Razas y Reinos forjando su destino.
 
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 Resurrección.

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Kerish

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MensajeTema: Resurrección.   Sáb Ago 30, 2008 3:26 pm

Una sombra se posó en el suelo con las majestuosas alas del dragón, el Trueno rugía en sus ojos, por su boca escapaba el frío, y relampagueaba al mismo. Sus escamas no parecían cobre, bronce, ni plata. No eran joyas, ni cristal, ni parecían hueso o roca, no. Era un hermoso y anciano dragón de escamas aceradas, sus alas se asemejaban a hachas, su cola, en el extremo, a una mortal lanza. Su largo cuello, en línea con su cabeza, una espada brillante. Tal fue la silueta que contempló un cuervo, o aquél tigre blanco cuyos largos dientes sobresalían de sus fauces por los lados como un par de sables.
Gargantuesco, y con los ojos como el diamante, el señor de los dragones se inclinó para ver mejor el símbolo. Su profecía. Un relámpago amaneció de la oscuridad de su boca, las tormentas rugieron sobre el humano que parecía muerto. La corrupción negra y púrpura habíase tornado en él un halo negro y rojo. Había llegado tarde, o no tarde del todo.
El príncipe de los caballos se hallaba allí, inseparable de su hermano, y le dio un toque en la cara con su poderoso hocico, moviéndole delicadamente la cabeza.
La sombra de acero que había cesado su aliento sobre el humano hizo brillar sus ojos en un azul atronador. El príncipe de los caballos, hijo del rey de la guerra, se separó del joven guerrero caído, y dirigió sus pasos tristes hacia la espesura, donde su padre y su madre le esperaban.
Para un corcel de guerra, era un honor morir junto a su jinete. Un caballo Cymyr no podía vivir sin el guerrero que montaba sobre su lomo a la batalla, pero algo que hizo la poderosa sierpe llenó de alegría al corcel de crin roja, su jinete había sido arrancado del último abrazo. Aún no era el momento de volver a él como su montura hacia la ruina. El gran dragón miró a través de la ropa del muchacho humano, y vio la marca que no había vuelto a encontrar desde hacía miles de años.

¿Serás tú el elegido? ¿Qué tipo de dragón resultarás, uno de hierro negro que devolverá Arryas a las llamas? ¿Un dragón de acero que no teme a las tormentas y cumplirá la profecía?

Con su voz retumbando como un tambor de metal golpeado por el viento y un mazo, Kerish-Kaana, el dragón blanco del cielo, extendió sus alas, y levantó el vuelo. La vida que había insuflado en el humano rompía con el destino que alguien se había esforzado en truncar y retorcer. Ya nada más podía hacerse. En el mismo día, en el mismo momento. Los animales decidieron de no intervenir tras el consejo, y dejar el peso del mundo sobre los hombros de aquél mortal cuyo destino era luchar.
¿Podría un joven sin poderes de ningún tipo y que dependía de su coraje y su fuerza salvar a los humanos?

