Razas y Reinos forjando su destino.
 
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 Los Devoradores de Carne.

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Kerish

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MensajeTema: Los Devoradores de Carne.   Jue Nov 20, 2008 3:54 pm

Habían sido dos días de tranquilo camino, y el vuelo ocasional de algún ave nocturna hizo que el cazador salvaje y primal que dormía en el interior del jinete solitario despertase como un gigante de sueño ligero, entrecerrando sus ojos, acostumbrados a la oscuridad de la noche y los peligros y bellezas que esconde.
Una flor se abría entre las hierbas sólo hoy, una ardilla traviesa le espiaba desde un solitario árbol, y los ojos en la oscuridad que parecían acecharle se alejaron en ella, para sumergirse en las tinieblas con las que los hombres pueblan el mundo de las pesadillas, más allá de la seguridad y el calor de una hoguera.
La noche era y seguía siendo un mundo bello y aterrador. Kerish se sentía como en casa.
La sesión nocturna no estaba tan avanzada hacia las tierras orientales de Dhargen, pero, la luna se hallaba en lo alto, y algún satélite extraño que quedaba a capricho de las manos de los dioses flotaba como un astro más.
Las estrellas, como gotas de leche del pecho de una diosa sobre el tapiz oscuro y eterno, marcaban el camino al navegante, y también al bárbaro que viajaba en su montura, que a su vez, disfrutaba un breve instante de descando pastando.
Aunque en aquellas latitudes, sembradas de campos verdosos y pasto húmedo que, de cuando en cuando, su corcel degustaba, apenas había visto un campesino o dos. El camino no se presentaba del todo fiable, nunca había viajado por allí.
Y era tan diferente de aquella ruta con Darian en barco...
No era momento de pararse a pensarlo ni de recordar las atracciones hacia la dura mujer de suave tacto, así que, tocó los costados de su caballo con los talones.
A su vez, el animal de pelaje oscuro nublado que parecía como entender un idioma primigenio, echó las orejas hacia atrás mostrándose algo contrariado por negarle aquellas hierbas.
Ya en ruta de nuevo, el nómada estepario le premió con una palmada condescendiente en el cuello, siguiendo el camino sin transitar por las verdes llanuras del margen oriental del reino.
Por un momento, le pareció ver algo. No, lo vio.
Detuvo nuevamente a su caballo pero no fue para recalcular la ruta. Unas sombras se introdujeron en un caminillo hacia un bosque que no se podía bordear sin tardar demasiado, y aun así, el bárbaro tendría que pasar por un tramo. Entrecerró los ojos, y giró un poco la cabeza, mirando las alforjas por encima de su hombro izquierdo.
En ellas, el oro que le debe a cierta sacerdotisa de antigua y respetable familia. Ocupa un saquillo, pero también tenía otros regalos para ella, fruto de algunas aventuras sangrientas en las que usar acero, músculo y mente.
"Podría echar a galope al condenado caballo, y pasaría de ellos... un jinete en la oscuridad sería como una sombra que pasa haciendo ruido por un instante y desaparece después", pensó cuando su ancestral sentido del combate le alertaba de que algo no iba bien.
Suspiró, y vio que alguna de esas sombras abandonaba los árboles, pero no veía a trescientas leguas como se dice que ven los dragones, ni menos aún era capaz de un aumento de visión en la oscuridad.
La primera opción sería fácil con el único inconveniente de ser capaz de seguir el camino del bosque de noche sin topar con algo. Una piedra mal puesta o cualquier otro objeto sobresaliente del terreno podían derivar en su fatalidad.
Llegaría quizá en menos tiempo, con menos riesgos.
Pero una de esas sombras danzaba y aullaba a la luna como los primitivos hombres, cantando algo que se elevó hasta el firmamento con un macabro eco que ahogaba la eternidad de las estrellas, y el brillo del metal de una espada relució con la claridad lunar cortando algo. De alguien.
El bárbaro echó la cabeza y el cuerpo ligeramente hacia delante. No era su problema, que se encargasen los héroes de reluciente armadura y áureos cabellos de angelicales auras y facciones agraciadas.
Era un hombre endurecido por la guerra y la barbarie de la que nació, y por ello, escogió el camino más corto entre su destino y él.
Espoleó al caballo hacia el camino del bosque.
En la cabalgada a velocidad, quedó casi a la altura de las columnas que eran árboles en verdad, y un golpe en seco le desmontó con elasticidad, desprendiéndole desde la silla del caballo y los estribos.
El animal, que, sintiéndose sin jinete, optó por rodear la zona en círculos, nervioso y piafando.
Desde los prados verdosos dos siluetas oscuras que se mimetizaban con el entorno rieron como enajenados, recogiendo en su tosca y ajada red el fruto de su "pesca".
Aquéllos tipos pronto fueron apoyados por el otro que blandía una espada, ensangrentada, y arrastraba un cuerpo semidesnudo con una túnica vieja levantada hasta la cintura.
El hombre tenía un aspecto extraño y rústico, como un leñador silvestre, y el niño al que arrastraba de un pie tenía los genitales al aire y la cabeza abierta.
Los dos tramperos intentaron cerrar la red tirando, pero el esfuerzo del joven bárbaro, aunque aturdido, rivalizó contra el de ambos hombres, manteniendo el espacio justo para zafarse.
En ese instante, el de la espada, que parecía frenético, y a la par muy ido, se alejó con una especie de gruñidos gangosos que devinieron en sílabas, siendo reemplazado por otro emboscador más.
El prisionero no pudo evitar que uno de ellos dos se aferrase a su brazo derecho, pero el otro apenas llegó siquiera a cortarle con su largo cuchillo.
Para cuando intentó éste último un segundo ataque, el bárbaro escapó de su puñalada alejándose con un salto hacia la derecha del que aún estaba agarrándole, así el tercero tomaba su hacha y la levantaba dando alocados tajos.
