Razas y Reinos forjando su destino.
 
ÍndicePortalGaleríaFAQBuscarRegistrarseMiembrosGrupos de UsuariosConectarse

Comparte | 
 

 Cuestión de respeto (Parte 1)

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo 
AutorMensaje
Cellgadys



Cantidad de envíos : 12
Fecha de inscripción : 30/06/2007

MensajeTema: Cuestión de respeto (Parte 1)   Sáb Feb 09, 2013 11:37 am

El aroma del guisado inunda la casa con promesas de estómagos llenos y paladares extasiados, mientras Nela mira por encima del hombro las evoluciones de su recién llegada prima Nalai en su cocina. “¿Cuándo aprendió a cocinar así?” se pregunta para sus adentros, rememorando los hechos de varios días atrás, cuando Nalai llegó a su casa con el vestido empapado de sangre, llorando la muerte de su marido y dos de sus hijos ocurrida durante el asalto a su pueblo por bandadas de guerreros poseídos por la locura. Por supuesto, le ofreció cobijo en la casa familiar, al fin y al cabo, el hijo mayor de Nalai, Gorel, hacía tiempo que se había ido a vivir con Nela. El joven se vio atraído por las promesas de riqueza de la capital, esperanzado por la posibilidad de que su físico grandote y fuerte le facilitara un buen empleo como estibador portuario, en lugar de resignarse a cuidar de la granja familiar. Nela quedó huérfana años atrás, cuando una peste que ni los encantamientos de las sacerdotisas supieron frenar se llevó a sus padres y a su hermano mayor. No se había casado, pues sus facciones toscas y mal temperamento reducían sus contactos con el sexo opuesto a muy ocasionales y tormentosas relaciones de una sola noche con algún marinero que estaba de permiso (y con ¿por qué no decirlo? algunas copas de más), de modo que la casa familiar, antaño construída para una familia de cuatro miembros, se le quedaba grande. Así que no tuvo problemas en concederle a su desventurada prima la habitación que antaño le perteneció a ella, mientras Nela se acomodaba en el dormitorio de sus padres. Nalai no había dejado de comportarse de manera extraña desde que llegó, no sólo cocinaba ahora mucho mejor de lo que Nela recordaba, sino que ahora sabía escribir, y vaya que si sabía. La había descubierto más de una vez en su habitación escribiendo cosas extrañas llenas de diagramas y números, a veces apoyada en el escueto escritorio, a veces tumbada en la cama, mientras tarareaba canciones desconocidas en idiomas extraños. Y no sólo era la escritura, también a veces salía por las noches, se perdía por las calles y no regresaba hasta el día siguiente. Había oído historias de que Nalai se dedicaba a cantar los viejos himnos de la Diosa con su voz de soprano en la plaza, a cambio de algunas monedas. “Seguramente las cosas tan horribles que le han pasado la han dejado mal de la cabeza”, se decía, pero no terminaba de sospechar que había algo más ahí, algo que se escapaba a su comprensión, la gente normal no aprende a escribir con caligrafía perfecta de un año para otro ¿verdad?
Vajra mira de soslayo a Nela, a través de los ojos de Nalai:
- Sólo necesita reposar durante un rato, remuévela de vez en cuando, yo tengo que salir a tomar el aire -. La mujer asiente, de mala gana “otro de tus extraños paseítos”, piensa, mientras mira cómo su prima se echa al hombro ese maldito zurrón que se empeña en llevar a todas partes. Vajra suspira, al salir de la casa, interpretar el papel de Nalai no es fácil, pues a pesar de compartir la mayoría de recuerdos y emociones con su anfitriona, no es la prima de Nela. Todo lo que hacía a esa mujer única en el mundo murió días atrás, y Vajra tomó su lugar, ocupó su cuerpo y ahora vive su vida, como tantas veces ha hecho en el pasado. Mira a un lado y a otro de la calle, vigilante, pues lleva media hora notando un extraño escalofrío recorriéndole la espalda, que junto al regusto metálico en su boca, las campanadas en sus oídos y