*

El sueño de la muerte nublaba el alma del joven, y se podría decir que dormía para no volver a despertar. Ya no sabía si estaba muerto, pero seguro era que unas manos le tocaban el cuello y las muñecas, buscando su pulso. Luego, las manos del hombre encapuchado y ataviado de marrón se volvían a su tórax. Otro par de manos más le vendaban sus heridas.
—Padre Angus, ¿cree que podrá salvar su vida? Yo ya empezaría a rezar por su alma. Aunque éste pagano hijo del caos mereciera su purgatorio como todos los otros—dijo uno de los encapuchados.
—¡El señor se apiade de vos, hombre de vana fe! ¿Sois monje y dudáis de ayudar a un hombre moribundo?—replicó el hombre que tocaba el pecho de Kerish haciendo movimientos en el mismo, como queriendo despertar su corazón de un letargo. Algo salió de sus manos en la tranquilidad de aquél cementerio sin lápidas.
—¡Pero padre, es un salvaje! ¡Dejemos que el todopoderoso le lleve al cielo o al infierno! Mirad, ha peleado y matado como los demás que ahora yacen a su alrededor—.
—Como nosotros, es un hombre del misericordioso, una criatura a la que voy a salvar, ya que nadie más queda vivo en toda esta aldea. Han pasado dos días desde el ataque y los caóticos se han replegado en la baja montaña, donde los supervivientes de la otra tribu les han hecho retroceder junto con las demás. Miradle Fray Joan, se convulsiona, lucha por su vida, ¿no es acaso digno de la salvación? Para algo somos clérigos. ¿Qué otra causa merece más nuestra ayuda?—.
Kerish no había oído el comentario del Padre Angus, pero de haberlo hecho, jamás comprendería el significado de lo que otros llamaban caridad. Increíblemente, sus heridas se cerraron casi del todo, la pintura rúnica sobre su cuerpo y los dibujos rituales le habían dotado de una suerte de armadura, como era la creencia. La espada que le había atacado a traición no le había matado. O al menos, no del todo, porque se levantó ante la sorprendida mirada de todos aquellos extraños, pero cayó de nuevo sobre la nieve, teñida de sangre. Abrió los ojos, pareciera que estaba borracho, pues no conseguía distinguir las masas de color que se agolpaban en su vista. Se arrastraba hasta llegar a la forja de uno de sus tíos, aquél que fuera uno de los mejores herreros de la tribu junto con su padre, y cogió una espada que se suponía iba a ser terminada cuando debió empezar el ataque. Pero de nuevo cayó en la nieve. Los monjes le recogieron y montaron un campamento, e hicieron cavar unas fosas en el cementerio de los bárbaros y enterraron a todos los muertos. Los santiguaron y les dejaron descansar en paz, cosa que el joven guerrero que aún se aferraba a un hilo de vida no podría hacer.
Dos días más tarde, se habían hecho al viaje. Uno de los monjes traía un balde de agua caliente con algunas hierbas, el joven nómada yacía boca abajo en la estera dentro de una carreta, con sudores y gemidos que indicaban el dolor que estaba sintiendo cada segundo. El fraile que estaba junto a él le limpiaba la herida, y a la vez intentaba limpiarle la pintura de las runas. En ese momento Kerish cogió con rapidez la mano del cura y le miró con el rostro lleno de padecimiento. El monje comprendió que no debía borrarle las pinturas, a lo que el otro religioso que estaba al lado asintió.
—Usan un tipo de pinturas que tienen algún poder sobre su cuerpo. No se las borres, o ello tendrá graves consecuencias—.
Fray Angus intentó calmar al joven bárbaro, apartándole la mano de su congénere. Kerish era capaz de articular hoy unas palabras, más que el día de ayer, cuando a veces abría los ojos, confuso, y de vez en cuando gritaba, notando que su espalda ardía con un calambre gélido.
—No me quites estas runas de la piel, o todo se habrá acabado para mí...—.
Fray Angus asintió pues el joven y él sabían lo mismo de las pinturas, cosa que sólo confirmaba sus temores. En una de sus muchas misiones, el padre espiritual de la religión piadosa había conocido el uso de esta suerte de pinturas por las antiguas culturas norteñas, aparte del idioma. Sabía que por el color y la forma, le otorgaban fuerza a su cuerpo para resistir heridas y proporcionarle algún tipo de defensa. Por eso había sobrevivido a los cortes de la espada. Su piel se había “endurecido” y tenía el doble de fuerza que un humano corriente al luchar contra los elementos. Debían lavarle la herida y no borrar las runas tal y como indicó a uno de los frailes cuando preparaban la marcha al monasterio. Al día siguiente, quiso preguntar el nombre al nativo, pero este ya había perdido el sentido otra vez con una de esas extrañas pesadillas.
Iba a ser una tarea difícil recuperarle sin que quedase en un estado similar al de un muerto en vida. Otras veces, estaba consciente, y despertaba envuelto en sudor farfullando cosas incomprensibles, y otras, dormía varias horas y sudaba con el cuerpo ardiendo por alguna fiebre que no podían rebajar con ningún tratamiento existente, pero en el lugar al que se dirigían podrían curarle con muchos más medios.
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Kerish