En cuanto interpuso al del agarrón contra el hachero, los hizo tropezar y golpearse, pero aunque uno todavía se enganchaba a su extemidad como un calamar enloquecido por el hambre, eso no le impidió derribar con una patada tras las rodillas al del arma, y darle un cruel pisotón en el cuello que le hundió la tráquea con un crujido cartilaginoso.
Kerish vio alejarse al de la espada, casi emitiendo un gemido de impotencia al ver que se perdía con el niño entre los pastos, tirando de su cuerpo inerte como de un ternerillo muerto, y le escuchó de nuevo esa jerga ridícula con una exclamación.
Con un poderoso tirón, agarrando del brazo al que le tomaba el suyo, balanceó al trampero empujándolo contra su compinche y escapó de sus manos.
Fue cuando, saltando y encogiendo las rodillas contra el pecho, desplegó una patada dual al usar ambas piernas contra el torso del tipo que le sostenía la presa segundos antes, golpeando como si sus muslos fueran dos poderosos pistones de hierro, haciendo que su enemigo se empalase contra el cuchillo del otro que venía buscando destripar al guerrero de las lejanas estepas.
La sorpresa era total para aquél desquiciado, que viéndose manchado de la sangre de su compañero, retiró despacio el arma.
Pero Kerish ya estaba ahí en esos ápices de segundo, espada en mano, y una sucia estocada a la cara le destrozó al trampero del largo cuchillo la comisura izquierda de la boca, cortando el carrillo además, dejándole una sonrisa antinaturalmente amplia y una boca más profunda.
El bárbaro vio caer ante él al loco, que aún blandía el cuchillo intentando rajarle los muslos, hasta que la punta de la espada sobresalió con un empuje cruel por su nuca, y los ojos se le volvieron occisos hacia las cejas, temblando con un estertor fatal.
Apreciando su dolor, el salvaje del norte retiró el arma, y apoderándose del hacha en el suelo, fue a buscar al imbécil que quedaba.
Al avanzar entre los pastos altos a ambos lados del camino, hacia la izquierda, descubrió al tipo de antes, con la cara pintada con algún tipo de barro fino, glasto... no sabía lo que era exactamente.
El caso es que el extraño, con el pelo corto a cuchillo y una barba un tanto rala, estaba empujando tras el cadáver del niño muerto, desnudo de cintura para abajo y con la túnica recogida contra la cintura.
El abominable acto de profanar a un muerto así dio más asco aún al bárbaro cuando vio que el que hablaba en ese extraño lenguaje levantaba la espada con una mano envolviendo la otra, como si rezase antes de una batalla a un dios, o buscara sus bendiciones.
¿Pero a qué dios se invocaba de aquella manera tan asquerosa? Quién demonios sabía...
El hombre de brillantes ojos y pinturas en la piel advirtió que alguien interrumpía su ritual, y jadeaba entrecortadamente mientras se levantaba abandonando el cadáver tibio.
Algo zumbó en el aire, más pesado que una flecha y menos silencioso que una piedra, y el hacha de uno de sus compañeros le pasó girando por el brazo izquierdo cortando piel y músculo.
Al seguir avanzando, el joven bárbaro no supo si aquél hombre estaba loco, o era un muerto viviente con vomitivas ansias, pero parecía que ni siquiera la herida le podía detener. Como los demás, llevaba pantalones de tela y una camisa de lona con apenas mangas, y el color era indefinible en la oscuridad.
Tan pronto estuvieron a distancia de espada, el loco tiró un tajo desde arriba en vertical con la mano derecha, Kerish detuvo el ataque, pero aunque era lo suficientemente rápido como para matar a alguien diez veces, el otro se movía al azar, como borracho, agachándose como si fuera a caerse, y ello le libró de perder la mitad superior de la cabeza cuando la espada del guerrero del lejano norte silbó cortando tan sólo aire.
No, aquél hombre no estaba borracho, sabía lo que hacía, y además, aunque parecía que su mente estaba en otro lugar, acusaba unos signos semejantes a cierta locura de guerra, salvo que esta, tenía un origen profano y maligno a juzgar por el brillo de sus ojos.
Nuevamente, el perturbado intentó moverse, pero haciéndose un objetivo difícil al parecer que bailaba alocadamente, en realidad se estaba moviendo con un salto salvaje que, por contra, le exponía el cuerpo, desconcertando al bárbaro.
La espada de éste apenas pasó a un centímetro de su pecho, dejando una pincelada roja en la lona bajo la cual, la carne del tipo de la barba descuidada estaba herida, y cuando Kerish trató de acerársele, el otro evitó un nuevo ataque por arriba y lanzó un tajo hacia la malla de acero que vestía el melenudo guerrero.
Un choque tintineante, pero no hubo sangre.
El Lobo de Griskald olvidó que un enemigo nunca actúa del todo como se espera de un combatiente. En este caso, estaba sobrecogido por la escena de la violación del cadáver de un muchacho de unos diez años y la súbita emboscada, pero con todo, había algo en él imposible de superar con suceso o arma: el instinto de supervivencia.
Esa furia que sentía por tal aberración borró cualquier pretexto en su cuerpo o mente y entorno como para que ignore el peligro y la apariencia, cualquier artificio, y por eso, le cortó la mano al loco de un tajo ascendente al esquivarle un corte de revés, alejándose y arremetiendo con un salto y la espada por lo alto, como un resorte mortífero.
La extremidad amputada cayó cerca, el loco dio saltos, algo le sacó de su extraño trance y parecía que le había hecho consciente de su situación.
Pero era tarde, pues el bárbaro tomó el arma que sujetaban aún unos dedos muertos, y con un tajo desde cada lado que se unía contra las vértebras del cuello, sajando carne, vena y músculo, una explosión de sangre y un gorgoteo arrojó la cabeza por el aire.
La vida salpicó en gotas rojas contra ambos filos de acero que aún relucían bajo una repentina lluvia carmesí en la oscuridad, el cuerpo decapitado del loco se mecía dudoso aún, hasta quedar en el suelo, inerte.
Al luchar contra Kerish ha estado jugando con la muerte y ha perdido la partida.

