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 Shedain de Ademre

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Shedain
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Fecha de inscripción : 03/02/2013

MensajeTema: Shedain de Ademre   Dom Feb 03, 2013 4:11 pm


- Nombre: Shedain
- Edad: 26 años
- Ocupación: mercenaria
- Origen: Haert, capital de Ademre (una estepa de piedra y viento, lejos de todas partes)
- Apariencia física: mide 1,70. De complexión delgada, enjuta y flexible. Como un perro de caza. Como la mayoría de los adem, es rubia y de ojos grises. Su piel es pálida, como es usual en los norteños. Tiene múltiples cicatrices blancas por todo el cuerpo, derivadas de una vida entera consagrada al entrenamiento. Algunas son similares a las de arma de filo, a causa de la prueba que tuvo que superar para ganar su camisa roja. Viste siempre con pantalones, botas de piel, camisa roja ceñida en el torso y los antebrazos por correas de cuero teñido de rojo.
- Posesiones: su espada de dos hojas, Caelan, cuyo nombre significa Tormenta de hielo. Todo adem conoce las historias de las espadas que pertenecen a su escuela y a todos aquellos que la empuñaron, lo aprenden como una letanía que han de recitar en su iniciación. Shedain suele hacerlo cuando la desenvaina, aunque sea para limpiarla: “El primero fue Chael, que me dio forma en el fuego con un propósito desconocido. Me llevó y luego me dejó. Luego vino Finol, la de los ojos limpios y brillantes, la bien amada de Dulcen. Mató a dos daruna, y luego la mataron los grimos en Vessten Tor..” y así hasta un total de cien nombres.
- Aspectos psicológicos: Los adem siguen un código de vida llamado el Lethani. El Letani es el camino, la forma de vivir, el sentido de las cosas. No es solo un código moral o de honor, obedece a sabidurías más ancestrales. El autocontrol, la disciplina, la capacidad de observación y reflexión, son cultivadas con ahínco entre los camisas rojas. Shedain tiene un rostro inexpresivo, poco comunicativo. Su forma de hablar es parca en palabras y con pausas largas. En general todos los adem son así. Su lenguaje corporal les sirve de medio de comunicación, y gesticulan con las manos, con breves gestos, para expresar cosas. Es inútil provocarla si considera que no es del Lethani pelear en esa ocasión. No es huraña, pues tiene una mirada curiosa que suele ir de frente. Tan solo es silenciosa y poco dada a sentimientos excesivos, tales como la alegría, la furia o la desesperación. Para los adem, todo aquel que no es de Ademre, es un “bárbaro”.
- Imágenes: es complicado encontrar imágenes de una adem, porque no han hecho películas sobre ellos. Pero se podría parecer a esta.







Historia:
En algún lugar más allá del Estrecho de las ánimas. 20 años después.
Shedain trataba de cubrir su rastro. Sin huellas. Sin nombre. Sin historia. Ahora que volvían los tiempos oscuros, no estaba dispuesta a regresar, a seguir dando su sangre para recibir lo que por derecho le pertenecía: un lugar en Haert donde levantar una casa y morir de vieja. La vida de los mercenarios adem era dura: crecer sin sonreír, vivir sin amar, pelear para mantener el sistema que ellos mismos llamaban “civilización.” Y sin embargo los suyos se avergonzaron de ella y la condenaron a muerte.
Se detuvo en una aldea y pidió alojamiento en una posada. No se molestó en cenar ni compartir historias del camino con otros viajeros a la luz de la lumbre. En aquel cubículo sencillo, se descalzó las botas, dejó a Caelan sobre la silla y se tumbó a oscuras en aquel camastro, repasando sus recuerdos. Recordó el día de su iniciación.

Hoja que gira.

En Haert no había calle principal flanqueada por casas y tiendas. Los pocos edificios que se veían estaban muy separados, tenían formas inauditas y se integraban plenamente en el terreno, como si procuraran pasar desapercibidos. Las fuertes tormentas que daban nombre a aquella cordillera eran muy frecuentes allí. Los vendavales que las acompañaban, repentinos y cambiantes, habrían destrozado cualquier edificio elevado y anguloso como las casas de madera cuadradas típicas de las tierras más bajas. Los Adem, en cambio, edificaban con tino, ocultando sus edificios de los fenómenos meteorológicos. Las casas estaban construidas en el interior de las laderas, o hacia el exterior junto a las caras de sotavento de precipicios protectores. Algunas estaban excavadas en el suelo. Otras, labradas en las paredes de piedra de los riscos. Algunas apenas las veías a menos que las tuvieras justo delante. El paisaje era como sus propios pobladores: serios, inexpresivos, duros, de apariencia tranquila en el exterior, y en el interior un fuego alimentado con las palabras que no decían. Se contaba de ellos que se guardaban las palabras para alimentar su ira con ellas. Reinaba una tranquilidad extraña, sin el bullicio ni el hedor que había en los pueblos más grandes. No se oían cascos de caballos sobre adoquines. No había vendedores ambulantes anunciando a gritos sus mercancías.
Junto al árbol espada esperaban una veintena de mercenarios de camisa roja, y entre ellos, su maestra: Penthe. Recitó su juramento con solemnidad. Todos aguardaron impasibles e inexpresivos. Finalizado esto, se quedó de pie, frente al árbol espada, observando el vaivén de sus hojas, afiladas como cuchillos. Rodaban, bailaban y se mecían al son del cambiante viento de Ademre. Tras concentrarse y calmarse, avanzó con paso firme hacia el interior del árbol sagrado. Esquivó las hojas, todas las que pudo, rodando, saltando y realizando posturas del Ketan como “bailar hacia atrás” o “león rampante”. Pero nada de agacharse; era una cuestión de orgullo. Tardó unos diez interminables minutos en llegar hasta el enorme tronco central. Y lo hizo sin ningún rasguño.
Cuando llegó había un paquete, envuelto en tela de arpillera. No era aquello lo que esperaba. Normalmente desperdigaban varios objetos para que el iniciado escogiese, y según la elección, ésta marcaría su rumbo. En su caso, solo había un paquete. Lo sujetó con ambas manos, y comenzó a destramar las cuerdas que lo envolvían. Cuando éstas cayeron al suelo, el objeto resplandeció a través de las hojas del árbol. Le temblaron las manos y la dejó caer: allí estaba Caelean, la espada maldita de su padre. La espada con la que decapitó a su propia madre y después se quitó la vida. Aquel suceso conmocionó a todo Ademre. El Lethani, su código de vida, enseñaba el autocontrol, el equilibrio, el camino… Ningún adem hacía algo como aquello. Ella era muy pequeña, y ni siquiera recordaba sus rostros. Se crió en la escuela como otros niños huérfanos. La vida del camisa roja solía ser dura y corta. Fue una buena alumna, meticulosa, sistemática, aplicada… y sin embargo los maestros se burlaban de ella con aquella broma macabra.
No. No caería en aquella trampa. No era del Lethani desconfiar del propósito de los sabios. Se ciñó a Caelean a la espalda y se decidió a salir. Si debía recitar a diario la letanía de su espada, lo haría, aunque no pudiera obviar la parte : “ y por último pertenecí a Lanvir que me deshonró para matar a Shae y después quitarse la vida” . Comenzó a avanzar entre las hojas que giraban. Esta vez a pesar de su buena técnica de Ketan, algunas de ellas rozaron su carne, desgarrando con cortes limpios y profundos su pálida piel. Era consciente de que aquello la había perturbado más de lo que querría admitir. Pero allí estaba, y tendría su camisa roja, al precio que fuera.

Cuando salió de la prueba de la hoja que gira, su camisa marrón estaba empapada de sangre a rodales, donde las cuchillas habían cortado piel y músculo. Pero su rostro no mostraba la más mínima expresión. Se situó en el centro del círculo de mercenarios y recitó la letanía de aquella espada. Magwin la miró haciendo un leve gesto con la mano “Aprobación. Pesar.” Era la encargada de enseñarles las historias de las espadas. Penthe se adelantó y le tendió una camisa roja.

- Ahora ya puedes ir a trabajar a tierras bárbaras.- En aquellas palabras estaba incluido “Esa espada es tu prueba, tu reto. Es del lethani superar los retos y no olvidar el pasado para no cometer los mismos errores.”

Shedain hizo un gesto con la mano “Gratitud. Permiso”, y se encaminó a la clínica a que le cosieran los cortes.

Un mundo de bárbaros.


Alguien llamó a la puerta. Shedain salió de sus recuerdos con un sobresalto. Nada. Un borracho que equivocó la habitación. Ya habían pasado veinte años desde aquello, y sin embargo ese día le seguía asaltando de tanto en tanto. Hizo balance mental de todo lo ocurrido en aquel entonces, que no era poco. Trabajó de mercenaria durante muchos años, y ahora, cuando su pulso ya no era tan firme y sus ojos se cansaban con facilidad, añoraba el páramo ventoso de Haert. Nunca pensó que acabaría de aquel modo. Había decidido vivir en un mundo de bárbaros, y eso era cuanto tenía. Alejó de sus pensamientos los momentos dolorosos que la empujaron a renegar de Ademre, y se sumió en un sueño oscuro.


PD: esta historia la cuenta Shedain al rememorarla de mayor. En el rol, tiene la edad de la ficha.


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