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 Un viento frío.

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Kerish

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Fecha de inscripción : 28/01/2008

MensajeTema: Un viento frío.   Vie Mar 27, 2009 5:40 pm

Le había tomado al menos dos días, curándose y yendo a buen paso, dejar atrás los bosques y los pastos del distrito oriental del reino de Dhargen.
Empero, había llegado, y allí estaba, en una habitación, recordando algunos hechos del día de hoy.
Cuando estaba abrevando al caballo y él bebía a su lado de la corriente que venía contra el belfo equino y la mano humana, vio que no quedaba nada lejos el núcleo urbano al que había partido decidido.
Por un momento recordó lo sucedido con anterioridad aquella noche y el escaso y claro vello de sus brazos se erizó irreprimiblemente, pero el niño yacía en una tumba de tierra y hierba y su espíritu estaba vengado.
Eso había quedado atrás, y aunque el joven bárbaro contaba con la cualidad y beneficio de la autosuficiencia, no poseía los dones de sanadores expertos en remedios, así que en la ciudad, lo primero que buscaría sería una casa de curas.
Una vez a las puertas, alguien que vestía a la usanza oriental de los reinos que había visitado muy anteriormente de su llegada a Dhargen se había adelantado a su paso por las puertas.
Podía haberse sentido molesto por esa conducta, pero sus heridas le recordaron que la prisa no era un lujo que permitirse si se reabrían.
No recordaba si tenía tres o cuatro heridas realmente, pero a cambio de ellas, tampoco recordaba si el coste había sido de cincuenta hombres o más. Recordó que alguien pudo escapar dejando caer su arma en señal de rendición, y sonrió mostrando los dientes.
Cobarde”.
Él nunca se había rendido, y no se hubiera rendido... pero él poseía lo que en estos tiempos había desaparecido, la esencia indómita que los humanos habían perdido, su fuerza y su coraje, tan poco existentes como vírgenes antes del matrimonio según su experiencia con algunas beatillas que tras la puerta de la alcoba le habían ofrecido el tesoro del cofre entre los muslos.
Pero pensar en sexo era impensable, hacía mucho que no pagaba por una mujer y no tenía interés en conocer chicas siempre que iba a alguna taberna. No conocía las intrigas de palabras que desembocaban en lechos una noche de lujuria ni tampoco las formas de la seducción con palabras, gestos o en lenguaje de la ropa.
Era un bárbaro, un hombre ajeno a todo ese microclima que se había convertido en cultura y arte amatoria, él luchaba como amaba, y el sabor del licor, ardiente y delicioso, era la sensación sedienta que dejaba en él una noche de deseo. Pero él no se contentaba con una, sino varias.
Como fuera, no buscaba un polvo fácil tras el viaje, no quería catar el “género” local, era un salvaje guerrero con su código, muy moral, y justo.
Cumpliría su misión personal tras curarse mejor las heridas, y se largaría.
Cuando pensaba en todo eso, un joven de ojos verdosos y cabello rubio ondulado se le había aparecido en la puerta, acorazado en cuero marrón, llevaba una camisa verdosa bajo la capa de campaña terrosa, y ceñía espada al cinto, sobre cual pomo, una mano enguantada al igual que la otra permanecía posada con cautela.
Dhargen vivía tiempos turbulentos, y desde luego, los militares y los soldados personales de cada casa o sección del reino estaban crispadísimos ante la menor sospecha. Fue tal cosa la que causó el cese de su entrada a la ciudad.
—Alto. ¿Qué asunto os trae a Dhargen Oriental?—le dijo el muchacho, que sobrepasaría en muy poco la veintena, pero tan capaz de matar ahora como Kerish siendo tan joven la primera vez que lo hizo.
—Vengo... a cobijarme tras los muros—respondió el taimado norteño.
—Como todo el mundo, supongo. Ya está anocheciendo, y sin duda será mejor que entréis—.
Un segundo hombre, un soldado con su casco de nasal y su lanza, se sumó a la conversación.
—Capitán, éste va muy armado y va solo. ¿En realidad cree que quiere cobijarse o será uno de “ellos”?—.
—¿Ellos? ¿Quiénes?—les preguntó Kerish, intrigado.
El guardia veía lo mismo que el joven rubio, un cuerpo curtido y duro, pero de gracia animal, el de alguien que había vivido en los yermos gracias a su fuerza y el poder de sus armas. Podía traerles problemas, ser algún asesino o mercenario contratado para atentar contra ellos... o no.
Como fuera, el muchacho le habló con toda la educación mientras Kerish descabalgaba, pues parlamentar sobre un corcel era común entre las tribus de su gente, pero había aprendido que algunos civilizados lo tomaban como altanería y falta de respeto.
A él le daba igual, pero no quería líos, así que ya desmontado, gruñó por la herida de flecha bajo su malla de anillas y el cuero, y se giró hacia el que parecía el comandante de puesto, el capitán rubio de ojos verdosos, que a su vez, le comentó la situación.
—Por las noches, desconocidos salvajes y brutales han masacrado y secuestrado personas. Las víctimas que hemos encontrado han sido testigos de su crueldad. No sabemos de dónde ni cómo han venido, pero nada es seguro ni para nuestros campesinos ni para otros que viven lejos de las murallas, y por eso nos andamos con tanto cuidado. Vos podríais ser uno de ellos y buscar un punto débil en nuestras defensas para marcar un ataque—.
El bárbaro entrecerró los ojos y se echó una mano al cinturón, mirando al tipo, mientras que los demás soldados, recelosos, estaban a punto de saltar sobre él al mínimo movimiento raro. Kerish era consciente, pero no era la primera vez en sus 25 años que se encontraba así.
—Capitán, quisiera preguntarte algo—dijo, solicitándole atención sobre una cuestión, a lo que el interpelado asintió, y el bárbaro continuó.
—Esos sucesos... las víctimas, ¿presentan algún signo?—.
—¿A qué te refieres, extranjero?—.
—A que les arrancan pedazos de piel—.
El capitán apretó la frente, inspirando por la nariz con el corazón acelerado, y dirigió una mirada tranquilizadora a sus hombres, para que destensaran los nervios y no echaran mano de las armas.
—No exactamente un signo pero es lo que hacen... mas tenemos razones para creer que eso no es algo perpetrado por seres humanos. ¿Qué sabéis vos de eso?—susurró el joven capitán.
—Que eran tan humanos que morían sangrando—medio sonrió el Cymyr, extrayendo algo envuelto de las alforjas de su caballo que le echó al capitán, quien desenvolviendo el objeto del trapo sucio y viejo, abrió los ojos hasta los topes de sus párpados como si contemplase algo inaudito.
Un cuenco de madera, con unas hierbas maltratadas hace días por el calor de alguna fogata u otro tratamiento. Volviéndolo a envolver, el joven miró al otro, no tan distante en edad, habiendo reconocido las plantas.
—¿¡Donde...¡?—empezó a decir, pero Kerish le cortó.
—En los bosques hace un par de días. Tenían retenidos muchos rehenes, entre los cuales, se encontraban niños y mujeres que parecían tratados como a las víctimas que dices. Esto también ha pasado en Dhargen Occidental—.
—¡Allí también ha llegado!—jadeó el capitán, echándose una mano enguantada a la frente, —Decidme, ¿cómo habéis sobrevivido?—.
El bárbaro entrecerró los ojos con una mirada turbia y el rostro inexpresivo. Luego boqueó suavemente, y su voz llenó el aire entre el rubio y él como un lejano trueno.
—Ellos no sobrevivieron a mí—.
Como alarmado, el joven de la melena dorada, por los hombros y con la raya algo hacia la izquierda, montó en su corcel, el cual le trajeron a una orden, y miró al extranjero.
—Me llamo Annaryon. Montad y seguidme...—.
—Kerish—dijo el mismo, y subió a su caballo, echando los dos a cabalgar hasta la zona alta de la ciudad, donde se erigía una gran mansión.

[Continuará...]
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