[Continuará]

[
http://www.esnips.com/doc/0192d356-9169-46b8-adb0-5a8169e06916/Lucha-Salvaje---Tema-de-Kerish ]


Última edición por Kerish el Sáb Dic 27, 2008 5:30 pm, editado 7 veces
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MensajeTema: Los Devoradores de Carne. (Parte II)   Dom Nov 23, 2008 8:32 am

“La Bestia de las Sombras” de Kerish se había cobrado otra presa.
Abandonó el cuerpo muerto con un escupitajo lleno de saliva y desdén a partes iguales, y le tomó al menos un minuto tranquilizar a su caballo, que rodeaba el centro de la acción brutal en el momento que habían desmontado a su jinete.
Luego, admiró la escena de carnicería en los verdes prados de la parte oriental de Dhargen, podría ser digna de una pequeña fuerza de hombres bien entrenados, pero, si algo ha marcado la vida del joven guerrero salvaje, ha sido la necesidad de valerse en el entorno hostil que él llamaba hogar, y el hábito de matar.
Uno de sus apodos era "Lobo Rojo", y su obra daba fe de que se lo merecía.
Quiso dar entierro al crío, pero le tomaría tiempo, y no tenía por qué perder este ahora por una formalidad fúnebre. Ya habría tiempo de enterrar.
En el cuerpo del muchacho había encontrado signos brutales, le habían extirpado pedazos de piel bajo los pezones, en las costillas, los empeines de los pies, y eso llevó al bárbaro a entender que los atacantes debían de proceder de algún colectivo caníbal que devoraba la piel de sus víctimas poco a poco.
Siempre le había asqueado esta gente.
Sus ojos rotaron hacia la estampa sombría de aquel bosque, lleno de troncos enhiestos como lanzas prestas al desfile, cabe la frondosidad de hojas y una dispersa luz azulada proveniente de la luna y un astro muerto, que daba a la espesura un aspecto ominoso.
Con una maldición silenciosa, se internó hacia el bosque por la ruta secundaria, flanqueando el camino.
A lo lejos, distinguía algunas fogatas y a sus integrantes, entre tiendas y chocillas, a tiempo de detener el corcel tras un rato de camino a pie, habiéndolo dejado lejos de la vista de cualquiera.
Pensó en el niño muerto, y ello no le llenaba de náuseas pues era la sed de venganza lo que alimentaba el fuego del odio en la mirada del bárbaro.
La que les iba a caer no sería pequeña.
Con la espada de aquél tipo de antes en el rojo mate de la sangre seca, se dirigió hacia el campamento, siendo un ser más de la noche que merodeaba los bosques con la amenaza de la muerte en una media sonrisa lobuna.
Como todo veterano de guerras de las que nadie sabía y a pocos le importaban, siempre había intentado formar parte del colectivo no-bélico. No en un solo sitio, sino en muchos.
Pero siempre que tenía aspiraciones a una vida tranquila, se topaba con un hatajo de imbéciles que le hacían verse obligado a retomar las armas y quitarse de encima a aquellos que más respeto le debían mostrar.
También era amante de la vida, mientras esta no se cruzara en su camino.
Todavía no se explicaba toda esta situación; él no era un paladín ni tampoco un guardián del bien y las leyes mas eso importaba poco ahora.
Porque ahora, sólo tenía en mente matar. Ya no era un viajero con prisa, era un destructor implacable con un plan de castigo.
Había más de ésos idiotas, y podía oler un extraño aroma que estaba presente en los cuerpos de los que ya había liquidado: húmedo y a la par seco, el olor se colaba en las fosas nasales como si se tratara de tierra mojada empujada por los dedos de una mano, y dejaba una sensación un tanto rasposa.
Cualquier otro hombre se lo habría pensado, pero Kerish no, había hecho esto muchas veces, y aunque sus enemigos fueran más que meros hombres, ello no le llenaba de duda en ninguna medida, y, a cada paso que daba hacia la congregación de toscas viviendas y clima de acampada, más se reafirmaba su seguridad en hacer lo que iba a hacer.
Esos devoradores de carne iban a tener su escarmiento.
Aunque pudo acercarse casi hasta la luz, dos de aquéllos tipos que balbuceaban en una rara jerga le vieron, quizá confundiéndole con otro de su condición.
Uno de ellos hizo por levantarse, escupiendo más que hablando, pero la espada que portaba el bárbaro fue más rápida en atravesarle el cuello con la punta, con una estocada circular de derecha a izquierda. El tipo cayó.
Se ahogaba en su sangre sin poder alarmar a nadie.
El que estaba aún en el suelo, con un cuenco humeante de hierbajos desparramados, estiró un brazo queriendo alcanzar a la sombra asesina, sin balbucear nada más que incoherentes gruñidos.
Parecía bajo el efecto de un narcótico, quizá esa hierba, que en ese momento le había dado un bajón tal que había entumecido su cuerpo.
Como sea, un lento glande de acero se internó como un aguijón entre sus costillas y destrozó su corazón.
