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 El nigromante y la Diosa

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Raznac Raasef



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Fecha de inscripción : 30/01/2010

MensajeTema: El nigromante y la Diosa   Miér Ago 24, 2011 9:22 am

Parte I
Instinto animal




Irasfel = Normal
Sorsha/Sazkia = Oliva




El amanecer se encontraba próximo ya. Esas últimas horas de oscuridad, ahora las cuales estaban arañando al día eran el velo que cubría un tranquilo y solitario carruaje. El carruaje, de gran tamaño, y pesado, se dirigía por un camino algo alejado de la jungla, pero todavía cerca de los árboles siguiendo lo que era una ruta comercial. Ruta que intentaba evitar el adentrarse en el interior de esa jungla, e incluso llegando a rodearla por completo, pese a que fuese una ruta mucho más larga.
El carruaje, pesado, iba tirado por cuatro caballos, los cuales iban ya agotados y eso hace que no habían descansado hace mucho, y es que el carro que iban tirando estaba blindado, llevaba refuerzos de metal en las puertas, y ruedas, para poder aguantar asaltos, y también para poder resistir varios golpes.

Custodiado por cuatro jinetes y otros soldados que iban a pie, se encargaban del custodio del interior del carruaje. Venía de tierras inglorianas, seguramente del mismo norte, de esos vastos páramos donde los grandes escorpiones y las serpientes hacían de su reino. Allá donde en tiempos remotos existió una civilización, ya perdida y cubierta por el inexorablemente paso de los segundos, y el manto mismo de los siglos.

El cochero del carruaje miraba hacia el frente. A ambos lados del carruaje dos especies de lámparas de aceite, se encargaban de iluminar un poco a los lados del carruaje. Lo suficiente para que pudiesen ver, pero para que el carruaje no llamase demasiado la atención. Los guardias mantenían una especie de vigilia.... en tensión.... Nerviosos desde que empezaron a rodear esa jungla, con una extraña sensación que los envolvía.

Si ya de por si el aire parecía cargado esa noche, no es que precisamente les acompañe a buena fortuna.
Desde que salieron, su viaje ha estado marcado por unos sucesos extraños... Sonidos, gemidos en la lejanía, animales que parecían volverse locos. Nadie conocía cual era la carga. Pergaminos y orbes, decían unos. Armas antiguas.... otros.... Pero una pequeña figura, que se encontraba en el interior del carruaje, cerrado a cal y canto por sus gruesas puertas era quien conocía la verdad. Una aterradora verdad que esperaba que no fuesen a desvelar. No ahí, no era el lugar, y no ahora, pues tampoco era el momento.

Era luna llena, pero esta había estado apareciendo y desapareciendo. Altas nubes oscuras iban cubriéndola para dejar que simplemente fuesen las luces de esos farolillos, los que iluminasen el camino.

De vez en cuando, los caballos se detenían, y se agitaban un poco, nerviosos. Pero el látigo y la insistencia del cochero hicieron que fuesen avanzando de nuevo y que su marcha, aunque tortuosa, siempre fuese constante.

Atrás quedaron las montañas.... atrás quedaron los refugios seguros, pues donde se encontraban, una gran llanura era lo que lo formaba todo. Salpicada por uno u otro árbol. Y es que todo ese terreno era así. O jungla.... o llanura.... pero no había término medio. Los soldados controlaban la jungla, pues esa noche estaba más silenciosa de lo habitual. Quizás el chillido de un mono lejano.... el gruñir de alguna bestia, era el único acompañamiento.
La hierba no era demasiado alta, apenas poco más de medio metro de altura.
Las mismas lluvias, que lamieron toda esa tierra hace meses, se habían encargado de hacer que ésta pudiese crecer sin ningún control. Ahora ésta, se agitaba lenta y perezosamente siguiendo el baile de los hados, siguiendo el baile de esa brisa que estaba corriendo, y que movía las hojas de los árboles aquí y allá.
La brisa de la noche, empezó a traer consigo, una densa niebla de las montañas, que empezó despacio a cubrirlo todo, como si fuese un fantasma.
Sin avisar de su llegada, pero haciéndose notar una vez que estaba ahí......

Las guedejas de niebla se enroscaron entorno a los muslos que se mantenían en tensión entre el follaje a la luz nocturna de la hermana luna, aquella que se mantenía en una mística paradoja lejos del alcance de la mano, tocada a distancia por las nubes que se ensortijaban en avances rápidos e intermitentes, o lentos y largos, haciéndola asomar a extensos o cortos lapsos de tiempo para centellear esporádicamente sobre la selvática hija tierra que se desplegaba violentamente bajo su mirada omnipresente.

Periódicamente los árboles zozobraban sacudiendo sus ramajes abrigados de follaje, creando el tintineo casi ilusorio de las hojas chocar entre sí y rozarse, arrastrando los aromas o los frutos hasta el terreno agreste que se desperdigaba por todas partes de forma incongruente, como sólo en una selva podía sucederse, y de ésta a las llanuras; aquellos extensos pastos de territorio virtualmente seguro, absurdamente creído el punto mas sano para el humano donde establecerse.

Sazkia, en cambio, aun empero el silencio envolvente, aquel que era roto ocasionalmente por un reclamo distante, no se encontraba en paz con la noche ni con el transcurso del tiempo que se arrastraba como un gordo perezoso hasta la cama zozobrando lacónicamente y trayendo a la joven y virtuosa esposa que aguarda en el lecho la incomodidad del escarnio por el destino al que se ha visto atada: El miedo.
Los muslos se plagaron de sombras fundiéndose con la oscuridad cuando las nubes reptaron ocultando la luna, y sólo entonces un escalofrío escaló por el cuerpo de ella, recibiendo el desagradable impulso de ondas de una energía terrible, algo que no se sentía con el olfato, ni se veía con los ojos o se palpaba con las manos.

Simplemente instinto.

Los animales, inquietos e inseguros, emitían sus proclamos a la noche cuando se atrevían a hacerlo, recibiendo silencio por respuesta, sonidos extraños e incongruentes.... el mundo salvaje temía algo que moraba en el bosque y propagaba la noticia como una flecha bañada en pestilencia en un espacio limpio de olores.
Rápidamente captada en todas partes.
Algo no estaba bien.... algo que se escapaba a la comprensión primitiva de ella, de modo que, haciendo gala de la energía de la madre tierra se nutrió a su tacto y se encrespó: El resto del bello corporal se encrespó, sus músculos en tensión.
Los tatuados emitieron un fulgor pulsátil de tono azulado blancuzco y aquellas pupilas en esos ojos ámbar se empequeñecieron sólo para agrandarse, invirtiéndose en un juego de párpados como los de un gato.
Siseó a la noche, reclamando, como toda bestia hacía.... explicaciones, pero ella, concebida por seres racionales, no permaneció retrasada ni huyó a su refugio; corrió como alma que lleva al diablo.... directa hacia aquella tenebrosa y turbulenta sensación que flotaba entre la niebla que iba espesándose.


La jungla misma no había estado ajena a esa presencia, ni siquiera a su mismo pasear.