el olor picante en su nariz, son el tipo de señales que para ella identifican la proximidad de uno de su especie. Hace un milenio desde la última vez que vio a uno de los suyos. Cualquiera diría que, tratándose de apenas un par de decenas de individuos en todo el mundo, sería difícil que se encontraran, pero cuando la longevidad tiende a infinito, todo lo imposible acaba ocurriendo. Entrecierra los ojos y deja que su instinto le guíe, sin dejar de preguntarse si al final del camino hallará a alguien conocido o a un completo extraño. Un par de milenios atrás, Ishvari “El Que Oye”, uno de sus congéneres, postuló que el tipo de conjunciones mágicas que probablemente dio a luz a su especie sólo podían darse en los entornos rebosantes de energías mágicas de los albores de la legendaria Era Mítica. En las eras que siguieron a esa época arcaica, el flujo de las fuerzas telúricas disminuyó sensiblemente, haciendo que tales milagros fueran cosa del pasado. De modo que, lo conociera de antes o no, Vajra está segura de que va a vérselas con alguien tan antiguo como ella, y probablemente, con idénticas, si no peores, excentricidades de carácter. Aún para los seres más etéreos y sobrenaturales, es imposible vivir tantas vidas diferentes, ser tantas personas diferentes, sin acumular toda una plétora de desviaciones de carácter, la mayoría inofensivas, como obsesiones con determinados campos de conocimiento, o actividades. Ella podía nombrar al menos un caso en el que la fijación por tener experiencias materiales, que empujó a su especie a encarnarse en cuerpos vivos, había creado un individuo realmente peligroso, que dedicaba cada vida a la mortificación propia y ajena para alcanzar nuevas cotas de satisfacción sensualista.
Empieza a apresurar el paso, pues sabe que en cuestión de minutos el conjunto de malestares que le han avisado de la presencia de un congénere menguarán, al acostumbrarse su encarnación a la resonancia espiritual de su semejante. “Por favor, que no sea Khaibit El Que Escucha, es lo último que necesito ahora” piensa para sí. Recorre las calles de Dhargen a paso cada vez más apresurado, temiendo perder el rastro antes de localizar a su “pariente”. Esta vez la fortuna la acompaña, pues al girar el último recodo antes de llegar a la plaza, todo su ser se estremece, como golpeada por una ola etérea compuesta de tormentas eléctricas que accionan cada uno de los cinco sentidos de su encarnación humana. Un estruendoso pitido asola sus oídos, la nariz se ve acosada por un profundo olor a metal caliente, la boca se le llena de sabor a sangre, la piel se eriza, como por el contacto de una cuchilla afilada, mientras en los bordes de su campo visual destellan puntos de luz, como si mirara directamente al Sol. Él es un hombre de mediana edad, fuerte, con los músculos cincelados en su cuerpo como esculpidos por una vieja divinidad pagana, vestido apenas con unos pantalones de cuero, botas desgastadas por el camino y una media coraza que va desde la parte izquierda de su torso desnudo hasta el extremo donde se une con el guantelete rematado en púas de metal. El rostro del hombre es una máscara de cicatrices con la cabeza afeitada y llena de tatuajes, donde el rasgo más atractivo reside únicamente en sus ojos verdes de felino depredador, que contemplan a la mujer con curiosidad, probablemente tan afectado por la sobrecarga sensorial como lo está ella:
- Delenda “El Que Cosecha” se presenta ante vos y vuestra encarnación, confío en poder despedirme de vuestro cuerpo de la misma forma en que lo saludo -. El bárbaro recita la vieja fórmula que inventaron milenios atrás como saludo la propia Vajra e Ishvari: - Del mismo modo, Vajra “La Recolectora De Palabras” os devuelve el saludo, a vos y a vuestra encarnación, con la esperanza de despedirme de vuestro cuerpo de la misma forma en que lo saludo… veo que al final adoptasteis mi fórmula de salutación, a pesar de ser… ¿cómo lo llamasteis? Insufriblemente pomposa -. La mujer pone los brazos en jarras, pues de todas las posibilidades existentes, la Diosa ha tenido a bien traerle a quien fue su marido primero y finalmente su esposa, la persona con quien estuvo emparejada durante dos vidas consecutivas antes de, por mutuo acuerdo, decidir tomar caminos distintos:
- ¿Vajra? Oh, vaya… esto es… bastante incómodo – dice Delenda chasqueando la lengua mientras posa la mano desnuda sobre el extraño artilugio formado por una amalgama de piezas y engranajes que le cuelga del cinto, quizás como un hábito de su encarnación, más que una reacción consciente de amenaza, al menos así lo valora ella: - es decir… mi último recuerdo de vos es como mi marido –el bárbaro parece bromear antes de acercarse a la mujer y tomar sus pequeñas manos entre las descomunales y callosas de su encarnación: - Antes de que compartamos descubrimientos y… lo que pueda surgir –guiña un ojo a Vajra con complicidad: - necesito saber en qué estáis basando vuestro ser en esta encarnación –. Ella suspira, mira a un lado y a otro y tira del hombre para llevarlo a las afueras de la ciudad, en dirección a los terrenos aún sin cultivar que no se hallan muy lejos de allí. Delenda le sigue, tomándola de la mano, como si fueran viejos amigos, e intercambian algunas palabras vacías de contenido durante el trayecto, sobre el tiempo, la belleza arquitectónica de la ciudad y demás. Ambos evitan ofrecer al otro información personal, conocedores de que, al terminar el trayecto hacia un lugar más íntimo, puede que se declaren adversarios irreconciliables, al menos durante sus presentes encarnaciones.
Es virtualmente imposible para un ser consciente el existir sin cambios durante un período de tiempo tan largo como el que la inmortalidad permite. Es por ello que su especie tiende a un cierto grado de autodestrucción psíquica periódica, similar, pero diferente en sumo grado de lo que los mortales experimentan cuando sufren una revelación religiosa, o una inspiración que fuerza un cambio radical de carácter. La especie de Vajra, ya de por sí mutable, destruye voluntariamente sus principios éticos o intelectuales cada cierto tiempo, para de ese modo garantizar la pervivencia de su intelecto, huyendo del hastío, o simplemente, para obligarse a seguir un sendero de autodescubrimiento o exploración diferente cuando el actual ya no tiene salida o ha quedado “pequeño” con respecto a su actual amplitud de miras.
Mientras pasean de la mano por el camino empedrado que conduce a las afueras, Vajra rememora el pasado, algo más de un milenio y medio atrás, con la límpida claridad mnemónica que constituye casi un rasgo endémico de su especie.
Mil quinientos sesenta y tres años en el pasado, ella encarna al hijo de un noble, localiza la encarnación de Delenda, una niña que apenas pasó la pubertad, la secuestra del hogar de sus padres y celebra su segundo matrimonio con ella, consagrando la unión con el padre de su propia encarnación, al que luego cocinan y devoran en el banquete de bodas. Veintiocho años después, ambos deciden separarse, cuando Delenda vivisecciona a su propio primogénito para demostrar su última teoría sobre el sistema circulatorio humano a su marido tras un año entero de debates acalorados y discusiones académicas que siempre acababan en sexo, violencia, o una aberrante combinación de ambos, con cada vez más colisiones de egos heridos empañando la amistad de la pareja.
El dolor del momento pasado asalta a Vajra, de forma tan fresca como si hubiera sido hace cinco minutos… quizás una memoria tan perfecta no sea algo bueno, después de todo. Se obliga a sí misma a retroceder más en su experiencia común con El Que Cosecha.