Kerish sin embargo, se acercó más internándose en el campamento tras las muertes silenciosas, con la espada de una mano en la diestra, ligera como un scramasax, quizá el acero era demasiado bueno para gente así con apariencia desharrapada que sin embargo se lo podía permitir, o era el trofeo de algún muerto.
No había en ellos insignia militar alguna que indicase lo contrario.
Para él, aquél arma no pesaba demasiado al manejarla de forma continuada, porque, además, el bárbaro a sus 25 años se empezaba a encontrar en la cima de su poderío.
Los Cymyr (paisanos de Kerish) rara vez pasaban los 20 años o los 30, pues desdeñaban la tristeza de la vejez, y la idea de partir a buscar la muerte siendo ancianos les cansa inexplicablemente menos que una buena guerra.
Eso sí, se entregan a combatir, sudar y sangrar tan gustosos como un niño al juego, pero el bárbaro no juega.
La espada podría ser ligera, o Kerish muy fuerte.
Con todo, dejando los detalles para los que desearan perder el tiempo en ellos, los oscuros ojos algo rasgados rotaron hacia un corralillo donde jaleaban a unos reos.
Sobre todo había mujeres y niños, con diversas partes del cuerpo vendadas con harapos: los pies, las manos y brazos. Quizá también en el torso bajo la ropa, como el chaval muerto.
Además y por sorpresa, alguien que no estaba muy embriagado con las hierbas tomó su hacha y gruñó algo en su extraño idioma, el brillo sobre el filo delataba a la muerte, y el guerrero nómada fue a su encuentro, esquivando hacia la izquierda de su enemigo el tajo que descendía buscando su cara y su pecho.
El acero destelló con gelidez asesina, y el norteño giró pivotando tras la guardia de su contrario harapiento con un revés de derecha usando la espada.
"El Ala del Dragón" se cobró una víctima destrozando carne y venas en el lado izquierdo del cuello con un sifón sangriento, y cuando otro más quiso elevar su garrote con clavos desde el flanco izquierdo, Kerish cambió la espada de mano y con un medio giro, le cortó los ojos con un corte horizontal hacia la siniestra.
Repitió el ataque una vez un enemigo más se aprontaba a tomar dos cuchillos, uno más largo que el otro, pero el guerrero del norte no le dio tiempo, pues la espada le cortó la garganta.
"Las Alas del Dragón" fueron otro movimiento que había causado bajas en anteriores batallas, y como parte del estilo personal del ex-gladiador, no podía sino significar el principio de una masacre.
El que estaba en el suelo con arco cigomático roto, apenas pudo gemir dolorosamente antes de haber dado contra la hojarasca, fallecido al instante.
Tal muerte, vista de reojo por alguno que no andaba tan atento pero sí drogado (y con ello lleno de un poder abrumador), despertó la alarma que sembró la inquietud y la fiereza en aquellos rostros ahítos de narcóticos.
Manos sucias y ojos brillantes de sed de sangre se aferraron al deseo asesino y a las empuñaduras de las armas que portaban, dejando la diversión de lado.
Tenían un invitado y querían recibirlo.
Así, uno de ellos gritó con locura, y corría mostrando el pecho alzando su espada, con ambas manos por encima de la cabeza.
El bárbaro aprovechó la carga y le arrojó el sable que portaba, clavándoselo entre el vientre y bajo las costillas, dando casi contra su espina dorsal desde el interior.
Ello fue frenando a aquél loco, al que siguieron un par más.
Kerish tomó su martillo desde el lado izquierdo de su cinturón sin perder tiempo, rugiendo:
—¡Eso, venid! ¡Veamos cuántos de vosotros enviaré al Abismo antes de dormir una siesta sobre vuestros cadáveres!—.
Con un brutal golpe de martillo en el pomo discal de la espada que ensartaba al harapiento enloquecido, hizo que el arma incrustada destrozase vértebras y se clavase contra otro tipo más, y el que venía detrás.
El brillo de la espada del bárbaro desenvainándose desde el arnés en su espalda en la mano derecha parecía una sentencia, y él, su ejecutor. Por un momento, todos dudaron nuevamente.
—¿Quién morirá ahora?—.
Sus enemigos admiraron con pavor la forma de acabar con sus congéneres, en ese momento querrían ser más rápidos, y también más sobrios.
Con éste no se podía ir al ataque, ni tampoco podían defenderse.
Por ello, todos dieron el salto hacia su muerte.
Kerish gruñó como un animal furioso, y se echó hacia ellos deteniéndose en seco, derrapando con un pie por el suelo boscoso en un deslizamiento que raspó la tierra.
Un tajo de izquierda a derecha cortó algunos dedos de manos que ya no asirán armas, y un flanco de la punta del sable abrió un vientre a medida que el arco del corte se ampliaba, aunque antes de poder recuperar el brazo para el tajo, alguien ya había disparado un arco.