Algunos animales salvajes en el corazón mismo de esa jungla parecieron ponerse nerviosos. Se mordían los unos a los otros.... saltaban hacia los árboles.... hasta que esa sensación pareció ser insoportable, al menos para ellos. Iniciaron una carrera, rápida y furibunda hacia el exterior de la jungla, siguiendo esa misma sensación. Incluso en algún que otro instante, pasaron cerca de la hembra salvaje que corría entre los arbustos. Ahora es como si no la ignorasen, como si hubiese algo que fuese mucho más importante y apremiante, o simplemente esa fuese una sensación capaz de guiar sus mismas vidas, y destino. Los animales pasaban al lado de ella como si fuesen más sombras de esa furibunda y cambiante noche.

La niebla, que se empezó a volver más densa, hizo que el carruaje se moviese algo más despacio, al necesitar el cochero vislumbrar el mismo camino. Un aullido lejano... o algo parecido a un aullido hizo que los guardias de atrás se pusiesen en alerta y sacasen sus armas. Unas especies de ballestas. Sus monturas, seguían caminando tras el carruaje de manera mecánica, aunque aumentando algo más incluso el ritmo.


Aspiró los aromas nocturnos recogiendo los olores de los caballos fatigados y el almizcle residual del mundo animal abierto brutalmente por el avance de un séquito de.... lo que fueran, probablemente humanos. Sus olores, empero, estaban opacados por aquella siniestra esencia que flotaba en el aire recogida desde el interior de lo que parecía una caja sobre ruedas andante que era tirada por los animales cuando ella se detuvo abruptamente de un salto sobre la elevada visibilidad de la rama de un árbol. En aquella aventajada posición se deslizó sinuosamente, con movimientos deliberadamente cortos, lentos, preventivos, tratando de no ser captada en ninguna de las formas posibles como puro hábito.

Las formas altamente coloridas de calor que se movían resollando de caballos y hombres estaban borrosamente iluminadas por el calor de los farolillos, conocedora del fuego móvil que los hombres llevaban consigo por miedo a los peligros de la noche. Vislumbró el calor de las criaturas, los animales avanzando a toda velocidad, enloquecidos por la fiebre inexplicable de aquella presencia maligna que los enervaba animándolos a la agresividad, a la supervivencia.

¿Humanos? ¿Qué clase de humanos podía inflingir tal daño a la noche que la niebla caía como culebras sobre la selva y la luna se escondía tras las nubes?


El carruaje seguía avanzando aunque su ritmo no era tan elevado como antes.
La niebla seguía lentamente densificándose. El fantasma mismo lo estaba envolviendo todo, de manera recelosa, orgullosa incluso haciendo que no se pudiese ver demasiado bien a más de un par de metros de distancia. Problema, que no era tal para aquellos animales que ahora entre los arbustos gruñían al notar ese aroma a quemado, a humo, y también al escuchar el sonido mismo de los animales. Quizás al cabo de algunos minutos aparecieron algunos más, y no a más tardar ya eran casi una docena los que estaban ahí escondidos, agazapados.
Uno, de pelaje rojizo como la sangre dio un paso y abandonó el refugio de los arbustos... Pero fue dar ese paso y lanzarse corriendo hacia el carruaje, carrera que fue imitada por el resto de los animales, que como aves de presa se lanzaron hacia aquellos que se encontraban perturbando la misma paz de la jungla.
El macho alfa de color rojizo apareció como una exhalación saliendo de entre la bruma, de entre la niebla, saltando con las zarpas por delante hacia uno de los caballos. Clavo sus garras en sus cuartos traseros haciendo así que éste se pusiese nervioso y se levantase a dos patas, tirando así al jinete, que perdió el arma que portaba.

Al caer al suelo, de esa manera aparatosa, otros dos más pequeños se abalanzaron a por él, dando buena cuenta de la piel que quedaba al descubierto por esa armadura con sus garras y dientes.


Los ojos de pupilas invertidas que refulgían en la oscuridad observaron inquietos aquella resolución animal convertirse en violenta hambre de sangre, carne, y en definitiva, de la muerte de aquellos que estaban perturbando la paz del hogar que ellos protegían con garras y dientes.

No participó de buen principio, vislumbrando no las formas que la niebla ocultaba sino la del calor que eran teas incandescentes de seres que atacaban o eran atacados, arrancándole a la noche el chasquido de los gruñidos y el graznido de la víctima previos instantes antes de su muerte cuando los colmillos se empezaron a hundir, buscando sesgar la vida, arrancar y desmenuzar. No por hambre, sino por ira. Cuando algo azuzaba a las bestias la forma de responder de éstas, evidentemente, no iba a ser acobardándose.
El alfa parecía ser aquel de pelaje rojizo, pero en lugar de lanzarse contra los hombres, cautamente, conocedora del fuego que abría la carne, serpenteó entre las ramas de los árboles y se descolgó hasta caer silenciosamente entre el graznido y gruñido colectivo del lugar.
Deslizó el cuchillo de hueso fuera de su espalda, entre la pelambre suelta y gateó hasta arrojar el arma contra uno de los farolillos que la cegaban cuyo aceite y fuego prendería todo a su contacto.



Ante el ataque de las bestias, el resto de guardias empezaron a actuar.
El cochero golpeó con fuerza las riendas para hacer que el carruaje empezase a moverse ahora con algo mas de rapidez, queriendo dejar atrás a esas bestias.
El guardia que se encontraba atrás apuntó hacia donde estaba su compañero, donde estaba siendo atacado por esas mismas bestias. Apuntó con la ballesta y disparo una certera flecha hacia una de ellas. No le importaba cual fuese.

La flecha impactó sobre el cuerpo de uno de los animales haciendo que este, herido, cayese al suelo de manera aparatosa y empezase a gruñir. Otro de estos, se lanzó hacia el que había caído para darle un mordisco en la flecha, quizás queriéndosela arrancar, denotando así algo de inteligencia, pero apenas sus fauces atraparon la flecha, esta emitió un brillo cegador durante algunos instantes y después explotó.
La explosión fue fuerte, e hizo que el resto de animales que estaba atacando al guardia, dejasen ese ataque para tomar una posición algo más defensiva.
- ¡Mantened la formación! Estúpidas bestias... Se creerán que pueden contra nosotros.- Dijo este primero mientras que cargaba otra flecha.

El carruaje, como prioridad, ya se estaba alejando. El certero ataque de la salvaje hizo que uno de los farolillos restallase, y que su aceite manchase la pared del carruaje.
No tardó demasiado en empezar a arder, dejando tras de sí un rastro de fuego, pues se iba desplazando, de esas gotas de aceite, que al contacto con el fuego empezaron a prender.


Apreció entonces la prudencia de sus actos, contemplando con fascinado horror la explosión de aquella flecha que, por regla general, no provocaba un efecto de esa magnitud; uno que la hizo retroceder en su escondite cerrando los ojos y volteando el rostro para no quedar cegada, sintiendo la furia vibrar dentro de ella como una mano gélida apretándole el pecho.
Captó el aroma de las bestias heridas y las muertas, también el del fuego cobrándose su precio, pero cuando se centró vio la estela de calor alejarse a toda velocidad entre la bruma y los árboles, provocando que las bestias se retractaran de su ataque el tiempo justo para que el caos se minimizase.

El miedo podía obrar a favor de esos humanos, a los que empezaba a temer en gran medida; primero fuego que come la carne y la abrasa, ahora que hace despedazar las cosas.

¿Qué artimañas eran esas?

Siseó entre dientes, iniciando la persecución al tiempo que recogía del suelo el cuchillo rodeado de pequeñas llamas de fuego que extinguió con un puñado de tierra, pisoteando o manoteando aleatoriamente con los que se iba encontrando, lo que la retrasaba. Fundiéndose en el follaje esgrimió el arma y se aventuró hasta adelantarse, descolgándose hasta caer de cuclillas en el suelo. Guardó el cuchillo, tomó un puñado de guijarros, apuntó.... y disparó a uno de aquellos hombres.



Los pumas, animales más pequeños tras separarse, empezaron a volver de nuevo al ataque. El carruaje había partido solo. El guardia que estaba en el suelo empezó a levantarse tras abrir los ojos, apoyándose sobre la hierba, la cual se estaba tiñendo de un ocre algo pastoso. Su misma sangre tenía un hedor particular.

- Estúpidas bestias....- Se llevó la mano enguantada hacia la cara para limpiarse algo de sangre que le estaba cayendo por la boca.

Tenía mordiscos en las piernas y costados, por donde estaba sangrando. Su misma armadura se estaba manchando por esa sangre. El caballo, el cual nervioso se había alejado, estaba dando algunos saltos y atacando a otro de esos pequeños pumas.

- Yargk!.. Fuego... Fuego!...- El cochero agarró las riendas de los caballos con una de sus manos para apartarse un poco por donde el carruaje estaba ardiendo. Su madera, gruesa, estaba cambiando de color.

El cochero agarró las riendas de los caballos con una de sus manos para apartarse un poco por donde el carruaje estaba ardiendo. Su madera, gruesa, estaba cambiando de color a un tono negruzco, pero sus placas metálicas le conferían una gran resistencia. El macho de pelaje rojizo se abalanzó sobre el guardia que se estaba intentando poner en pie. Le mordió en el cuello con sus grandes fauces y giró la cabeza hasta que se escuchó un fuerte crujido, el crack de su mismo cuello. Dejó caer el mismo cuerpo al suelo mientras que gruñía y miraba hacia el resto de guardas.

- Graaaawl!...- Gruñó con algo más de fuerza. Gruñido que resonó en la gran llanura. Pese a que el carruaje se había alejado, el fuego que estaba quemando una de las paredes del mismo, hacía que se viese desde la distancia.


Retrajo el brazo al ver que el pedrusco había pasado de largo en lugar de dar a su objetivo y gruñó soltando los guijarros para avanzar a gatas saltando a las ramas tras escalar a uno de los árboles, resollando al trasladarse de corteza a corteza, cediendo apenas al impulso de comportarse irracionalmente contra una amenaza visualmente superior, visualmente flamígera y provista de armas que desconocían.

No podía cometer la temeridad de plantarse delante como la última vez; no de ese modo, sino pecaría de estúpida porque si la última vez sobrevivió no fue por ella, sino por otros humanos que intervinieron en el asunto. Ahora nadie lo haría.

Se enroscó en sus entrañas a medida que corría o saltaba la necia necesidad de lanzarse sobre el carruaje para diezmar el peligro, casi en estado de histerismo que controló enfocándolo a una fría resolución; Sobrevivir.
Detuvo su avance, la noche oliendo a fuego y sangre, sesgando los ojos hasta deslizar de su espalda el cuchillo. Unos segundos después se dejó caer contra uno de los jinetes para derribarlo de su bienamada montura y descargar aun en mitad de la caída su arma repetidas veces para sesgar su vida antes de que le lanzara aquel sortilegio con sus armas para despedazarla.

Y en el suelo yacía el cadáver sangrante del guardia cuya bestia se encargó de dar buena cuenta.
Los jinetes estaban distraídos atacando a esas bestias con armas que emitían truenos, fuego y humo.
Las criaturas, heridas, se iban introduciendo de nuevo en la jungla, mientras que las pocas que iban quedando y que seguían atacando iban distrayendo a los jinetes.

Cuando la salvaje calló sobre las espaldas de uno de los jinetes, este pareció moverse... intentando girarse, pero el caballo se puso también nervioso y quiso levantarse, cosa que al final no llegó a hacer. Los golpes de la daga sobre el cuerpo del guardia, apenas causaron daños. Su piel era muy dura, resistente, la daga llegaba a resbalar, hasta que en un sitio en el cuello consiguió clavarla bien. En su espalda, tras la nuca, hendió y hundió la daga haciendo que durante algunos instantes el soldado quedase paralizado...

- Arg!!... Salvaje!...- Se movió un poco intentando hacer que la salvaje cayese del caballo, o al menos se separase de el. Su sangre manchó su mano, esta era más densa que la sangre normal, que ella había visto, y su olor era algo ácido, podrido.

El puma de pelaje pelirrojo dio un fuerte salto para derribar a ese jinete, haciendo que cayese al suelo, rodando un poco con la daga de la salvaje clavada en la nuca, haciendo que siguiese sangrando de manera profusa.
De esa manera, ella podría atacar al resto.


No perdió el tiempo, pero con todo comprendió que había algo extraño en esa sangre y se olisqueó las puntas de los dedos ensangrentadas sin interponerse en la decisión del can de pelaje rojizo de hacerle tiempo para encargarse de los demás.
Había algo hediondo y putrefacto en aquella sangre espesa, algo como si estuviera muerta desde hacía mucho tiempo, y el terror escaló por su columna vertebral lanzándole advertencias de que huyera de aquel sitio a otro donde pudiera comprender qué es lo que estaba sucediendo.

Saltó para salir del alcance de cualquier arma y gateó sobre manos y pies desplazándose sin arma ahora para agarrar una piedra del camino: Ellos seguían a esa caja que ardía en parte y allí había un hombre que manejaba a las bestias, retirando el brazo hacia atrás para arrojar el proyectil contra el pescante, y por tanto, contra el cochero que luchaba infructuosamente pero con empeño tanto de mantenerse lejos de las llamas como de mantener el control de las bestias. A la cabeza, y ésta vez gruñó como un animal rabioso jurando masacrarlos a todos.

¿Qué eran? Los humanos no sangraban de esa manera, y había tenido muchos cuellos para comprobarlo.


La acción seguía furibunda.

El guardia que tenía clavado el cuchillo en la nuca no volvió a levantarse.
Los otros dos guardias que quedaban montados en sus monturas estaban dando buena cuenta de los animales, que correteaban como pequeñas pirañas atacando a los caballos, queriendo que éstos tirasen a sus jinetes.
La piedra arrojada cortó el aire siendo acompañada por un susurro, y al final el golpe impactó sobre su objetivo, en plena cabeza, del que se tambaleó un poco antes de moverse despacio hacia un lado del pescante y terminar por caerse delante, algo que no le sentó demasiado bien, pues el carruaje después pesadamente le pasó por encima.