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MensajeTema: Pira Fúnebre.   Sáb Ago 30, 2008 3:33 pm

Durante la primera hora de la noche, los monjes continuaban sus rezos como de costumbre tras los muros grises de piedra, cuando un grito desgarrador asoló el monasterio tras un portazo.
Los frailes traían un herido, era un chico joven, de unos 17 años. A la vista de todos, tendido cuan largo era sobre una camilla, sus brazos, torso y piernas presentaban dibujos azulados, como en su cara. Estaba herido en la baja espalda, presentaba cortes y magulladuras de combate por casi todo el cuerpo, pero las dos marcas con el borde amoratado eran lo más terrible.
Dos tajos que parecían dos marcas de por vida, las heridas que debían haberlo matado posábanse como los labios de la muerte sobre su piel blanca. Se santiguaron los frailes, envueltos en sus sudarios, y llevaron al joven a una cámara donde le curaron bajo las órdenes de Fray Angus, que se encargó de cuidarle y de devolverle el bienestar en unas semanas. Pero aparte de unas palabras ininteligibles que dijo el chico con un bárbaro acento, no oyeron nada más que fuera revelador de su boca el tiempo que estuvo en cama.
El joven nómada permanecía comatoso cuando soñaba, con las pinturas azules en su cuerpo. Las pinturas mágicas del chamán de la tribu del Oso le habían salvado de una debilidad inevitable ante el golpe recibido en la zona lumbar según todos tenían entendido, pero si borrarlas tenía algún efecto negativo, ellos no lo sabían, por lo que le asearon lo justo. Entre ellos, había clérigos con sus túnicas blancas y bajo ellas una armadura y pieles de animales como capas, tanto hombres como mujeres, que se interesaron por el estado del joven salvaje. Los sacerdotes perdieron esperanza en devolverle la salud, sólo podían aliviar su dolor y cerrar sus heridas con hierbas y vendajes, mantenerlo drogado, ya que los clérigos no podían sanar su alma y se encontraban ante algo nunca visto.
Entre ellos, los salvajes eran hijos de los dioses, tanto como las otras razas y especies. Se basaban en la tolerancia de creencias pues todos vivían como hombres, algunos con prácticas más primitivas que otros, y los Cymyr al menos no sacrificaban humanos, que ellos supieran. El dios del chico no era otro que Choddan, el oscuro dios melancólico que portaba una espada, una lanza y un escudo poderoso. Pero esa magia no era la de los hechiceros, ni la de los brujos, era la magia de una remota época, que no conocían aquéllos religiosos ni por su terrible auge y caída ni por los sacrificios que hicieron.
Aquél herido, aunque en mal estado, tenía fuerzas para luchar. Sí, luchaba por subsistir en sus pesadillas, llenas de risas diabólicas, lágrimas de acero que le cortaban la piel y de gente muerta que él amaba y que jamás volvería a ver. Aunque guerrero, el corazón no se le había endurecido lo suficiente, y lo acontecido iba a endurecerle quisieran los dioses o no, pero de momento, su carne era débil al dolor.
Pasaron tres meses. Podía pasar un año... pero no, despertó de su sueño de muerte. Se encontraba solo en una habitación de ladrillos marrones, con estanterías de modesta madera, y una mesa de estudio. Incluso una biblioteca muy reducida en la pared, en la cual una alta ventana enrejada con unos barrotes, formando una cruz, dejaba pasar las luces del sol al medio día. Sus ojos oscuros le dolían, y gruñó quejándose al tratar de levantarse del camastro.
