Razas y Reinos forjando su destino.
 
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 El principio del fin...

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Joachim Armster

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Fecha de inscripción : 27/05/2007

MensajeTema: El principio del fin...   Dom Sep 18, 2011 8:44 pm


Negro era el horizonte que se extendían frente a los ojos de Finuviel, el patriarca de la orgullosa y antigua casta de Lothain. Eran Guardianes. Descendientes directos de la sangre de Ellyrion, quien fuera Guardian y Héroe de Lurendë. Los cabellos, recogidos con una simple lazada caían las anchas espaldas del anciano guerrero, que tantísimos siglos había vigilado, en relativa paz, la frontera con Parhangon. Paz que ahora se volvía turbulencia. Negra y sangrienta turbulencia. Sus manos se crisparon en la negra balaustrada de la antigua torre. Esas piedras que se erigieron blancas como el resplandor del sol sobre la plata pulida, ahora estaban ennegrecidas de los incontables siglos de asedios que Tor Telemnar había contemplado. -¿Ha llegado respuesta?- Preguntó con voz cansada Finuviel a Aeglos, su segundo hijo. Sin precisar la respuesta de éste, de sobra la conocía. -No, mi General. No hay respuesta de Lurendë- El veterano Guardián resopló y miro bajo sí. Cientos de guerreros, varones y mujeres formaban orgullosos en el patio, en las almenas, en las murallas. Habian afilado sus hachas, sus espadas, habían tensado sus arcos, habian preparado virotes y se habían encomendado a los dioses. ¿es que tan poco valían sus vidas para sus dirigentes? Hacia meses que Parhagon burbujeaba como la superficie de un lago momentos previos a que emergiera una criatura. Primero, los elfos esperaron y vieron que, ciertamente habia actividad. Mandaron misivas de aviso a Lurendë. Luego vieron como las fuerzas de los muertos les miraban con cuencas vacias. Enviaron más misivas. Poco a poco, sus exploradores volvían magullados, o no volvían. Se hablaba de ejercitos de no-muertos marchando hacia Tor Telemnar. Y mandaron más misivas. Ninguna obtuvo respuesta. -Entonces... llama a Khoril. Y que tus Guardiantes formen al Noreste. Que los dioses estén contigo, hijo mio.- Ahora, se habian dejado ver y los muertos habian llegado por fin a Tor Telemnar, comenzando semanas atras un asedio incansable a la fortaleza. Y sus guardianes, superados en número, enviaron misivas de socorro. Y no obtuvieron respuesta...

En aquellos días Pharangon pareció volver a tener irónicamente vida, pues por sus calles caminaba la muerte representada por los caidos en grandes guerras, enfermedades o simplemente pieles corroidas por el tiempo. Las gruesas puertas de la muralla se abrieron una vez mas para dejar paso a aquel ejercito resurgido de las tiieblas. El suelo temblaba al paso de los adáveres andantes que muchos podían reconocer como familias. Acompañando a estos, un grupo de encapuchados con tunicas rojas y craneos a modos de cascos, su rostro era oscuridad eterna. Estos eran protegidos por aquel gran ejercito de carne putrefata que se aproximaba a auqella peimra ciudad objetivo. Aniquilados eran los enviados para ontrolar sus movimientos, esas eran sus órdenes, simples y fáciles de cumplir. Las murallas de aquella inocente ciudad que lo único que hacía era mantenerse vigilantes en aquella frontera e informar de movimiento alguno. Pero para cuando quisieron darse cuenta, aquel ejercito esqueletico estaba extendiendo la muerte por su zona, matando a sus gentes, destrozando hogares "Sin supervivientes..." Esas eran las palabras del lider que los guiaba en aquella guerra de conquista. Este se encontraba en uno de los muchos comedores del palacio con el cuerpo de un joven destripado sobre la mesa, sentada sobre el posabrazos del sillón Kerrigan la cual siendo ignorada acariciaba el perfil del rostro del hambriento caballero de la muerte. Quizás no fueran necesarioas, pero las tropas continuaban saliendo de Pharangon en pos de apoyar a los ya presentes en Tor Telemnar.

Finuviel, vestido con su ancestral armadura que en tiempos llevase Ellyrion observó orgulloso a sus hijos e hijas entre sus guerreros. Eran generales, líderes, héroes. Observó a su hijo Khoril, pertrechandose junto con sus hombres en el patio de armas. El joven elfo, joven visto desde la longevidad casi eterna de los elfos, afilaba la hoja de su hacha sentado en un tonel. Portaba una armadura de escamas plateadas sobre una túnica blanca. Llevaba una coraza pulida, nacarada en blanco y decorada con los motivos del linaje de Ellyrion, y Tor Telemnar. Se puso en pie en cuanto su hermano, Aeglos, se paró frente a él. -Padre requiere tu presencia.- Y señaló hasta el balcón por el que el Guardián observaba la planicie cobrar "vida". Con un gracil salto, Khoril se bajo del tonel y trotando, haciendo tintinear su armadura, corrió hacia su padre. Los cabellos de Khoril, rubios ceniza con algún mechón plateado, ondearon al viento, dejandose observar alguna que otra trencita con que el elfo evitaba los mechones que caían hacia adelante y pudieran fastidiarle la visión. -Mi General...- Khoril, noveno hijo de Finuviel, era el menor de todos, pero no por ello menos valioso que sus hermanos y hermanas. Era impetuoso, ferviente e impredecible como una tormenta. Dándose la vuelta, Finuviel encaró a su hijo, que hincó una rodilla en el suelo y agachó la cabeza, sosteniendo el yelmo alado bajo un brazo y mostrando en gesto de sumisión su arma. -Debes viajar... ir al Sur, hacia Lurendë... quizás a ti te den crédito. - Poco a poco Khoril fue poniendose en pie y recuperandose de aquel mazazo que su padre le había asestado. -Pe.....ro.... - Le apartaba. Le apartaba del peligro. De la batalla. Le apartaba de su deber.... Incluso le hacia abandonar a sus hombres. Abandonar la defensa de Tor Telemnar. Miles de agujas se clavaron en el alma del joven Khoril y una tristeza sin nombre ensombreció sus ojos. Pero una orden, era una orden.

La primera linea de muertos vivientes habían atravesado la periferia, cadáveres que debajo de los escombros que hace momentos eran granjas, se levantaban ante la llamada de aquellos que portaban sobre su abeza aquella calavera de carnero; madres, abuelos, hijos, todos eran válidos, se armaban con lo que en su camino encontraban, ya fueran palas picos maderas antorchas... y se unían a la comitiva de muertos que se dirigían hacia la ciudad cada vez mas cercana. Su principal obstaculo, la gran muralla que se alzaba ante ellos. El Dictador de toda aquella artimaña continuaba con si tranquilo y joven festín en el comedor, alzó una de sus manos ensangrentada y las sombras cercanas se arremolinaron en su palma para formar una figura poco precisa, pareció susurrarle a esta mientras se alzaba dibujandose finalmente la silueta negra de una mujer. Tras el discurso, sopló aquella materia y esta se deslizó por el aire como si la corriente le llevase. -¿Has cambiado de idea?- El albino simplemente negó mientras despojaba de otro trozo de carne de las entrañas del muerto muchacho. En el campo de batalla frente a la ciudad, los ballesteros con rostros calavéricos se abrieron paso sin sutilezas entre sus "hermanos" para alcanzar casi la primera fila mientras estos abrían paso a lo que venía detrás. Las ballestas fueron disparadas hacia la muralla donde se clavaron no todo lo alto que lo hubiera hecho con un tiro normal, del virote colgaba una cuerda y algo mas pesado que le hzo hacer aquella inexacta parábola. El otro lado doble de la cuerda estaban en manos de los propios ballesteros que omenzaron a tirar para colar sobre la polea la otra mas gruesa, sus compañeros se apartaron y unas escalinatas construidas con madera y hueso se alzaron llevandose a algun esqueleto en su camino. Fueron los nigromantes -provistos de cierta inteligencia- los que ayudaron a los ballesteros mientras se alzaban aquellas estructuras todas al compás. La neblina negegra llegó, y aquella fue la señal para que aquel huesudo ejercito se pusiera en marcha y trepara por las ecalinatas antes de que se alzaran completamente, sus armas, espadas escudos... iban provistos de casco, algunos yelmos e incluso pecheras, pero todos eran lo mismo, en su mayoría hueso y carne, la resistencia no sería mucha, el problema, la cantidad de seres que había.

El sonido blanco y profundo de un cuerno de guerra resonó en la almena más alta de Tor Telemnar. La Torre del Guardián. El sonido, una sola nota, largo y estruendooso llenó de valor los corazones de los cientos de elfos que tensaron sus arcos. Otro corto toque y el cielo, oscuro, se barió a la luz por el brillo de las miles de flechas que en rápidas ondanadas los elfos lanzaban sobre los enemigos en perfecta y letal armonía. Fueron muchos cientos de no-muertos quienes cayeron bajo las afiladas puntas de las saetas élficas y eso llenó de esperanza y vigor los corazones de los guerreros que veían cómo Tor Telemnar iba a resistir, una vez más, al asedio de la Oscuridad. Finuviel habia abandonado su alcoba y se había reunido con sus lugartenientes en la muralla. Aeglos era quien tocaba el Blanco Cuerno de Gloniel y ordenaba a sus arqueros disparar contra los enemigos. Los demás observaban con determinación y estoicismo la oleada negra a la que se enfrentaban. Los muertos disapraron y aunque las saetas penetraron la roca de la muralla, una saeta atravesó la armadura de un elfo que fue a caer hacia atras. Pero no se desplomó, al tirar el enemigo de la cuerda, el elfo quedo atascado en los matacanes de la muralla, tensando la cuerda por la que colocarían las escalas. -¡¡ESCALAAAAAAAAAAAAAS!!- Fueron muchos quienes se dieron cuenta y dieron la voz de alarma. Aeglos volvió a tocar el Cuerno con otra nota distinta, al tiempo que su padre, Finuviel, y sus hermanos, se calaban los yelmos alados con blancos y grisáceos penachos. Entonces fueron testigos de una aberración. Los muertos que antes habian abatido, se volvían a levantar, asaetados, para volver a luchar junto a los demas muertos. Calania hija de Finuviel, horrorizada ante la presencia de bastantes elfos que previamente habian sucumbido, susurró a su padre. -Son... son.... ¡nuestros hermanos! -No... no lo son, hija mia. Sus almas descansan en el corazón de Gea. Son marionetas. Cascarones vacíos y profanados.- Finuviel desenvainó una espada plateada que llameó como conteniendo el fuego del Sol. Cientos de espadas silbaron de sus vainas. Hachas, lanzas. En el patio Los alabarderos y los lanceros se preparaban para cuando las puertas cedieran, y en las murallas los maestros de la espada, los guerreros sagrados se preapraban para contener a los enemigos mientras trataban de cortar las cuerdas de las escalas. Eran demasiados. 2¡Hermanos! ¡Luchemos hasta el fin! ¡Por Lurendë! ¡POR ELENYA! -10Ese nombre resonó de la boca de todos los guerreros, mientras un joven armado con un hacha y una pesada capa leonina a sus hombros, marchaba hacia sur galopando sobre una rápida y resistente yegua alazana. -Vuela, Naralindë. Vuela hasta Lurendë.- Espoleaba a la yegua que huia del negro asedio.

Cuando los defensores de la fortaleza se percataron de la existencia de aquellas escalas e intentaron deshacerse de ellas, fueron dos las que se precipitaron sobre el mar de huesos que había a los pies de los muros, se produjo una explosión ósea ante aquella caida. Sin embargo las otras continuaran su ascenso hasta topar con la piedra, muchos esqueletos perdieron la posición terminando deshechos en el suelo, pero otros se alzaban a sustituirlos mientras los nigromantes se ocupaban de seguir alzando a los caidos.Fueron hojas de espadas deformadas -algunas con emblemas reconocidos por la mayoría de ellos- las que hacían de enganche para que la escala no se descolgara. Los huesos con formas humanas se arremolinaban entre quejidos y hillidos para pasar por encima de los tocones de piedra que formaban la parte superior. Mientras tanto, preparaban mas escalas para facilitar la subida de mas y rehubicar las caidas. La neblina se paseó sobre las cabezas de todos los muertos, ascendieron por las mismas escaleras que los esqueletos y acariciaró las armaduras y armas de los guerreros preparados para la batalla como si de un gato ronroneante se apseara por las piernas de sus dueños, era tangible y vaporosa, ante cualquier gesto agresivo se retiraba en dirección opuesta.

Khoril, galopando sobre su yegua Naralindë, ajeno a las dificultades y al negro futuro que les esperaba a sus hermanos. Su corazón latía enrabietado por la orden, ¡Injusta la orden que le hace huir de la batalla! ¡¿Qué dirán sus ancestros de él?! ¿Que dirán todos los demás elfos en cuanto sepan que abandonó a los suyos a merced de un gran ejército? Khoril, impulsivo, tiró de las riendas de la yegua y la hizo virar. El animal cabeceó en total desacuerdo con su jinete. Se alzó de manos y, como si le hablara, relinchó. Relinchó como si le dijera que se estaba desviando de su cometido. Una orden era sagrada. Fuera cual fuera ésta. Motivos tendría su padre, su General, para ordenarle a él y no a otro viajar hasta Lurendë. Recapacitó y volvió a ponerse en camino. Y el resentimiento hacia sus nobles congeneres que se albergó en su corazón cuando éstos no respondían a la llamada de auxilio de Tor Telemnar. Los cascos de la yegua parecían volar, alejandose del sonido de los cuernos, el entrechocar de los aceros que se daba cuenta en las murallas. Los elfos empezaban a recular. Cuando lograban acabar con diez no-muertos. Veinte más se levantaban. Y a cada nuevo elfo que caía, éste se levantaba para luchar contra sus hermanos. La ira y la furia se albergó en sus corazones al ver que no podían hacer más que morir y alimentar el oscuro ejército de los muertos. Dicen que los elfos no sienten miedo. Pero esos guerreros empezaron a llorar de vislumbrar el futuro maldito de que sus cuerpos y sus almas sirvieran a los poderes de la Oscuridad. Finuviel fue atravesado por tres retorcidas lanzas y cayó, para levantarse después y, uno a uno, cercenar las vidas de sus hijos como si éstos fueran mantequilla ante su brillante espada. Y Finuviel no fue el primer elfo en caer y alzarse contra sus hermanos. Ni el último.

La oscuridad llegaba a Tor Telemnar y esta vez iba a quedarse. Las escalas se alzaron sin problema alguno y se engancharon a la muralla sin que nadie pudiera evitarlo. Las puertas es abrieron desde el interior, ya habían conseguido llegar hasta la entrada para dejar paso al resto de la marea de no muertos, ballesteros incluidos. Los nigromantes se quedaron atrás levantando a los muertos que caían, daba igual quien se cruzara en el camino de aquellas criaturas, no entendían de edad ni posición social, su orden era acabann con toda señal de vida en aquel lugar propagando la muerte por donde caminaran. La neblina acariiaba ahora las armaduras de los elfos que caminaban despues de la muerte, transmitía a aquellas tropas la hostilidad que su dictador les transmitía. Este sonreía levantandose de la silla dejando el cadaver sobre la mesa para caminar hacia una de las ventanas por la cual observó el paisaje -Todo ha acabado...- Murmuró alzando una de las manos para lamer uno a uno los dedos ensangrentados de aquel que descansaba sin volver a levantarse.

Una vez más, sobre una loma de yerma tierra y roca desnuda que separaba Parhangon de Lurendë y Ardanel, Khoril observó como el fuego y la oscuridad empezaba a alzar columnas negras de Tor Telemnar. El eco de los cuernos de guerra, el Cuerno Blanco de Gloniel, se callaron para dejar paso al traqueteante rumor del avance esquelético. Incluso el viento silbaba burlón al rededor del elfo. Un odio primigenio se instaló en su alma. Aferrandose a ésta y a su corazón como si de un parásito se tratase. En sus dos siglos de vida nunca había sido testigo de nada tan doloso como ver caer a tus hermanos, tu Destino, tu Mundo frente a una horrenda horda de no-muertos. Gruesas lágrimas de tristeza e impotencia surcaron el delicado y anguloso rostro de Khoril, sin saber que una mano atroz habia hecho que su padre cercenara la vida de sus propios hijos. Khoril siguió su camino. Clamando venganza y prometiendo a los dioses que no descansaría hasta dar muerte al último ser culpable de esta derrota. Aunque aún podían resistir. Su padre ordenaria una retirada al interior y allí resistirían (pobre ingenuo xD). Unos pocos dias, no mas de tres hasta Lurendë y otros de rápida vuelta. Podrían llegar... al final... los nobles... la Reina le escucharía. Con el corazón envalentonado por la esperanza Khoril se alejó hacia el sur... sin saber que, ya, Tor Telemnar había caído.
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