Ahora los caballos, libres y sin nadie que los gobernase cambiaron de rumbo internándose entre la hierba, abandonando ese sendero, por la misma llanura cubierta por ese hábito fantasmal.

Quizás fuese el mismo fuego, el que hizo que los nervios de los animales siguiesen bastante alterados.
El carruaje, seguía moviéndose de manera pesada ahora por la llanura, golpeándose contra algunas piedras que hacían que este empezase a dar algunos botes. Un desnivel del terreno, hizo que los caballos girasen de manera abrupta, perdiendo entonces el control de ese carruaje, que giró más de la cuenta, haciendo que éste se diese la vuelta, y empezase a girar varias veces, destrozando la madera que unía a los caballos al mismo, dejándolos en una efímera libertad.

(To be continued...)


Última edición por Raznac Raasef el Miér Ago 24, 2011 11:55 am, editado 2 veces
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Raznac Raasef



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MensajeTema: Re: El nigromante y la Diosa   Miér Ago 24, 2011 9:45 am

Parte II
Luz y Oscuridad


Por Irasfel.

(To be continued...)
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Raznac Raasef



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MensajeTema: Re: El nigromante y la Diosa   Miér Ago 24, 2011 11:28 am

Parte III
El don de la Druida y el hijo de Gaia



Drogon/Gerulf = Normal
Sorsha/Veatrice = Oliva












El cielo lloraba largamente por la pérdida de los hijos de la madre tierra, la culminante sensación había ido in crescendo a medida que transcurría el paso del tiempo y Veatrice Caster detenida en mitad del bosque contempló la luna lúgubre que los miraba desde las alturas tratando de alcanzarlos con su desconsuelo para abrigarlos, hacer lo imposible por detener esa oscura sensación que se enroscaba en la sensible prole que moraba con forma dispar; árboles, flores, tierra, viento y agua, todo le transmitía una impresión vaporosa de un mal lejano.

Aspiró el aire por entre los labios y bajó paulatinamente los párpados aceptando el llamado de la vida, dejando que fluyera a través de ella como ensortijados galimatías que cobraban coherencia en su mente y sólo en ésta, deformándose y divagando hasta hilarse como palabras en forma de cánticos que aunaban eones de ancestral antigüedad que recababa la información del mundo envolvente.

Y allí, en aquella paz, mientras la lluvia golpeaba su rostro y empapaba el simple vestido de humilde marrón, escuchó el lloro del universo y el grito agónico de desesperación cruda que transmitía la turbulencia de un suceso que se había llevado a cabo lejos, lejos de allí, muy lejos, pero que había perturbado la paz de la existencia con una violencia sin igual.
El miedo se enroscó en su estómago y como mujer, madre e hija, elevó los brazos al cielo encapotado que enmascaró tras nubes la luna unos segundos antes de que, al quedar ésta nuevamente descubierta, sus haces cayeran sobre ella iluminando místicamente la melena de flamígero rojo sangre, sangre que estaba bañando la tierra en algún punto, una sangre putrefacta y macilenta, coagulada.

¿Qué era eso?

Dentro de ella sintió el tirón del universo tratando de arrancarla del lugar para transportarla a lo largo de millas hacia algún lugar, queriendo retransmitirle un mensaje que los árboles no sabían expresarle con claridad y que el viento no hilvanaba coherentemente, para mostrárselo.
Resistiéndose a aquella nueva sensación dispar a todo cuanto conocía, entre el terror y la inseguridad, se aferró a su cuerpo por dentro y los dedos temblaron iluminados por la luz de la hermana luna hasta que sintió el dulce toque del universo cosquilleándole, pidiéndole sin voz, esencia pura y prístina mezclada con una rareza fruto de malevolencia y crueldad sin par, que se abandonara a lo que era y que desconocía en su amplitud.

Abrió súbitamente los ojos cuando se sintió arrancar de sus entrañas y el azul ahumado de su mirada, limpio, se desenfocó hasta quedarse enfocado a la nada con la roja melena sacudiéndose furiosamente cuando un oleaje de viento y agua azotó contra ella en espirar elevándolo hacia los cuerpos celestes que moraban tras la cortina de lluvia, nubes y oscuridad.

La falda se sacudió vigorosamente entorno a sus piernas y se llenó del pálpito del mundo que la asfixió arrastrándola fuera de su cuerpo para hacerla sentir inconsistente, viéndose a sí misma con los ojos desenfocados de un gris azulado reluciendo intensamente; piel, ojos, labios entreabiertos, sin reconocerse a sí misma ya que cada hebra, cada guedeja roja se estaba transformando en hilos de plata etérea que centelleaba en la noche, a la luz de la luna y bajo la lluvia que no tocaba ahora su cuerpo, impelida por el viento que azotaba todo su cuerpo sin que éste se moviera un ápice. Parecía una mujer convirtiéndose en plata poco a poco, con los brazos elevados al cielo, absorbiendo el universo de enseñanza y poder.


Apenas pudo sentirlo que se sintió arrancar de la inmovilidad y su espectro existencial viajó, observando en algún punto de alguna selva el cuerpo rendido de bestias y algunos cadáveres... entre los cuales había un lobo de pelaje platino que iba transformándose en negro cetrino con una criatura rocambolesca y tenebrosa inclinada sobre él, aspirando... aspirándole la vida.

Los ojos del lobo, bicolores, se iban desenfocando a medida que la vida que lo nutría iba escapándose de él, hasta que parecieron inertes, tanto como su cuerpo noble convertido de platino pelaje a negro deslucido.
"Peligro." "Muerte." "Destrucción."
La Diosa habló a través de ella con palabras tan viejas como los milenios y flotó incorpórea horrorizada por la visión antes de ser arrastrada de regreso porque captó incluso ella que, de permanecer mucho tiempo allí, podría ser vista y sentida por aquel ser.
"Mis hijos mueren."
Hubo algo lamentable y profundo en aquella sensación y su cuerpo, en la distancia, sollozó.

Cuando regresó chocó contra sus propios huesos saliendo disparada hacia atrás, perdiendo el rumbo de lo que estaba ocurriendo y siendo impelida por la inercia de su propio reajuste hacia el terreno mojado del bosque.

Gerulf también lo sintió. Empezó siendo como una punzada en la nuca. Algo que llevaba años sin sentir. Cuando llegó a estas tierras la presencia, constante, no era tan acuciante como en otros lugares pero ahora era brutal, inmoral. No podía ser permitida.
Luego sintió un llanto de dolor. Una llamada y un pinchazo ardiente que le laceraba el corazón. Y de pronto su vista se nubló. Su conciencia se echó a un lado para dejar paso sin oposición a la Bestia. Sus ojos se inyectaron en sangre, y lágrimas al sentir la destrucción y el llanto de su Madre. Ella le pedía ayuda, y con un aullido inhumano acudió. Pero estaba muy lejos del epicentro de ese mal.


El hombre convertido en bestia corría furioso por el bosque de Dhargen hasta la orilla de un lago en la que sobresalía una roca inclinada, inmensa y de superficie plana. Trepando, saltando y corriendo el lobo se irguió sobre los cuartos traseros y aulló.

Aulló declarándole una vez más, a su más ancestral enemigo y sus siervos, que estaba preparado para derramar su impía sangre.

Tendida en la tierra dentro de su propia piel no se sintió como normalmente lo hacía, cada latido de corazón parecía en consonancia con el universo y la respiración entrecortada aspiraba una poderosa sensación de estar recogiendo de la madre naturaleza la existencia, los conocimientos y el propio vitae que corría como una red extraña que hasta la fecha no había sentido.

Acostada con los ojos abiertos contemplaba la noche y la lluvia que no tocaba su cuerpo, el viento actuando de cortina ante ella y sacudiendo la humedad de sus prendas, zozobrando violentamente aquella cabellera platina que vibraba con destellos rojizos en los juegos del toque de la Luna, que miraba impertérrita en lo alto mientras la voz de la milenaria tierra clamaba dentro de ella ensordecedoramente, iluminando a la mujer que humildemente respiraba con esfuerzo, entre el horror y la simpatía por ese dolor compartido.
Cuando, repentinamente, los haces lunares aumentaron enormemente y descargaron hacia el bosque su esencia, derramando dentro de la mujer un caudal de fuerza que la dejó rígida de asombro e incredulidad.

El poder diluido de siglos de emparejamientos se reunió, arrancado de las memorias de las druidas de su familia, aunadas e imbuidas en aquel cuerpo materno que esperaba un hijo, haciendo que profiriera un grito que hizo eco en la noche.

La Madre de todos los hijos no consentiría que el mundo conociera la devacle del tiempo y el escarnio del mal sin hacer algo al respecto, sus hijos habían muerto en aquella jungla, su intento de detenerlo... menguado.

Y ahora todas las bestias que circulaban en las inmediaciones captaron el reclamo de la Madre en su epicentro, allí donde estaba Veatrice Caster arqueando la espalda con los ojos en blanco, convertida en una luminiscente forma platina que escuchaba, sentía y olía de forma sin par todo cuanto la envolvía.

Lobos aullaron en respuesta al reclamo y a aquel otro que se sucedió previos instantes antes a aquella explosión de poder, y la carrera se inició.


Los gatos de Dhargen miraron con sus místicos ojos al cielo y maullaron antes de correr entre callejas, casas y plazoletas hacia el bosque, los perros ladraron, los caballos corcovearon relinchando y los gallos cacarearon antes de tiempo, sólo aquellos mas unidos a la madre corrieron a su reclamo, para ser testigos de la fuerza que ella iba a disponer en sus hijos, para ser advertidos del mal que acechaba.


Lobos emergieron, ciervos, jabalíes, algún oso, indistintamente de sus propias hambres acudieron al llamado y contemplaron solemnemente a la platina forma que permanecía rígida en el lecho de la tierra mojada.

Y la voz de la Diosa, cargada de poder, serpenteó a través de los labios de la humilde hija por Dhargen, llevada por el viento hacia más allá.

Era tiempo de que los hijos decidieran. "Debes hacer algo" "Mis hijos mueren" "La corriente de vida se escapa" "Haz algo" "Por el bosque" "Por la vida" "Por mi". El bosque se lo exigía, sentía la súplica y pensó en aquel lobo moribundo... alargando dedos temblorosos a la nada, queriendo tocarlo, queriendo tocar aquel mal para extinguirlo.

Sin embargo entonces la luz menguó y se extinguió y la potencia del poder que se descargó en ello enturbió su visión y su brazo cayó laxo sobre la pronunciada curva del vientre, ladeando el rostro que perdió el color, así como la melena, pese a que seguía fluctuando como plata viva, se posó lentamente en el lecho mojado del bosque.

La inconsciencia se apoderó de ella, momentáneamente y los animales lanzaron sus rugidos y aullidos al viento.


Emergió de entre asustados lobos, de entre osos rencorosos y reservados, de entre cornamentas de grandes cérvidos. Era más grande que cualquiera de ellos, a cuatro patas era más alto que un oso.
Los animales se apartaban a su paso, con una mezcla de temor y respeto. Algunos, lobos sobretodo, incluso le lanzaron dentelladas desafiantes a las que la Bestia respondió con un gruñido, acallándoles.
Era una inmensa masa de músculo y pelaje gris blanquecino. Tenía "calvas" de pelo blanco allí donde había curado una cicatriz, una X afeaba su hocico y una raja cortaba su ceja, y su párpado hasta la mejilla.
El lobo, porque aquella bestia era como un lobo bestial, se irguió sobre sus cuartos traseros, mostrando un cuerpo humanoide.
Un torso fuerte, cubierto de pelaje blanco, brazos fuertes y anchos como troncos, terminados en unas manos cuyos dedos tenían afiladas y oscuras garras.

El ser observó a la mujer yacente y con la tristeza, el odio y la furia brillando en sus ojos, la miró y agachó la cabeza.

Aulló, arrancando tras él otros aullidos aterradores que prometían sangre. Habia estado demasiado tiempo en paz, habia descuidado sus tareas.

El eco de los aullidos fue lo que la despertó y paulatinamente el color platino de su melena se convirtió en una masa de flamígeras hebras carmesíes, hasta que su piel incluso dejó de centellear con tanta intensidad, quedando el rastro residual del toque de la magia que no desaparecía dentro de ella.

Podía aspirar y oler un mundo entero, al abrir los ojos parpadeó y contempló juegos de luces en la noche que siempre se habían escapado a ella, pero que había visto a través de la vegetación y el lazo que sostenía con ellos, pareciendo ahora que el lazo era más intenso o, tal vez, permanente.




La malicia de la distancia podía captarse, revolviendo el odio que moraba en esas tierras cargadas de la misma pestilencia pero en menor medida, como si hubiera una conexión entre aquel y éste territorio, un suceso, tal vez.

Aturdida se incorporó con ayuda de los brazos viendo alrededor a las bestias y, al contrario de lo esperado, sintió la fiebre de la rabia que contenían, pero no enfocada a ella, sino a... Lo habían sentido, también.

Ajena a que mostraba una imagen más etérea que tangible, reparó en la sombra de una criatura algo más grande que las demás y pese a su horrendo aspecto no sintió miedo, porque aunque la ira que contenía aquel era intensa, no se sabía en peligro, por extraño que pareciera. Iba a hacer algo, sí. Conseguir divulgar la noticia al regente pese a que no confiaba en aquel. Cualquier cosa.

- Marchaos... y tranquilizaos, no podéis hacer nada. Todo saldrá bien.- Trató de sonar convencida, e incluso procuró una sonrisa, pero... no confiaba mucho en ello.


La criatura, que era dos veces ella en altura, asintió levemente pero gruñó algo. Parecía una orden y la gran mayoría de los lobos, y algún otro animal, se marcharon por distintos puntos. Parecían tener prisa por hacer o por llegar a algún lugar.

Gerulf, al contrario que el resto de animales, no se marchó sino que se quedó donde la etérea mujer se encontraba.

Por grotesco y complicado que pareciera, el ser se sentó sobre sus cuartos traseros, demostrando ser más hombre que bestia. O al menos mitad de ambos. Leyenda y realidad. Él era de esas bestias que, contrariamente a la realidad, poblaban las pesadillas y los cuentos de terror de los humanos.
Luego se levantó y rodeó a la mujer, caminando en círculos y olisqueándola. Poco a poco y de una forma que no era agradable, ni para él ni para el que lo veía, pasó a ser un lobo normal. Un lobo como los demás, de pelaje claro, plateado y rostro marcado por cicatrices. Fue inconsciente el cambio, no eligió su forma de homínido porque llevaba mucho sin serlo, muchos meses sin caminar desnudo sobre dos piernas y cuando cambiaba lo hacia de forma inconsciente a su forma animal.

El lobo se acercó, protector y curioso, a la mujer etérea. Observó el cambio, con curiosidad. Antes sus cabellos eran como la luna, ahora rojos como el fuego. La miró inquisitivo, preguntándose quien sería aquella manifestación cambiante, y si sería quien creía que era.

Inquieta por aquel escrutinio y la escaramuza de la bestia, agradeció aun así que el resto se hubiera empezado a retirar secundado con impaciencia por los demás, captándose en la distancia los ecos de sus proclamos silencioso en forma de ramas moviéndose y el terreno temblar ante la estampida de criaturas retirarse de aquel epicentro de poder.

A ella no era la única a la que había llamado la Madre, seguramente todo ser sensible habría captado el intangible duelo de la Diosa por su pérdida y el miedo palpable convertido a través del mal a lo lejos aguijonear a conciencia. Aun lo captaba, pero tenía mayores preocupaciones ahora dándose cuenta de que aquella criatura envuelta de halos brillantes y chisporroteos ocasionales de luces coloridas -las que no tenía idea de por qué estaba viendo- la rondaba, olisqueando, sin mover un músculo pese a que los ojos trataron de seguirlo en todo momento.

Estaba a punto de hacerle ver que esa actitud era bastante... bueno, era jodidamente inquietante, cuando hubo una explosión de centelleos ante sus ojos que casi opacaron la imagen de la criatura y ella, en lugar de ver el horrendo proceso, captó la magia del universo implosionar de dentro a fuera y fuera a dentro para transmutar a la bestia en... lobo.
Asombrada abrió la boca y la cerró rápidamente, parpadeando, consciente en el fondo de que se había estremecido.

La lluvia golpeó entonces sobre ella, como si un campo de fuerza hubiera estado repeliéndola, y con una mano en el vientre hizo amago de ponerse en pie, sin conseguirlo, con las piernas entumecidas.

- ¿Qué eres?- Lo siguió con la vista, extrañada y excitada por la aparición.- ¿Te envía la Diosa?


Gruñó, pero no podía contestarla. Era evidente, no en esta forma. Entonces la cabeza se agachó. Sus huesos crujieron y el lobo rugió de dolor, cerrando mucho los ojos. El pelo fue menguando mientras que él crecía. Sus garras se alargaron en dedos y las patas en brazos y piernas.

Pero no terminaba de avanzar en la transformación. Parecía ir hacia atras de vez en cuando, volviendose lobo. Con mucha dificultad, finalmente pasó a ser lo que llevaba muchos meses sin ser.

Era un hombre, alto y fuerte, de piel muy clara y cabellos rubios pajizos. Una barbita enmarcaba un rostro surcado de cicatrices. A cuatro patas, alzó la cara para enfocar a la mujer, sin importarle estar completamente desnudo. Cuando abrió los ojos, unos ojos claros, de un azul tan frio que parecían grises, la observaron.

Y se irguió, acercándose a ella. No parecía importarle ni molestarle la lluvia que golpeaba su cuerpo. Le tendió un brazo, viendo el abultado vientre, para ayudarla a levantarse. Tal vez su Madre hubiera usado ese cuerpo para hablar a Sus hijos, eso la habría dejado exhausta, y la lluvia y el embarazo seguro que no ayudaban mucho.

- Soy... soy.... un hijo de Gaia. Uno de sus guerreros. Ven. Enfermarás.- Hablaba con palabras cortas y sin usar muchas frases largas, volviendo acostumbrarse a la sensación humana tanto tiempo olvidada, y eso que había nacido como homínido.

A Veatrice casi se le desencajó la mandíbula; seguía las luces que emergían por cada crujido de los miembros consciente del horror y el dolor que eso suponía, viéndolas desprenderse del pelaje o la piel a medida que iba cobrando forma distinta para revolotear en el aire danzarinas, alargadas, redondeadas o deformes, jugueteando en el espacio tiempo hasta extinguirse.
Aquella debía ser la magia de la transformación.


Había oído hablar de esas criaturas, en cuentos de terror para mantener a los niños bien abrigados en la cama y que se cuidaran de ir a jugar al bosque o alejarse demasiado de las aldeas o ciudades. Cambiaforma, garou, lupus, mitad-hombre, mitad-bestia, no importaba cómo lo llamaran en qué lugar fuera, porque el resultado era, mas o menos, siempre el mismo. Un ser mágico de la madre naturaleza.

La imagen que quedó quitaba el hipo y levantó la cabeza con los ojos ahumados ampliamente abiertos, fascinada y... avergonzada. Estaba en pelota picada.

Se cuidó de no bajar la vista más allá del cuerpo, aunque cuando se levantó tuvo una panorámica en general demasiado explícita y cogió su brazo a ciegas para ayudarse a ponerse en pie. Casi parecía que un perro le hubiera hablado de golpe y porrazo porque había soltado un:- ¡Anda! ¡Si hablas!

Ya en pie sintió las piernas como gelatina y el mundo dio vueltas, pero se mantuvo en sus trece, sin apartarse un ápice, desde ahí veía menos de lo que era aconsejable ver. Subió los ojos y lo observó, con seriedad, acostumbrada más a sonreír. Un hijo de Gaia.

- La lluvia no es el problema, ahora... ¿Eres de aquí? ¿Conoces a alguien en la corte? ¿Puedes tener una audiencia? Debemos decírselo a alguien importante.

- No he pisado la ciudad desde hace años.- Dijo tajante el humano desnudo.

Empezó a caminar hasta el interior del bosque esperando que la mujer le siguiera. Su idea era volver a la cabaña a la que iba, hacía meses. Estaría un tanto cargada por el desuso y la concentración de polvo. Pero podía encender una fogata, cazar ahora algo.- ¿Y tu? ¿Conoces la corte?- Sus fuertes manos se aferraban, firmes y protectoras, entorno del brazo de la mujer.

No era difícil imaginar a esas manos aplastando el cráneo de alguien, pero no parecía que el hombre fuera a hacerlo ahora. De vez en cuando se rascaba la barba, o la cabeza distraído.

- ¿Qué ocurre?- Preguntó tajante.- ¿Quien eres?

- Conozco...- Caminaba despacio, con el corazón acelerado por las nuevas impresiones que recibía, asustada y sobrecogida por el curso de los acontecimientos cuando empezó a sentir algo en ella, algo que volvía a tirar hacia fuera, pero rehusándose a salir de su cuerpo por temor a descontrolar el caudal de poder que ahora recorría sus venas.- ... el bosque.- Jadeó ralentizando el paso, con la otra mano sobre el vientre donde sentía una punzada, preocupándose de que las emociones acabaran por hacerla parir ahí mismo.

Tomando una bocanada de aire subió la vista y ladeó la cabeza hacia el hombre, o tal vez bestia, no parecía muy acostumbrado a caminar sobre sus dos piernas y, otra vez, procuró no mirar más allá de su barbilla, aunque la Diosa sabía que era difícil no hacerlo porque acabaría desnucándose.

- Soy... una jardinera.- Sonrió, entre divertida y desesperada por la locura de los colores danzarines que revoloteaban por todas partes saliendo de árboles, flores, animales nocturnos, y la lluvia misma parecía tener color y aroma distinto a su percepción. Perdió la curva de la boca.- El miedo del bosque me arrastró a otro lugar... algo que está ocurrie...- Se quedó en silencio, con los ojos en blanco y estática en el sitio, sacudida por la fuerza que la arrastró lejos sin mover su cuerpo.
Como en trance.


- Umm.... yo también lo conozco.- Pero no se adelantaba nada conociendo "el bosque" si lo que quería ella era ir a la corte humana. Ahora él caía en qué podía hacer. Buscar a los suyos. Buscar por si hubiera algún otro hijo de Gaia dispuesto a luchar. Fuera lo que fuera, cinco guerreros de Gaia eran más valiosos que una centuria humana, a quienes el Wyrm podía corromper con solo desearlo. Por eso, en parte, desconfiaba de los humanos.

Por eso y por otras cosas en las que andaba pensando cuando la mujer se convulsionó y fue sacudida. Gerulf la sostuvo, agarrandola para que no se hiciera daño. Él no era un shaman, no era un conocedor de los espíritus ni tenía el poder de interceder con ellos. Él, entre los suyos, era un guerrero, nacido bajo el auspicio de los Ahroun.

No sabía qué hacer, solo sostenerla y evitar que se hiciera daño, metiendole el dorso de su mano en su boca para evitar que se mordiera la lengua y se la tragara.

- Eh... eh eh eh eh.... responde.... ¿qué ocurre? ¿quién eres?- Pero por mucho que no conociera tan a fondo a los espíritus y su magia, podía sentir su magia como todos los suyos. Algo le hizo pensar que en la joven había algo que ni ella misma conocía. ¿Quién era?

La rigidez del cuerpo empapado se convirtió en laxitud cuando los brazos se aflojaron pendiendo en el aire y las piernas se doblaron sin fuerzas, pero no cayó debido a que el hombre la sostenía y los ojos en blanco se enfocaron con un brillo anormal que emitía a pulsaciones cada vez destellos más intensos hasta dar luces y sombras al rostro de modo casi fantasmagórico.

La boca se suavizó entorno a la mano que evitaba que se mordiera y la magia zozobró entre las guedejas de pelo entre cobrizo y carmesí convirtiéndolo en una cascada de ondulante plata brillante, con la piel transluciendo como el papel de cebolla y casi viéndose las arterias correr a lo largo de la blancura del cuello antes de que la luz casi fuese demasiado insoportable de mirar allí también. Luz que se desprendía de ella como pequeñas perlas inconsistentes y que se evaporaban como polvo de hadas de los cuentos de fantasía.

De pronto volvía a estar incorpórea plantada en el terreno, la escena que había visto antes era distinta y el pavor la sacudió terriblemente, porque veía aquel ser humanoide espeluznante que había estado drenando la vida retroceder con una mano en el estómago abierto por un... garrazo.

Y allí, magnífico y noble, fuerte y terrible, se erguía un oso reclamado por la madre tierra y, acudiendo al llamado de la Diosa, la bestia se alzó sobre sus dos patas y bramó al ente oscuro con rabia inusitada. Casi pareció oír a través del bramido "Yo soy el hijo de Madre y tú vas a morir", pero lo que si escuchó fue la voz áspera como mil muertes e infiernos: "Maldito animal, asqueroso perro de la Diosa. Caerás, como caerán todos los bosques, y todas las montañas."

Y la lucha se inició. Ambos se enzarzaron en un encarnizado combate a muerte y ante sus ojos no pudo hacer nada excepto que estar, presenciando la batalla impotentemente... hasta que los brazos del oso se cerraron entorno a la bestia tras varios momentos en los que creyó que la criatura oscura iba a vencerlo, y estrujó con rabia hasta que ella se encogió al chasquido de los huesos de aquel que, no tan hombre como muerto, realmente acababa de morir.

El oso se tambaleó cayendo sobre sus patas, el hombre-criatura yació en el suelo, y cuando la bestia humilde hijo de la Diosa se desplomó resollando, el ente se movió y ella retrocedió un paso, deseando volver a su cuerpo. "Basta." Pero sonreía, aquella cosa... de verdad estaba sonriendo al decir; No es... una victoria... sino una derrota. Otros volverán... caerás... y tu trono será nuestro.

¿Nuestro? ¿De quien?

Nunca vio el momento en el que el lobo, aun vivo por sorprendente que pareciera, se elevó sobre sus patas, se acercó y con una dentellada definitiva crujió el cuello de aquel de cuerpo mortal que murió, ahora sí... pero... no sintió como si hubiera sido una victoria. Porque el oso estaba muerto, pese a que entre éste y el lobo lo derrotaron, parecía una pérdida que podría repetirse pronto.

La maldad se había ido, extinguida, pero quedó el eco y ella no pudo menos que temblar, en cuerpo y alma, aterrada.

¿El trono de quien? ¿De la Diosa?...

Cuando regresó a su cuerpo fue de un tirón y aun con el eco del aullido del lobo que se había erguido victorioso pese a la pérdida del amigo oso zumbándole en la cabeza, abrió los ojos débilmente, con la expresión digna de quien había presenciado una masacre. Allí ya no se sentía la crueldad, sólo el largo y eterno silencio del bosque roto por la intensidad de la lluvia de la Diosa lamentándose por sus pérdidas.

Jadeó, sin resuello.


Él no veía lo mismo que ella. No lo podía más que sentir, lejano, en forma de furia. Y ciertamente, si no tuviera la maldita necesidad de ayudar a la mujer embarazada, se habría lanzado a una loca cacería de siervos del Wyrm que habría terminado o en victoria o en muerte.

Incluso ahora está deseando dejar a buen recaudo a la joven para lanzarse a la caceria. Pero debe ser paciente... paciente... ¡Al carajo con la paciencia! El hombre levanta a la mujer, llevándola en brazos y en volandas hacia lo que es una pequeña cabaña de madera con tejado de lascas de pizarra. Mientras iba caminando, observaba si la mujer se reponía o no, una vez repuesta le preguntó.

- ¿Qué ha pasado? De repente cambiaste el pelo... emmm ¿Quien eres?

¿Por qué parecía que estaba flotando agarrada por dos pedazos de tronco caliente? Lo comprendió al rato cuando, recuperando el aire, lo miró con el aspecto de una gota de plata líquida sólida con forma de mujer aturdida que iba reponiéndose a su debido tiempo, con la infinita paciencia que aquel hombre-bestia carecía.

- Él... ESO... está muerto. Lo han matado.- Pero en su voz translució que era el preludio a algo más, así como aquel ente oscuro a su caída había vaticinado.