Miró hacia la izquierda y se dio de bruces con la pared, sin querer. Los monjes irrumpían en la habitación de casualidad, y vieron al bárbaro en pie y gruñendo, así que corrieron a avisar al fraile. En pocos segundos trató de saltar hacia los hombres con hábito, pero comprendió cuando notó que habían cuidado sus heridas, y se quedó quieto.
—No somos tus enemigos. ¿Podrás caminar?—.
—Puedo—dijo el muchacho con la voz seca. En algunos días, recuperó por completo el habla, Fray Angus le enseñó el monasterio, y juntos consiguieron que las heridas curasen del todo. El bárbaro estaba impresionado, no había mujeres con hábitos en ese sitio, pero el fraile le explicó que no era un convento exactamente, y se sorprendió cuando, pasando por un pequeño jardín rodeado de arcadas de lisas columnas cilíndricas, una mujer de cabellos negros con una túnica sobre una armadura, y maza al costado, pasaba junto a ellos saludándoles con una mano enguantada. Con una rapidez pasmosa, el muchacho aprendía a leer el viejo idioma, y a hablarlo con mejor fluidez tras su lapsus vital, incluso a escribirlo, aunque su caligrafía era nefasta. El fraile, que le había cuidado en estos meses de dolor sin llanto, le contó lo que había pasado.
—Debes saber, que fuiste el único superviviente de tu aldea. Los muy despiadados no dejaron ni a un niño vivo...—suspiró con dolor el fraile. Kerish le pidió ir a las tierras de la tribu, donde podría rezar a sus muertos. Y así hicieron.
Aún convaleciente, el joven bárbaro volvió a las estepas, con algunos monjes. Pisó la negra tierra de su tribu, y descubrió unas ruinas chamuscadas y manchadas de sangre.
—¿Qué hicisteis con los muertos?—.
—Los enterramos como en nuestra religión—sonrió con tristeza el cura al lado suya, que apenas tendría quince años, y el cabello corto castaño. Kerish tomó una pala de la carreta en la que habían venido, y fue hacia lo que era un cementerio antiguo, en las afueras del poblado. Le siguieron sin saber qué decirle o qué iba a hacer, y encontrando los bultos del enterramiento, el joven guerrero deshizo las tumbas, cavando en ellas.
—¿Qué haces? ¡Sacrilegio! ¡Blasfemia!—gritó otro monje.
—Todos a cavar, ¡ya! Quiero que desenterréis sus cuerpos y los juntéis todos—gruñó Kerish.
—¡Pero eso va en contra de nuestro credo! ¡No podemos profanar tumbas!—.
—Mira, monje, no lo habéis hecho del modo correcto. Dejadme pues a mí, ya que ellos deben ser uno con los vientos. En el suelo hay gusanos y criaturas arrastrándose que se alimentan de sus cuerpos, y así, sólo aprisionarán sus almas y vagarán buscando la carne y la sangre de los suyos como muertos vivientes. Así obran los espíritus del mal que viajan sueltos en la noche, desde los rincones más oscuros de este mundo—.
El muchacho destacaba por su firmeza al hablar, y Fray Angus mandó desenterrar los cuerpos, convencido y sabiendo de cementerios antiguos de estas patrias bárbaras donde los clérigos ya habían tenido problemas con los muertos vivientes. Si se debía a la razón que Kerish exponía, desde luego que no le pareció algo del todo loco.
Mientras, el joven guerrero caído tocaba lo que eran las ruinas de su casa, ya habiendo desenterrado los cadáveres de su gente, y siendo envueltos en sábanas y combustible sobre un montón de leña y pajiza. No tomó nada de lo que estaba en las casas de otros, ni de la suya, aunque miró la espada de su padre, de hoja ondulada, algunas de las pertenencias de sus hermanos como juguetes, y los abalorios de su madre, regalados por su padre a ella siempre que había hecho algún viaje. Cuando estuvieron todos exhumados, el joven bárbaro esperó al alba para dar la última paz a los cuerpos de la gente de su aldea.