Mil seiscientos dieciocho años atrás, Vajra es una mercenaria al servicio de un cazador de tesoros y, durante un altercado con una tribu del desierto, presencia la reanimación de uno de los enemigos abatidos al ser encarnado por Delenda. Con increíble astucia, convence a su contratista para reclutarlo en su cruzada por la riqueza y la gloria. Durante las acampadas, mientras los mortales duermen, ella y él se escabullen para intercambiar teorías y hacer el amor hasta el amanecer, hasta que, al mes de viaje, deciden asesinar a toda la compañía mientras duermen, para disponer de tiempo libre para estudiar juntos los misterios que les obsesionan. Con lo que logran saquear, consiguen adquirir una pequeña casa en lo que hoy es Paranghon, contraen matrimonio según la ley vigente y empiezan a dedicarse, por primera vez desde hace al menos ocho vidas, a sus metas personales, en vez de proseguir con las vidas que sus encarnaciones dejaron a medias o dedicarse al puro hedonismo narcisista.
Vajra refina los principios de la Kábala Negra, y depura el don que todos los de su especie parecen compartir, el de poder oír a los muertos, desarrollando rituales para canalizar las energías mágicas que fluyen de forma natural por el mundo para alimentar esa conexión innata y lograr proezas hasta entonces sólo alcanzables por los practicantes mortales de las Artes Nigrománticas. Por su parte, Delenda no tiene interés en los senderos místicos, sino más bien en lo material, lo palpable, de modo que aprende a refinar el don inherente a su especie de la transfiguración de la carne mediante la imposición de la realidad superior (la de su ser etéreo) sobre la realidad inferior (la de su encarnación, o ser material), llevándola hasta el extremo de poder modificar de forma permanente el cuerpo de su encarnación de miles de formas sutiles, a costa meramente de dolores crónicos atroces y de reducir sensiblemente su longevidad en décadas. También es en esa época cuando El Que Cosecha logra sus mayores avances en medicina y mecánica, logrando diseñar hermosos y complejos mecanismos de relojería con los que divierte a los tres hijos que Vajra le da.
Años más tarde, la encarnación de Delenda fallece por diversos fallos orgánicos debidos al exceso de transfiguraciones que su cuerpo ha sufrido. Ella, sabiendo que puede pasar un tiempo hasta que la encarnación más próxima de su marido la localice, cuida sola a los hijos hasta que terminan de crecer y se abren al mundo.
Un año más tarde, fallece de forma horrible, devorada por una aberración innominable salida de una chapucera invocación de Kábala Negra fuera de control.
El retorno al presente viene acompañado de la conciencia de saberse acompañada de alguien que, al igual que ella, ha sido tanto un asesino despiadado y monstruoso como un genuino altruista que roza la santidad… y que actualmente tiene el potencial de ser cualquiera de esas dos cosas, o una intermedia, o algo más extremo que esas dos. Probablemente Delenda también esté inmerso en sus recuerdos en este mismo momento, o al menos así parece atestiguarlo su mirada perdida.
La pareja se detiene al llegar al principio del bosque, en una arboleda apartada del camino, cuando ambos están lo suficientemente lejos de la ciudad como para que sus actos no sean observados por ningún testigo. El enorme mercenario parece tener una naturaleza impetuosa, pues una vez la marcha es interrumpida, aprisiona a la mujer entre su cuerpo y un árbol, aprisionándole ambas muñecas con su enorme manaza por encima de la cabeza, mientras su rostro viola el espacio personal de Vajra, deteniéndose a meros centímetros de sus labios. Ella ve por el borde de su campo visual como la mano con el guantelete de púas retrocede, presta a empalarla contra el árbol a la mínima señal de que intente transfigurar su carne para defenderse:
- Yo he elegido el amor incondicional a la vida… la serenidad y la integración de mi ser con el de mi encarnación mortal, por eso deseo que no me forcéis a cambiar de cuerpo de forma prematura –susurra Vajra, sin miedo (pues esa es una emoción imposible para los que no mueren eternamente) pero con firmeza, con la pasión robada a su encarnación, que le confiere un brillo acerado a sus palabras. Ambos se desafían con la mirada, imponiendo un silencioso duelo de voluntades entre sus Yoes Eternos a través de los ojos de sus encarnaciones mortales.
Los dos son conscientes de que la diferencia entre la fuerza física y el tamaño de sus respectivos cuerpos no garantiza la victoria de ninguno de los dos. Saben que la muerte será un retraso en la senda que ambos han elegido para sí mismos en esta era. Pero los dos tienen rencores no resueltos en su pasado compartido, rencores que sólo pueden ser dejados de lado si la senda escogida por cada uno incluye la facultad de seguir adelante, o al menos, planes a largo plazo que no deban ser interrumpidos por una simple trifulca académica. Basta con que el bárbaro haya escogido una senda con metas a corto plazo, sin apego por su encarnación actual o hedonista para que la confrontación sea inminente. Vajra contiene el aliento de forma refleja, pues tiene mucho que perder si muere hoy. Las memorias de su encarnación pasan por el ojo de su mente en rápida sucesión: Su único hijo superviviente, su siempre enojada pero, a pesar de ello, cariñosa prima, sus ansias de vengarse de la Hueste Oscura. Mezclados con los recuerdos de Nalai Chandras se hallan sus propias memorias, sus planes para el derrocamiento del actual Regente de Dhargen, los rostros de las personas, vivas y muertas, que han capturado su interés, su imaginación y su corazón en esta vida mortal. Si vuelve a cambiar de cuerpo, muchas de sus relaciones con los habitantes de Dhargen se deteriorarán, ya sea porque su nuevo cuerpo las sienta de forma diferente al actual, o porque esas amistades no reconozcan a la amiga que fue cuando ella sea otra persona.
Delenda aspira profundamente el olor a canela que desprende la piel de la mujer, humedeciéndose los labios mientras acaricia con la punta de su nariz rota la mejilla izquierda de su prisionera. Su aliento se mezcla con el de Vajra, ambos se saborean mutuamente en esa vehemente proximidad, olvidada temporalmente la violencia latente entre ambos por unos instantes, mientras ambas entidades se recrean en la satisfacción sensorial de sus encarnaciones mortales. Se estudian con los sentidos, olvidando el intelecto, cediendo el control a los instintos humanos, como reconociendo la posibilidad de perder la corporeidad de un momento a otro y queriendo aprovechar los últimos momentos en que ambos experimenten el mundo mortal siendo las personas que son ahora. El bárbaro acaricia los labios de la mujer con los suyos durante apenas un instante, separándose después para cernirse sobre ella mientras alza el guantelete armado.
Vajra aguarda, ya ha hecho su declaración de intenciones, ahora es el turno de Delenda. Contiene el aliento de forma refleja, pues de las palabras que broten ahora de los labios rotos del bárbaro depende la supervivencia de lo que ahora siente como suyo.



FIN DE LA PRIMERA PARTE
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
 
Cuestión de respeto (Parte 1)
Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba 
Página 1 de 1.
 Temas similares
-
» naruto shippuden: the new generation capitulo 2 parte 1
» Harry Potter 7 las reliquias de la muerte 1 parte (2010) Dvdrip Latino (Aventura)
» [The Moon Knights] Segunda parte
» Saludos por mi parte. Es un placer y sí, también soy iniciado en un foro.
» Amores de Secundaria (NaruHina y mucho más) cap 16 Parte 2

Permisos de este foro:No puedes responder a temas en este foro.
Dhargen y los Reinos Libres del Sur :: Forjadores de Historias _ Interpretacion :: Las Historias de Dhargen-
Cambiar a: