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 Llegó desde el norte.

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Dharr

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Fecha de inscripción : 31/08/2008

MensajeTema: Llegó desde el norte.   Vie Ene 30, 2009 3:12 pm

Dharr desmontó de la bestia negra, un enorme tigre de ojos dorados con los colmillos tan largos como sables. Fijó la mirada en la bestia, y asintió bajo la capucha negra.
El animal profirió un gutural ronroneo y se retiró hacia la tiniebla espesa entre las frías arboledas.
El encapuchado giró la cabeza un momento hacia la oscuridad en la que desapareció su montura para ocultarse, y devolvió la vista al frente, encaminándose hacia la ciudad norteña, con el paso lánguido pero inexorable de las sombras sobre un sepulcro.
Sus ojos bajo la capucha azulearon un instante en encendido índigo cuando una jauría envalentonada creía encontrar en él un posible almuerzo.
—Aún no es hora de desayunar, amiguitos—sonrió, dejando atrás la manada de lobos grises.
Se detuvo junto a una arboleda umbría y viró el rostro, escrutando los órganos de la boscosidad que formaban una suerte de círculo. Intuyó algo, pero pasó de largo también, compactando la nieve bajo las pisadas de sus botas negras.
—Lo sabes. Sabes que ha habido druidas ahí. Sientes su poder.
—Siento no poder despegarme de ti.
Un "roedor" de vida nocturna aleteó por encima del caminante oscuro, con el agudo y poco perceptible pero característico chillido del murciélago. Las ondas de su propio sonar rebotaban contra los árboles, y el quiróptero varió su ruta, rodeando la sombría silueta en amplios círculos. En pocos segundos, se le unió un murciélago más.
—El Guardián de la Puerta ya te lo dijo, tienes capacidades poco comunes en los tuyos. Las bestias, la niebla, el viento. ¿Por qué sigues siendo tan cabezota?
—Únicamente rechazo la impureza de esta sangre. Ojalá nunca lo hubiese sabido.
—Sólo te rechazas a ti mismo y la grandeza de tu linaje. Perdiste el tiempo con eso de la piratería, perdiste a tu hermano, a tu amigo, y a ese pobre niño que te adoraba como a un héroe. Jijijijiji...
—¡A callar!
—¿O qué?
—...O te devolveré a aquella fría tumba.
La voz femenina regaló un silencio precioso en el que el caminante pudo apreciar algún suave crujido, los roedores corriendo hacia sus madrigueras, una ardilla pequeña y gris saltando entre las ramas, y el encapuchado miró hacia el cielo.
Los murciélagos aún estaban allí recortándose contra la luna y las estrellas, dando vueltas con su vuelo, y ahora eran algunos más, a medida que su número iba aumentando sobre la presencia que los congregaba sin quererlo.
Molesto por aquello, quiso quitarse de encima (nunca mejor dicho) la bandada negra compuesta de alas y al menos cincuenta pares de ojillos rojos y brillantes.
—Quiero alejarlos, Buscaruinas.
Su orden no recibió réplica verbal alguna.
—¿Buscaruinas?
La voz no le contestaba. Entonces, sonrió a medias y bajó un instante la mirada.
Boqueó, separando los labios, exhalando un suspiro... y tras un rato, como absorto en la solución de un problema, las pequeñas bestias aladas y negras se alejaron rompiendo los círculos perfectos que describían en vuelo a varios metros de altura sobre el claro del bosque.
—Estos años de estudio me han valido de algo, pero si llegado el momento no me sirves para dominar mis habilidades como ahora, consideraré que todo el tiempo has sido inútil.
—¿Inútil? ¿Yo? ¡Ah!, ¿pero tú sabes con quién estás hablando, chico?
—Sí, pero seguro que vas a repetírmelo.
—¡Y tanto! En vida fui una hechicera poderosa, de un gran linaje demoníaco. ¡Compartimos líneas de sangre! ¡Y además, pude ascender a la deidad! ¿Entiendes? ¡SOY-UNA-DIOSA!
—Una diosa que en lugar de meter la cabeza en el panteón maligno, metió la pata.
Dharr continuó caminando, riéndose entre dientes.
—¿Sabes? Tu papá metió algo más que la pata con tu mamá. Y por eso, naciste tú: un sucio mestizo que es odiado por unos y temido por otros, y jamás podrás ser como los demás. ¡Y me necesitas!
Entonces él sintió la furia fluir por sus puños enguantados en metal negro y dio un golpe a un bulto sobre su hombro izquierdo, con un tañido metálico.
—Sólo necesito las propiedades de la espada, pérfida deslenguada... ¡por mí tú podrías estar pudriéndote en aquella cueva asquerosa, en el Abismo, o en la Niebla Tenebrosa!
—Veeengo de allí. Oh, vamos, no te dije todo eso en serio. Somos camaradas, ¿no? Tú les partes los huesos y yo me alimento con el poder de su sangre deshaciendo sus almas en un lamento. Los dos nos alimentamos de la muerte y el sufrimiento. ¡Somos la pareja perfecta!
—Que el fuego negro de Sar me consuma. ¡Empiezo a estar realmente harto de ti!
Dharr continuó su periplo hacia la ciudad, mientras la voz canturreaba algo por el camino, con tono suave. Una canción sobre dos amantes separados por la inmensidad de una distancia, que de poder acortarse, jamás uniría sus vidas.
Una vez terminó la canción, hubo silencio nuevamente, hasta que la voz de mujer lo rompió con protesta.
—Oye, se supone que deberías aplaudirme.
—Lo mío no son los romances...
—¡Igualito que su padre! Oh, está bien. ¿Quiere el señor que le cante algo más melancólico y que no vaya de chicas?
—Bueno, una canción así para alejar la noche sería lo suyo. No haces más que cantar cosas de amoríos como si realmente hiciera falta. ¿Tan tocada te dejó él?
—¿Qué quieres? Una tiene necesidades... y sus sentimientos.
—Eres una espada.
—¡Una diosa! ¡Una pedazo de mujer encerrada en una espada! ¡Cretino desvergonzado! ¿Por quién me tomas? ¡Yo dominé...!
—Canta, pedazo de diosa...
—¡Claro! Esta te va a encantar—rió con orgullo aquella voz que no parecía proceder de ninguna parte, interrumpiéndose acerca de sus glorias pasadas en los días de la temprana humanidad dominada por los diabólicos seres que poblaron las tierras, antes del caer de la gran estrella, antes de que el segundo sol se apagara y fuera una luna muerta y a la deriva.
Las pisadas del oscuro caminante dejaban constancia de su peso en la fría tierra escarchada del bosque.
Mientras caminaba, el gran bulto a su espalda emitió un cliqueteo contra las hebillas y arneses de cuero que sostenían el objeto envuelto en lona, que de largo, daba contra la parte trasera de su muslo derecho bajo el capote.