—El pueblo de las cuatro tribus se ha extinguido—dijo él, que aún vestía el cuero destrozado de su armadura, y había recogido sus armas de los días del coliseo. Su espada ancha y la de su padre descansaban juntas entre todas las otras armas que había dejado dispuestar para honrar a los caídos, dispersas pero en pabellones. Se colgó del cuello la runa de su tribu, un tetraskell, un tipo de cruz gamada que representaba todo lo de los antiguos pueblos extranjeros para los civilizados. Un ciclo eterno, las fases de la luna, el sol en movimiento, la vida. Sin embargo, dibujó ese símbolo a la inversa en el suelo, ya que al contrario, significaba la muerte, y era la marca del tránsito al mundo de los muertos.
—No. Aún queda la tribu del Lobo en tu corazón. Tú eres el último—le dijo Fray Angus, mirándole con sus ojos castaños bajo su capucha, que parecía estar eternamente sobre su cabeza para ocultar sus rasgos curtidos.
Tenía razón, quedaba un guerrero. Él...
Miró una paletilla de cordero en la que habían tallado su nombre en toscos caracteres: “Khôr”. Se la habrían puesto de bebé, o bien sería parte de un pasado que ahora mismo no recordaba. Aun así, la echó junto a todas las pertenencias de su familia y abalorios con que los había vestido, para que las llamas lo consumieran todo en el momento de encender la pira.
—¡No seré Khôr nunca más! Su corazón ha muerto con mi pueblo. Ahora soy Kerish para siempre. ¡Y definitivamente no es mi nombre en la arena, es éste mi nombre para el mundo! ¡No descansaré hasta haber vengado la muerte de toda mi tribu, y haber pisado las cabezas de los generales del antiguo dios del mal!—gritó alzando una antorcha, y quemando la pajiza que puso untada con aceites y mezcló con la leña.
Aulló como una bestia al notar que su gente se iba, que sus padres no iban a abrazarle aún en el país de la muerte, que no volvería a ver a sus hermanos, ni a los miembros del consejo, grandes guerreros, hasta el momento de reunirse con ellos. Se dirigió con el llanto por dentro de su cuerpo al carromato de los monjes, y se acarició la corta melena con una expresión de ira incontenible, de dolor, de pena, pero no iba a pagarlo todo con ésos hombres inocentes aunque su vista pareciera enrojecer un momento. Lo que inflamaba su corazón como esas llamas era la más pura y profunda rabia, y las cenizas de su gente reposaron sobre él. De pronto, el término inocente dejó de significar inocencia, y dictaminó que todos los hombres y mujeres, los niños del mundo debían morir. Eran pensamientos de un desequilibrado, y Kerish lo estaba. Pero el pesar pudo más que su rabia ciega, cuando contempló las ruinas de su mundo sentado en el trasero de la carreta que dejaba aquellas tierras atrás. El único recuerdo que se llevó de allí fue la visión de sus muertos, las cicatrices que aún le producían algún hormigueo, y la espada flamberga de su padre.
—Juro hacer uso de este tiempo que me han concedido para vengaros. Y si no, ojalá muera con deshonor. He vuelto del abrazo de las tinieblas, y lucharé por vuestra memoria—.
Entretanto, el humo ascendía en el amanecer plomizo, y como una señal de los dioses, se vio el sol que las almas de su gente verían brillar en su viaje a la oscuridad.