Parpadeó con un regusto extraño en la boca, como si hubiera mordido un pedazo de bosque con barro, que de hecho así había sido; la mano de él. Subió la propia inestable y se iba a frotar los labios cuando vio sus dedos brillando, la palma y el dorso, al voltearla varias veces. Sólo entonces la melena empezó a perder el brillo y recuperar el color rojo cobrizo.

- ¿El pelo?...- Al tomarse un mechón éste ya no resplandecía, era rubí, como de costumbre, pero le quitó importancia, aun agitada.- ¿Dónde estamos?

- Cabaña.- Dijo parcamente el hombre.

La cabaña, estaba claro, había sido habitada pero hacia meses que no pasaba nadie por allí, por la capa de polvo que tenía todo. Gerulf dejó en una silla a la mujer y rebuscó unas velas, sabia donde las tenía. Luego un par de candelabros donde dejar las velas iluminar y con yesca y pedernal las encendió todas, dando iluminación a la habitación.

Después apiló un par de troncos en el fondo de la chimenea y más adelante unos palitos secos, hojas, un poco de paja que encendió y con eso se ayudó para encender los troncos.

- Vivía aquí... hace mucho.- Y efectivamente, no tenía nada para comer, aunque sí que tenía botellas de licores, vinos y un barril de cerveza.

La observó y se decidió por el vino, por lo que recordaba de cuando había estado más metido en la civilización, las mujeres solían preferir el vino. Abrió un arcón y sacó un par de pesadas capas de osos. Dejó una sobre la mesa, al lado de la botella de vino, y se puso la otra sobre sus hombros.

- Puedes cambiarte... mientras se sequen tus ropas. Si no te resfriarás... y eso es malo.- Dijo señalando el vientre abultado.- Si quieres comer algo, saldré a cazarlo.

- No hace falta, de verdad, por mi no te molestes.- Se envolvió un poco con la piel después de mirar alrededor, todo tenía tal capa de polvo que había una acumulación en el suelo y el mobiliario, pero dentro de lo que cabía no era un mal sitio y parecía que era de él.

Ella hubiera preferido que la casa familiar estuviera en el bosque, pero tenia la desgracia de que estaba en la ciudad, aunque amaba la casita que Manwë había reformado después de los destrozos del exabrupto del anciano árbol de su jardín, aun al recordarlo le daba la risa. Un Ent, dirían algunos, sino supieran la verdad, claro.

Su menor problema de todos modos era coger un catarro, porque tan cerca de dar a luz y con tanto entusiasmo dentro de ella, sino tenía cuidado ese grandullón cambiaforma iba a tener un susto de pequeño tamaño en las manos.

Cogiendo la piel se envolvió con ésta y aun sentada miró hacia abajo desatando los cordeles del busto y tirando de los bordes. Como era un tonel no podía vestirse coquetamente con tiras a la espalda, corpiños y disparates varios, así que sólo tuvo que ponerse en pie, apañarse para no soltar la capa y tirar del vestido hacia arriba hasta sacarlo por encima de su cabeza, haciendo una pelota con él y agarrando con la otra mano los extremos de la piel de oso.

- ¿Dónde lo dejo?


- Damelo.- Dijo, sin retirar la mirada de ella ni de lo que estaba haciendo.

La verdad era que para él la desnudez no le era ni desconocida, ni avergonzante, ni siquiera un tabú. Cogió una silla y tras sacudirla del polvo, la acercó al fuego. En su respaldo colgó el vestido de la mujer para que se secara. Puso un par de jarras, que también sacudió de polvo, sobre la mesa y las llenó de vino.

- Enhorabuena. Seguro que el padre está orgulloso.- Dice alzando la jarra con vino para brindar por la criaturita que crece en el vientre de la joven.

- Orgullosamente muerto.- Lo dijo con una sonrisa macilenta, levantando la jarra tras acercar la silla y sentarse en ella, haciendo un apaño con la capa para mantenerla bajo las axilas y entorno al cuerpo ya que no se atrevía a estar agarrándola todo el tiempo con la reciente tendencia a quedarse "en trance".

Tras brindar bajó la mirada al líquido, aunque hubiera preferido una buena cerveza al vino, que subía tan rápido. Bebió largamente hasta que el frío huyó de sus huesos y entró en calor, dándose cuenta de que temblaba un poco. Aun algo asustada, aunque lo habría estado más hacía unas semanas y unos minutos, al menos, ahora, sabía que esa cosa estaba muerta. Bajó la pieza y suspiró, mirándolo ahora, dándose cuenta del aspecto atroz y feroz que tenía el hombre.

- Ya no hará falta hablar con la corte... de todas formas no escucharían.


- Nunca escuchan. Solo cuando el Wyrm ha penetrado sus puertas escuchan.- El hombre se sentó en la mesa frente a ella, lamentando no poder ofrecerle nada de comer.- Siento no tener sal siquiera para honrar tu visita. Pero... llevo meses que ni siquiera caminaba sobre dos pies.- El hombre se levantó y se quitó de pronto la pesada capa que cayó al suelo dejándolo totalmente desnudo.- Aquí estarás segura. Voy a salir a cazar... No voy a dejar a ningún siervo del Wyrm ande suelto por aquí...- Retiró sus labios, mostrando los dientes y los colmillos en un silencioso gruñido. Estaba deseoso de volver a sentir la cálida sangre de sus enemigos sobre sus garras.- Puedes quedarte, en ese arcón hay mas pieles, y en esa habitación podrás descansar.


- Gra-gracias.- Se había tapado con un manotazo los ojos porque no era de piedra, seguía siendo mujer y, condenación si aquel tipo no estaba cuadrado con todo en su sitio. Apartó el pensamiento de una sacudida de su mente y asintió apurando la jarra para ponerse en pie con piernas de gelatina, dejando la pieza en la mesa.- Descansaré, cuando amanezca me iré, siento mucho los problemas. Y gracias de nuevo.

Hizo una pequeña reverencia sin quitarse la mano de los ojos, tanteando a ciegas hasta saberlo a sus espaldas que bajó los dedos, parpadeó, enfocó y se escabulló hacia la habitación que había mencionado, tan llena de polvo como lo demás. Así que, antes de cerrar la puerta para darse al descanso, aunque probablemente no podría dormir, se la escuchó estornudar.

Cuando sacudió la polvorienta cama y se tendió entre estornudos se quedó observando fascinada, confusa y embobada las luces que bailoteaban como hadas de magia que chisporroteaban coloridamente entre las partículas de polvo a la luz de la luna con el eco de la lluvia en la distancia. Entonces supo que la Diosa le había entregado algo... algo que ella no sabía bien qué era, pero se sentía como si de pronto estuviera en sintonía con el universo al completo.
Se sentía... como un árbol con dos piernas.

Fuera, el bosque iba siendo empapado por las lágrimas del cielo, dando paso a un amanecer lento e inexorable, viejo como el tiempo.



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MensajeTema: El lobo y la salvaje   Sáb Ago 27, 2011 9:35 pm

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MensajeTema: Re: El nigromante y la Diosa   

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