el inicio de estos, y una gran puerta negra doble con dos enormes anillas para llamar, toda ella hecha de hierro. Allí encontró a su padre, a su madre, a sus hermanos, al resto de su gente y todos sus familiares que habían muerto antes que él. Su abuela y abuelo paternos también le miraban, todos con los rostros grises que de vez en cuando, esas nubes de extraña claridad reflejaban como espectros que eran.
Él alzó un poco los brazos, queriendo ir a su encuentro. Estaba muerto, muerto como todo un guerrero al fin. Ellos se quedaron allí mirándole, pero no fueron a abrazarle. Sopló el viento desde alguna parte, las fugaces estrellas que cruzaban aquel tranquilo horizonte de la muerte parecían venir desde el cosmos, y sus seres queridos se alejaron de él más que nunca. Kerish gritó sin voz, tratando de alcanzarles, cuando un relámpago rompió las brumas en mil pedazos.

Y de repente, el silencio. Y la oscuridad tenebrosa.
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