Recomponer los renglones torcidos
Es imposible, muy a tu pesar.
Acuérdate de lo que ahora te digo

Y al infierno en mi lugar irás.
Reconocerlo no es divertido,

Pero sin duda nos puede ayudar.
Voy a proyectar con serenidad
Mi sombra en tu miedo para escapar.
Así avanzaba Dharr hacia los cada vez menos lejanos muros, escuchó la canción que con timbre algo ronco y profundo, y no por ello menos bella, la voz tarareaba para él. Sonrió asimilando la letra y una de sus muchas lecturas y miró casi con complacencia por encima de su hombro izquierdo.

Fe, Sol, quebranto...
En ti me quiero ahogar...
Fe, Sol brillando, todo es cuestión de azar.

Aún nos queda mucho que hacer, no todo está perdido.
Ayúdame si me ves suspendido en lo peor... te buscaré,
Donde estés, antes de que ya no vuelva a ser yo.


Si piensas cumplir con lo prometido,
haz uso de toda tu libertad
Para superar lo que nos han prohibido,
Manda tu espanto al fondo del mar.

Somos del aire y del tiempo cautivos,
Esperma negro que ha de conquistar
Su espacio en el mundo de los elegidos...

—Vaya, ¿satisfecho?—, interrumpió su canto, —Ya estamos en esa fría ciudad norteña que querías visitar con tanto anhelo.
—No es para menos, me dijeron que él había venido aquí. Encontraré su pista y la seguiré hasta dar con él.
—Ya, pero mira: casas de tejados hasta el suelo y paredes pequeñas pero largas. Hierba húmeda y charcos de barro donde debería haber tierra con cráneos formando una carretera para nosotros. Frío. ¡Es peor que una granja en el quinto infierno! ¿No habrías preferido ir a alguna parte de clima más templado? Allí la sangre es mejor...
—Quedan aún cuatro horas para el amanecer, ¿verdad?
—Ni caso..., sí, queda ese tiempo. ¡Podríamos ir a una taberna y buscar alguna buena pelea! ¡Eso me saciaría y a ti te pondría de buen humor!
—Creo que se te ha quedado parte de él cuando te arrojó a la Niebla Tenebrosa y eso te ha trastornado.
—¡Jijijijiji!
—Pero es buena idea. Buscaremos una taberna... en la que tomar algo y pagar por una habitación.
—Mira, chico, te estás volviendo muuuy aburrido. Tu padre era...
—Ya vale.
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