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 El ritual

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Cellgadys



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MensajeTema: El ritual   Miér Feb 13, 2013 8:18 am

Vajra se acomoda sobre una prominente roca, dejando que la faltriquera se deslice desde su hombro hasta el suelo, apenas frenándola con la mano. Contempla la arboleda, a través de cuyos árboles pueden verse las primeras antorchas de la cercana ciudad. “Luna nueva.... ¡por fin! tengo de cuatro a cinco noches para trabajar, y este cuerpo necesita adaptarse a estas energías cuanto antes” piensa, mientras desnuda sus brazos, arremangándose hasta los codos. Los vendajes de sus antebrazos ya muestran cuatro flores rojas alineadas con el hueso, de la sangre que ya se ha filtrado, pero el rojo está cerca del marrón, lo que significa que ya están casi curadas las heridas autoinfigidas de la anterior noche. Abre la faltriquera y extrae de ella el cráneo de Asekh-sen, situándolo sobre la roca, como para supervisar toda la operación:
- Bien, princesita, ahora voy a darle a este cuerpo su primera vez... cántame algo hermoso, esto se va a llenar de magia y quiero disfrutarlo –susurra a la Sin Reposo dentro del cráneo labrado. La, para oídos mortales al menos, silenciosa calavera queda sobre la roca como un macabro tótem, mientras la mujer entrecierra los ojos, meneando ligeramente la cabeza, siguiendo el ritmo de la música secreta cantada desde la frontera del Ser con el No-Ser:
- Si sigues así no sabré si llorar o bailar, dulcecita mía -. Le susurra a la calavera mientras extrae cinco velas de la faltriquera. Selecciona una de ellas y le realiza una serie de muescas paralelas con la uña del pulgar, todas equidistantes y apretadas cerca de la mecha y más espaciadas entre sí en el punto cercano a la base. Deja las velas a un lado y arranca la rama de un árbol cercano, limpiándola hasta convertirla en un palo afilado, con la ayuda de un pequeño cuchillo sacado del maletín:
- No sabes cuánto echaba de menos tus canciones, Asekh-sen... el mundo es terriblemente silencioso cuando no tengo tu vocecita dentro de mí -. Usa el palo para trazar un círculo perfecto en el suelo de la arboleda, de unos siete metros de diámetro, paseándose por su circunferencia tres veces, para dejarlo bien marcado en la tierra. Luego extrae de su faltriquera una pequeña piedrecita negra atada a un hilo y la sostiene ante sus ojos, tomando el extremo del cordel con dos dedos. Espera pacientemente hasta que la piedrecita deje de oscilar y se quede quieta, señalando a un punto fijo:
- Sí, canta la del pescador.. ya sabes que le tengo cariño a esa canción -. Musita mientras deja la piedra dentro del maletín y extrae tres botecitos de barro cocido sellados con cera, apoyándolos en la piedra junto a la calavera. Toma de nuevo el palo y traza las líneas de una estrella de cinco puntas en el interior del círculo, asegurándose de que las líneas queden rectas y de que el vértice principal esté orientado al sur magnético, repasando cada línea tres veces, para asegurarse de que están bien marcadas. Luego traza una línea rematada en dos círculos intersectados a partir de cada vértice de la estrella y deja el palo a un lado:
- Bien, princesita, ahora canta algo solemne y con fuerza, porque toca la sal -. Esboza una sonrisa mientras su mente se llena de melodías entonadas por una voz que es al oído lo que una mirada intensa es a la piel. Recoge uno de los botes que dejó sobre la roca y lo destapa con los dientes, procediendo a vaciar la sal gema que contiene en el interior de los surcos que ha trazado en la tierra, recorriendo el esquema en sentido opuesto al que fue trazado. Cuando uno de los botes se vacía toma el siguiente, y así con los tres, hasta que el círculo, con la estrella de cinco puntas de su interior y los "brazos" de la estrella que sobresalen rematados en círculos intersectados ven sus líneas brillantes a la luz de las estrellas del cielo por los cristales de sal:
- Ahora el fuego -. Recita, como si la calavera fuera su libro de notas personal. Con la ayuda de un yesquero y no poca paciencia, enciende las cinco velas, dejando aquella que marcó con líneas de tiempo para el final. Las coloca cada una en un vértice del pentagrama, con la vela de tiempo sobre su vértice Sur y se sienta con las piernas cruzadas en el centro del diagrama, con la vista alzada al cielo, hacia el lugar donde ahora la luna muestra sólo su sombra. Inspira con fuerza mientras relaja todo su cuerpo:
- Asekh-sen... ahora sólo tararea, sin palabras... es la primera vez que someto a este cuerpo a las energías de la Kábala Negra y necesito concentración... no sería bueno que perdiera el conocimiento mientras Algo se da un paseo por el reino material -. Extiende las palmas de las manos hacia arriba y sus ojos se ponen en blanco, al tiempo que sus hombros empiezan a temblar. Sus labios silabean, pero no es sonido lo que brota de ellos, sino una suerte de vibración, con la textura del escalofrío y el color del aire caliente sobre el metal al rojo. La cabeza le cae a un lado, mientras una espuma blanquecina le empieza a rebosar de la comisura de los labios. La llama de las velas se torna primero azul y luego verde a medida que el sonido de lo inmaterial en los labios de la mujer resuena con ellas. La hierba alrededor del círculo empieza a marchitarse hasta reducirse a polvo, a medida que las energías mágicas del entorno se ven arrastradas hacia la "trampa" metafísica que supone el círculo perfilado