[Continuará]
[ http://www.esnips.com/doc/e5dfb214-35ad-4ab6-813e-1ab7aa0bfa50/Incursión-de-Castigo---Tema-de-Kerish ]


Última edición por Kerish el Sáb Dic 27, 2008 5:33 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Los Devoradores de Carne. (Parte III)   Sáb Dic 27, 2008 5:15 pm

El duro tintineo de la malla de acero fue un jadeo, unido al gruñido de su poseedor notando la herida al ser atravesado el cuero y una anilla de metal, que podía haber detenido el proyectil y hacerlo rebotar desde una distancia larga, pero al ser relativamente corta, y la punta colándose oportunamente por el ojal del aro, su pectoral derecho acogió el ataque con un leve reguero carmesí.
Dejó la espada clavada al suelo y rompiendo el vástago y arrojándolo a un lado con desdén, miró en derredor, apenas unos segundos podían ser la muerte, tal era la fragilidad humana en la violencia del combate.
Y fue en ese momento cuando dos tipos más corrieron en su busca, para aprovechar su debilidad, la bestia había sido herida y tenían que darle muerte.
A Kerish no le dio tiempo a tomar la espada, pero su martillo desvió un hacha del contendiente que tenía a la izquierda, esquivando el garrotazo a la cabeza del otro que le seguía, y le golpeó en los dientes con un revés al que portaba un arma que valía para algo más que cortar leña en una batalla.
Acto seguido, se giró cuando otro proyectil pasó cerca de su oreja derecha, el del garrote se desequilibró sin encontrar su objetivo y su arma dio contra el suelo entre los gritos y los balbuceos incoherentes que poblaban el ambiente, y el martillo del bárbaro le reventó la ceja derecha con un ataque descendente, el acero chocó contra el hueso, astillándolo sin piedad, y masa del interior de su cráneo brotó por el aire y se confundió con la sangre y el ojo que había quedado aplastado.
Pero el guerrero nativo de las estepas de Griskald, en la oscura Kymirnn (significaba Tierras de la Noche) no podía detenerse a buscar al arquero, pues la furia le empujaba a continuar asesinando.
Hasta que pudiera controlar el pronto, apenas podía pensar, todo era el mecánico y sistemático sistema de supervivencia: Mata o Muere.
Nuevamente, el arquero falló por poco su siguiente proyectil y su flecha se perdió entre los cadáveres que habían quedado atrás del bárbaro, que tomó su espada bastarda por las sobreguardas laterales, y con un grito guerrero, saltó por encima de un garrotazo a sus rodillas.
Pasando de él, otro de los hombres que levantaba su hocino frente a su mirada ardiente y oscura, sufrió en la cabeza el impacto de una bota cuya pierna (la diestra) se deslizó por el aire pataleando al caer cuando el gancho plano de cortar trigo buscaba un ojo en el que clavarse, y había encontrado aire.
Al tomar Kerish suelo, agachado sobre una rodilla, ya había deslizado la espada, que encontró de una estocada el pulmón derecho del arquero atravesándole desde la parte inferior del pectoral derecho, y dando el perfil diestro al de la hoz, que se levantaba con un quejido, alzó la espada y la abatió contra su occipucio sin siquiera mirarle, con tal superioridad que no le importó que la sangre le salpicase.
Si fue por casualidad o porque la furia le conducía hasta él, nadie sabría decirlo, pero aquello era más tiempo de vida, el necesario para llevarse más muertos en el recuento.
Sin embargo, no pudo detener del todo una espada que venía por su derecha usando el martillo en la zurda, anteponiéndolo con un desplazamiento lateral...
Y pese a que el sable se quebró contra la masa de su contundente arma, el corte hacia el brazo derecho dejó la marca de su filo en el cuero y rebotó contra la malla de metal, pues aunque no llegó a morder carne, el dolor se sentía de todas formas aunque sin pérdida de sangre.