Estoy solo en este mundo tan frío... es duro, pero sigo intentándolo.
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Kerish

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MensajeTema: El Principio del Fin.   Sáb Ago 30, 2008 3:43 pm



Una tarde, en el monasterio de las afueras de las tierras bárbaras, Kerish presenció un atardecer que de lejos, bajo el gris horizonte, parecía arder en naranja como las ascuas de una fogata. Se le acercó alguien que llevaba una capucha de anillas de acero y vestía una cota de malla completa bajo la sobrevesta verde, muy simple, pero que tenía por emblema en el torso una especie de icono, que representaba una flor negra, la flor de hierro Kurgana.
Con el guerrero del emblema, estaba Angus, siempre con su modesto hábito, y se acercó al salvaje que volvía la vista hacia su armadura de cuero, en una mesa sobre la terraza en las almenas del monasterio, y la remendaba a conciencia.
—Han pasado meses desde que te trajimos moribundo y veo que el ardor de tus ojos no ha disminuido un ápice. ¿Por qué preparas tu armadura?—.
—Me voy a hacer al camino, Angus. No puedo quedarme de brazos cruzados mientras esa gente anda por ahí matando a mis demás paisanos. Y por si fuera poco, es peligroso para vosotros quedarme aquí—gruñó Kerish.
—¿Vas a enfrentarte tú solo a un ejército del mal? ¡Piénsalo bien, joven! ¡Aquí al menos estás seguro, lo de la otra noche fue un incidente que escapó a nuestro control! ¡Alguien superior había en esto, pero se ha rendido y Dios nos favorece!—.
—Debe haber algo que pueda hacer. Los monjes sois buenos y confiáis en vuestro dios, pero el mío no pide que luchemos como último recurso. Él nos da fuerzas para matar, para resistir y llevarnos por delante al enemigo, y si no hago uso de ese don ahora, moriré viejo y sin honor entre estos muros. He de salir al mundo, aplastar la maldad que me ha enviado a la muerte y cortarle el cuello al caballero de la armadura roja—.
Kerish parecía muy seguro de lo que decía. Angus lo sabía. Sabía que estaba al cien por cien seguro de lo que iba a hacer, pero una vez más, trató de persuadirle, quizá yéndose por el terreno del joven.
—Puedes hacer eso y más, luchar por los que no pueden hacerlo. Rezar por la fe y la misericordia, usar tu espada al servicio de Dios. Lucharías con muchos otros contra el mal, y con el tiempo, todo terminaría. Únete a nosotros y te ayudaremos como hermanos, pero no partas solo a la muerte—.
—¡No tengo tiempo! ¿Comprendes? ¡No se trata de tu dios o del mío, se me ha dado una segunda oportunidad y pienso aprovechar lo poco que debe quedarme! ¡Mi familia ha muerto por mí! ¡Mi caballo ha muerto por mí! Ahora, debo morir por ellos llevándome al Abismo a toda esa pandilla de perros del infierno—.
Angus se retiró la capucha, mostrando su cabello corto y canoso. Su expresión dura pero triste caló en el bárbaro, que se levantó y se dispuso a ponerse la armadura.
—Hijo mío, Dios nos pone pruebas en el camino para ver lo fuerte que es nuestra fe. Si la tuya es tan dura como el hierro de esa espada que usas, de largo alcance, quizá fue su voluntad que vivieras de nuevo. Nosotros ponemos la otra mejilla y predicamos bondad, pero tú respondes al golpe con un golpe, quizá ese es el camino por que te llevará el misericordioso. No veas nuestro culto como algo pesimista y oscuro, pues no es tan extremo, pero debes aprender a verlo todo con otra mirada—.
El guerrero tras ellos, de ojos verdosos, entrecerró estos y se dio media vuelta con la espada al cinto. Si era decisión de dios o no, el bárbaro iba a seguir su camino.
Le condujeron al sótano del monasterio, tras una puerta de pestillo doble.
Tomó un hábito con capucha y un cuchillo de hierro que pudo encontrar, hecho de una sola pieza. Era una habitación donde los frailes guardaban armas y armaduras. Había espadas, pero Kerish no deseaba hojas a una mano y éstas estaban reservadas a sus dueños, otras estaban demasiado viejas para volver a usarse. Vio un largo sable sin funda, el diseño era oriental, una larga espada algo roñosa, muy parecida a cierto cruce de cimitarra y espada bastarda que había visto en Ilonia. La tomó, atando con un cordel y con un manual cosido la espada a la capa de hábito con capucha que llevaba. Era un arma ligera y rápida, además de larga, lo que necesitaba.