con sal gema. La mujer parece recuperar parte del control del cuerpo y empieza a ponerse de pie, como una marioneta de cuyos hilos tirara un titiritero no demasiado diestro. Sitúa su cuerpo completamente recto con los brazos alzados, como una torre erigida en el centro del círculo, como canal para lo que ha de venir. Sus ojos siguen en blanco y borbotones de espuma caen de su boca, mezclados con ese sonido silencioso que resuena como el estallido del despertar tras una pesadilla. El aire parece espesarse sobre la mujer, entre sus manos alzadas, retorciéndose en un remolino que parece atrapar un pedazo de nube en sus revoluciones, lo que dota de un color blanquecino a la ventana hacia el reino donde el color es una ecuación matemática, y el sonido se saborea. Los miembros de la mujer se tensan en un espasmo mientras las llamas de las velas pasan del verde al amarillo y, de repente, se vuelven de un color violeta profundo. Del remolino sobre la matrona surge una forma monstruosa por su tamaño, que al principio es poco más que una vibración en el aire, pero luego empieza a dibujarse, como trazada por el pincel de un artista etéreo y expresionista, primero los colores, púrpura, añil y verde empiezan a revolotear como mariposas a su alrededor, luego el volumen empieza a hacerse perceptible y la forma se hace evidente a sentidos mortales. Es como un extraño pez abisal, cuyas dimensiones parecen siempre escabullirse frente a los sentidos mortales, a veces parece grande como un castillo, a veces es pequeño como un perro, pero su forma general es, de algún modo estable. Un centenar de ojos con iris multicolores parpadean de forma asincrónica a lo largo del cuerpo pisciforme, mientras parece nadar a través del mismo aire, enroscando su figura en espirales caóticas alrededor de la mujer. Lo que corresponde a la cabeza del ser es un conjunto de apéndices quitinosos, como centenares de patas insectoides cuya cara interior está revestida de una hilera de espinas, como una especie de peines aserrados que se agitan con frenesí produciendo un sonido como el raspar de un centenar de piezas de metal las unas con las otras, desprendiendo chispas rojas con la fricción. La mujer parece recobrar algo de vitalidad mientras el extraño ente "nada" a su alrededor, pues sus ojos dejan de estar en blanco y su respiración, aunque agitada, vuelve a ser perceptible. Inspira con fuerza mientras se limpia la espuma de la boca con el dorso de una mano, y posa la palma de la otra sobre la piel escamosa, irisada y multicolor de la bestia mientras ésta se desliza, como aceptando la caricia, rozando todo su cuerpo contra la mano de la mujer antes de enroscarse frente a ella. La entidad sitúa el conjunto de apéndices insectoides aserrados que constituye su cabeza alzado, como si fuera una cobra levantando la cabeza ante la flauta de un domador de serpientes. Los ojos que recubren la piel de la criatura parecen enfocar a la mujer, parpadeando cada uno a su ritmo, como si pertenecieran a seres diferentes, independientes del cuerpo general del que parecen formar parte. Ella alza ambas manos en un ademán enérgico hacia la criatura y ésta fluctúa, como si entrara y saliera de la realidad material entre un parpadeo y otro:
- Me perteneces.... -. Masculla con voz debilitada la matrona, con la frente perlada de sudor. Entrecierra los ojos y alza el meñique y el pulgar de la mano izquierda, manteniendo el resto de los dedos plegados, y acto seguido abre la mano y la vuelve a cerrar en un puño, como si cogiera algo en el aire y lo arrastrara hacia el lado izquierdo de su pecho. La bestia se desenrosca y "nada" por el aire, a toda velocidad, primero hacia el cielo y luego sale disparado como una bestia marina hacia algún lugar al norte de Dhargen:
- Alguien va a tener una mala noche hoy.. -. Logra vocalizar, antes de caer al suelo de espaldas, desfallecida.
A varios días de viaje, el elfo corrupto antes conocido como Alaraniel se regodea en su recién adquirido poder, mientras sus huestes no-muertas terminan de arrasar lo que queda de una villa hasta los mismos cimientos. Alaraniel se siente bien, a pesar de las úlceras que marcan su antaño perfecta piel, y del racimo de tentáculos que ahora adorna su mejilla. La sensación de poder que recorre sus miembros le llena de éxtasis malsano. Descuartiza con las manos desnudas el cadáver de un anciano que cayó intentando plantar cara al enemigo con la espada de su hijo en las manos. El sonido de cientos de piezas de metal restregándose entre sí le obliga a levantar la vista de su profanación, un segundo demasiado tarde, para contemplar como Algo, de aspecto más terrible de lo que su mente le permite describir, cae sobre él y lo reduce a pedazos sanguinolentos en el tiempo transcurrido entre dos parpadeos. Las criaturas no-muertas a su alrededor son desperdigadas en miles de fragmentos de carne tumefacta y hueso en cuestión de segundos por parte de algo que parece caer desde el cielo y "nadar" entre las nubes sanguinolentas que forman sus presas, como un pez depredador en un banco de sardinas desprevenidas. En apenas un par de minutos, el pueblo queda completamente desierto, con restos de armas y armaduras descuajeringadas cubiertas de fragmentos ensangrentados, como únicos testigos de lo que fue Alaraniel y su ejército oscuro. La oscuridad seguiría avanzando sin freno, y habría una nueva horda cabalgándola, pero en algún rincón del reino, la desgracia de una mujer y de su familia había sido vengada en parte.
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