Pero, la furia, haciéndole avanzar sin protegerse demasiado, no le hizo percibir del todo a alguien que había quedado atrás buscando aún una brecha para atacarle.
Así, Kerish sintió el golpe del garrote del tipo de antes contra su espalda, y más hombres se acercaban, armados y aullando como locos desquiciados. En el ínterin, se giró hacia el del garrote desde la izquierda, con la espada rajándole la cara y llevándose en el camino con el martillo la nariz, parte del pómulo derecho, y algunos dientes.
Dos más le vinieron desde detrás con su armas queriendo cortarle la cintura por ambos flancos, usando sus sables.
Un ataque así despedazaría a un hombre contemplativo o a un novato, mas el norteño se deslizó tumbado y resbalando por el suelo boscoso hacia el flanco izquierdo del adversario que tenía a siniestra, con la espada hacia el lado derecho, volcada, protegiéndole.
Un triunfo, de no ser porque desde detrás, alguien se le agarró al cuello y trató de someterlo.
Kerish cedió ante el filo de un cuchillo que buscaba su cuello, quedando agachado sobre una rodilla, forcejeando. Los otros dos se acercaron confiados dispuestos a ensartarle... hasta que rodeó la cabeza del devorador de carne que tenía a la espalda con el brazo izquierdo, y lo arrojó contra los otros dos con tal fuerza, volcando la cadera, que los hizo tropezar y caer.
El salvaje guerrero quedó desprotegido ese momento, lo justo para que se abatiesen sobre él unas lazadas, que le tomaron por los brazos como si fuera un ternero robado en el campo.
Otra lazada más se le echó la pierna izquierda, y tenía apenas unos segundos para retrasar su fin e improvisar una manera de salvar el culo.
Aún pudo dar un tajo sobre la cuerda en su pierna, debilitándola, no lo suficiente como para cortar el grueso cordón, pero el corte casi la cercenó como la hoz al trigo, y por ello, el tirón por parte de su dueño hizo que se desgajase con un crujido trapero.
Con un rugido de salvaje furor, la rabia de la oscuridad, la furia, la roja niebla sobre sus ojos poseyó su cuerpo con un espasmo ardiente que le liberó del dolor, y arrastró consigo al que tiraba con la cuerda de su brazo derecho, mientras que el otro, ayudado por un compañero que le asistía, le soportó el sobrenatural esfuerzo.
Entonces, Kerish se dejó llevar por el tirón, ayudándose de su propio salto cruzó la distancia como un león de los glaciares, y su rugido hizo eco en el bosque, su espada trazó un surco que reflejó la claridad azulada de la luna sobre el campamento, y le abrió la cabeza desde la frente hasta la cuenca del ojo derecho al primero que le aprisionaba, así el segundo retomaba su venablo, pero era tarde.
Tener atrapado a un Cymyr es como tener atrapada a tu muerte, y por eso, el guerrero del norte detuvo el golpe a dos manos que le propinaba su adversario anteponiendo un filo contra el mástil, empuñando la punta del arma hacia la izquierda en la siniestra.
Acto seguido, tras el rebote, el bárbaro dio un giro como una pantera esquivando una lanza hacia el interior, empalando al “devorador de carne” dándole la espalda con la superioridad de quien ha nacido en el campo de batalla.
Tan pronto desclavó su sable, dio un medio giro sobre el pie derecho, y de un tajo lateral le cortó la cabeza, dejándosela colgando de un pedazo de piel que se desgajó con un chorreón bermejo y cálido.
Y allí estaba el que parecía el héroe de aquellas hordas, caminando como una lenta sombra que engullía luces y voces con cada paso...


[Continuará]


[http://www.esnips.com/doc/971d1a10-0e54-4a91-a2a9-a5be151573de/Filo-del-Martillo---Tema-de-Kerish]


Última edición por Kerish el Sáb Ene 03, 2009 3:24 pm, editado 1 vez
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Kerish

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MensajeTema: Los Devoradores de Carne. (Parte IV)   Sáb Dic 27, 2008 5:50 pm


Aquél tipo enorme con un hacha grande de leñador se abatió hacia el guerrero salvaje con su arma, cortando el aire con un sordo silbido.
Su filo inmisericorde fue hasta la cabeza del bárbaro, y éste, anteponiendo la espada al mango del arma enemiga, apenas pudo detener el golpe por sorpresa, casi clavándose su propia hoja contra el pecho, y descargó en respuesta un martillazo en las costillas del tipo de gran talla por el costado derecho, ensordeciendo con su impacto la escena tras el combate, llena de gente que no tenía por qué estar allí presa de sus captores.
La pelliza de animal sobre los hombros de aquél gigante le recordó un poco a los guerreros sus tierras, por ello, sabía que la colosal fuerza y la destructiva arma que portaba el otro podían cortarle por la mitad.
Dos hachazos más cortaron el aire desde arriba y la izquierda, aunque el martillazo parecía apenas haber tocado a la mole que intentó flanquear al bárbaro por la derecha, él esquivó al grandullón de las pieles por poco, la vara le golpeó en el hombro izquierdo, desproveyéndole del martillo, pero aún pudo anteponer la hoja del sable bajo la del hacha de dos manos ante el siguiente ataque, bloqueando su robusta madera.
El intruso vengador sabía que un golpe con su martillo tendría que haber tumbado incluso a alguien tan fuerte, y no parecía el caso. Es más, se había arriesgado a la loca incursión sin conocer aquello a lo que se enfrentaba, pero no tenía tiempo de retorcerse el cerebro en pensamientos inútiles ante una acción inminente ni de andarse con sutilezas estratégicas; estaba demasiado ocupado luchando contra el enemigo como para esas frusilerías.
Los dos hombres pugnaron como bestias con rugidos, la espada soportaba horizontal contra el filo del hacha en vertical, y resolviendo la situación, Kerish pateó entonces la vara del arma de su contrincante con la pierna derecha, casi dándole la espalda a su enemigo, pero fue porque usó su fuerza con éxito desequilibrando al gigante, que fue desarmado pues en ese momento seguía manteniendo el bloqueo hasta el último segundo.
La mole fornida que le superaba por dos cabezas gritó algo en su lengua aguda a ratos y de tono gangoso, el bárbaro poseído por la furia empuñó la espada con ambas manos y tensó los músculos de su torso con un grito de burla guerra.
—¡Gritas como una nena!—.
El primer mandoble del bárbaro, de derecha a izquierda, le sajó el pecho desnudo al gigante por la zona inferior llevándose el brazo de ese lado con una explosión de sangre desde el miembro amputado.
El grito de dolor se elevó hasta el cielo desde la garganta del hachero barbudo, y Kerish, cual autómata, cortó desde el lado contrario esta vez sin detenerse, arrebatándole a su cuerpo el brazo izquierdo...
Hasta que con un salvaje tercer corte, el filo de su espada se abrió paso a través del cuello del enloquecido guerrero de las pieles, con un golpe a dos manos desde la izquierda que lo decapitó en el acto.
Cuando el cuerpo cayó con un sordo impacto contra el suelo, miró de reojo la expresión en la testa amputada por el cuello y gruñó con humor negro:
—Yo soy el corte por encima de la media. Tú sólo eres el corte—.
Tan pronto vio que algunos de aquellos chacales aún empuñaban las armas, advirtió que eran asustadizos como zorros, pero confiaron en sus posibilidades. Kerish también.
El primero que vino secundado por uno a su izquierda pretendió una puñalada con su espada, pero el bárbaro giró en retroceso sobre el pie derecho esquivando la estocada, y la punta de su espada y parte del filo ascendieron en el mismo segundo desde la baja diagonal derecha, abriéndole el cráneo a su contrincante y desparramando el ojo cortado por el aire.
El que seguía, fue más inteligente al acertar con un corte de derecha a izquierda que podría haber destripado al bárbaro de no ser porque éste detuvo el filo contrario con su arma, empleando las dos manos, y cuerpo a cuerpo con él, embistió con su hombro derecho y accionó los brazos como un resorte de hierro, ensartándole el cuerpo entre las costillas.
Con un manotazo en el rostro, apartó al loco de la espada desenfundando su sable desde las entrañas que había destrozado y acto seguido, tres guerreros enemigos ya estaban ahí buscándole el de más a la izquierda el rostro con un tajo desde las alturas.
Aprestándose a bloquear el golpe, el bárbaro aprovechó el rebote del metal chispeante y se internó en la guardia del “devorador de carne”, tomándole la muñeca derecha (la mano armada) con la izquierda, y con un tajo sobre la articulación, le cortó el brazo.
La sangre salpicó en incontables gotas, Kerish le empujó contra otros dos que fallaban sus tajos de hacha porque se habían encontrado con su propio compañero obstaculizándoles, y avanzando con un deslizamiento, casi un salto, el guerrero salvaje dio un gran mandoble desde la izquierda que reventó un occipucio, cortó la nariz y un pómulo a uno de los que llevaban hacha, y al otro, justo a su derecha, por poco no le había sacado un ojo.