—¿De quién era la espada?—preguntó Kerish.
—La trajo un guerrero desde el otro lado del continente y del mar. Era un hombre de baja estatura y ojos pequeños, muy fibroso. Dijo en lengua común a la nuestra que era un Jidai, un caballero que servía a un gran rey, y que había vagado por todo el norte en una misión especial. Le encontraron moribundo, y pidió que guardáramos su espada hasta que alguien decidiera empuñarla y darle la muerte como a él.
¿Entiendes eso?—.
Kerish dudó un instante. Recordó sus días tras el Muro de Hielo, en las tierras asiáticas, y luego miró al fraile, medio sonriendo.
—Me hablaron una vez, casualmente, de unos guerreros que viven muy lejos y usan estas espadas. Las llaman Katana en su idioma. Cuando un guerrero de los suyos muere, su espada guarda parte de él, su espíritu, cosa que también creemos nosotros. Era decisión de muchos quebrar su arma en el momento de su muerte, porque creían que su esencia vagaría sin la iluminación por la tierra como un espectro. También creían que las espadas son como las personas, y que una vez se rompen, pierden su alma—.
—Qué curioso. Hablando del tema, Zarhia quería echarle un vistazo a tu espada negra, la tiene intrigada—murmuró el fraile, mientras Kerish rebuscaba entre las antigüedades, asintiendo con la cabeza.
—Os la dejaré aquí pues, es todo lo que tengo de mi pueblo, y quiero que la guardéis como tributo por vuestra ayuda. No tienes elección a negarte—sonrió el ex-gladiador.
Sus ropas estaban hechas unos zorros, así que se las quitó y se puso un taparrabo negro de lengüetas de cuero, con un pequeño cráneo plateado en el centro del cinto que lo sujetaba. Se colocó unos brazales de cuero con tachuelas redondeadas en ambas muñecas, poniéndose las piezas de cuero sobre sus muñequeras inseparables. No cogió nada más. Las armaduras eran un engorro al igual que los cascos, las ballestas, y tomó las nudilleras que los frailes le quitaron al traerlo medio muerto hacía ya casi cuatro meses. Cuatro meses en el infierno, o en el país de las sombras, no lo sabía nadie, pues la teología bárbara no era demasiado conocida.
—¿Estás seguro de lo que viste al llegar a mi pueblo? Es decir, que aquellos enemigos que eran hechiceros Styrganos y caballeros del mal… ¿no dejaron a nadie más con vida?—.
—Sí, Kerish. Me temo que sólo en ti pervivirá tu pueblo—.
El Cymyr asintió, con los ojos casi rasgados cerrándose.
—Por supuesto, cómo he podido dudarlo. No perdonaré jamás a esa gente que me quitó cuanto tenía, incluso me mataron. Pero he vuelto, y desharé las vidas de ésos cerdos. ¡Les haré sentir el miedo, el dolor, y finalmente, les morderá mi acero!—profirió vengativo con la voz entrecortada y los ojos vidriosos. Miró por encima de su hombro derecho a Fray Angus... y se despidió de él con un abrazo, ya a las puertas del monasterio.
—¡Cuídate, y que tu dios benevolente ya sea o no Solus te favorezca! ¡Eres un buen hombre!—.
—Y tú, joven bárbaro, ten mucho cuidado, y que tu cruel y triste dios de la montaña te ampare. Mi dios no necesita nombre, es la piedad y la justicia que han de dar por él los hombres a sus semejantes lo que importa. Avisa al mundo de la maldad que has visto aquí, pero cuando arrebates la vida con una mano, has de darla con la otra. Si la sangre te convence más que el perdón, seguirás el camino de la Oscuridad—.
Kerish sonrió y salió por el enorme portón del monasterio. Pensó contradiciéndose, que entre tanta maldad siempre podían haber hombres buenos, y pisó la estepa. Se acercaba nuevamente a un mundo de peligros, y la oscuridad le tenía sin cuidado.
El guerrero de la capucha de malla se retiró esta última, mostrando su cabeza afeitada y su cuidada perilla al fraile una vez marchó el bárbaro.
—Él fue el último superviviente de su tribu, ¿no es cierto?—.
—Así es, caballero Kurgan. Pero va a necesitar el favor de los dioses para derrotar al terrible señor del mal—.
—¿Para vencer a Cartax? Necesitará más que eso—.

Estaba listo para luchar o morir. Kerish el bárbaro, ¡ése era él! A sus 17 años consagró su vida a la venganza”.




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