En la confusión del combate, avanzó hacia ellos pivotando sobre el cuerpo del muerto que caía con la parte trasera del cráneo destrozada, cogió por la pechera de la túnica de tela marrón al que se echaba una mano a la cara y le golpeó con la guarnición y los gavilanes en el rostro, así se volvía hacia la derecha arrojando al enemigo contra su compañero, y Kerish saltó con un tajo a dos manos desde las alturas que les partió la cabeza a ambos.
Otro tajo de espada le buscó el pecho pero, retirándose con un salto hacia la izquierda a medida que sus pies jugaban con la distancia, la hoja de su espada remontó la de su contrario, que no le tocó, y la del norteño se estrelló con la punta contra la garganta de uno de los pocos que quedaban para plantarle cara.
Los dos “devoradores de carne” restantes se abalanzaron sobre él como lobos hambrientos, pero antes de que pudieran continuar su grito y descargar sus garrotes sobre su presa, el bárbaro giró la espada en la diestra con una destreza admirable para algunos, cambiando la manera de empuñarla, hacia abajo, para cortarle el cuello al que le venía por la izquierda.
El arma se deslizó en el mismo movimiento hacia la derecha con un revés ciego que ejecutó sin mirar, sajándole la garganta en el aire al que restaba, que cayó por el suelo con un gargareo sangriento.
Sin volver a moverse reposó el brazo de la espada con la punta en alto, manteniéndola empuñada a la inversa, y las rojas gotas de vida carmesí terminaron de teñir la hoja contra los destellos del fuego ambarino.
Dispersos, con mucho tres hombres le observaban dejando caer las armas pensando que se enfrentaban a un dios cuando tenían delante a un hombre, más aún cuando Kerish trinchó la cabeza del jefe, tomándola por la mano de las greñas desiguales, y la mostraba con una expresión adusta.
Sangrienta y aún tibia, los ojos del héroe muerto seguían mirando a los tipos que antes le habían servido. Quizá por un sentido primal sobre quién es el más fuerte, o por temor ancestral, olvidaron la idea de retomar las armas y huyeron lejos.
Los esclavos, a su vez, también temieron la figura del sombrío salvador.
Mutilados, empequeñecidos por el miedo, y desnutridos, se alejaron de él cuando se acercó a la barraca.
Cortó las cuerdas que ceñían las puertas del corralillo en el que los trataban como a ganado, y las abrió de una patada. Hasta que él no se apartó lo suficiente, no se atrevieron a salir, dubitativos, temblorosos, pero al final, les vio pasar hacia la libertad.
Le miraron con algo parecido al júbilo en sus ojos, pero también con temor. Puede que hayan visto algo oscuro en él, o simplemente, aún estaban asustados y no asumían que eran libres de verdad.
De todos modos, se alejaron de él con miedo ardiendo gélidamente en los ojos al ver su espada sangrienta, incluso los niños lloraron al contemplar su silueta sombría, y todos acabaron partiendo hacia el camino por el que él vino.
No habría estado de más una palmadita en el hombro, un “gracias”..., pero Kerish no buscaba recompensas, ni agradecimiento. Simplemente, cuando se quedó solo, se dejó caer sobre una rodilla, se extrajo el trozo de flecha por el astillado vástago que aún tenía clavado, y las heridas le pesaron.
Pronto, el eco de las voces de los que estaban a salvo remitió, aquel calor violento abandonó sus músculos cansados y los locos latidos de su corazón se fueron relajando con el murmullo susurrante del viento.
Clavó su espada en el suelo apoyándose en ella con una mano, abandonado entre los brazos de la muerte, la sangre y la noche, como una criatura de la oscuridad más...
Porque, aunque ninguno lo había mencionado, todos vieron en él algo oscuro y peligroso, ya que sólo un monstruo más terrible podía haber acabado con los monstruos que los habían torturado y sacrificado.
Empero, Kerish no era el salvador ideal ni el caballero andante, ni el bardo amoroso. Era un hombre de los de antes, nacido en un campo de batalla, un veterano de muchas guerras con heridas en el alma que no cicatrizaban, aquella demostración de crueldad contra sus enemigos no podía ser sino coraje.
¿Quién podía entenderlo así?
No por gusto, era una víctima de un mundo despiadado por el que le pareció la pena luchar, hasta que recibió una patada en los cojones.
Y ahí estaba, quitándose la armadura, rodeado de cadáveres mientras la gran hacha en el campamento estaba dispuesta con la piel de animal del campeón de los “devoradores de carne” como si fuera un tótem.
Se vendó las heridas como pudo, no había nadie que le impidiera respirar, tan sólo el dolor, y era efímero comparado con el abandono que sentía, allí tirado en medio de la nada tras haber sido un héroe por accidente, un letal hallazgo de supervivencia.
Una voz, como si fuera un mensaje divino, o un espectro torturándole, acudió a su mente.
Llevas la guerra en la sangre, y nunca estarás en paz contigo mismo hasta que aceptes lo que eres. Nadie te ha convertido en esto, porque es parte de ti”.
De nuevo, volvió a sentirse más solo que nunca en un mundo tan frío, donde se le consideraba un asesino brutal y sangriento, porque no tenía más huevos que serlo.


[Fin de la batalla]


[http://www.esnips.com/doc/c743a4d3-0e51-44c9-95aa-dda643b010f3/Sólo-quedará-uno---Tema-de-Kerish]
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