Razas y Reinos forjando su destino.
 
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 Faeruithir Brihtmoon

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kargos666

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Fecha de inscripción : 19/09/2007

MensajeTema: Faeruithir Brihtmoon   Miér Sep 19, 2007 6:38 pm


Las tragedias de la guerra siempre elaboran horrores que no deberían de ser narrados, pero la historia de Faeruithir siempre fue algo diferente, una excepción que destaca por oponerse a toda lógica y comprensión. Ésta es una de esas historias, que nunca debió existir y, sin embargo, marca de nuevo su desafío tomando cuerpo en éste relato.

La apacible vida de Faeruithir Brightmoon se desarrolló en uno de tantos poblados élficos en las profundidades de los más oscuros bosques del mundo. Un poblado que ya no existe.

Hija de madre bruja y padre cazador, su herencia siempre la mantuvo en contacto con la naturaleza y los espíritus. Ella junto a su hermano disfrutaban de juegos y cacerías en el bosque en los que su padre hacía frecuentes guardias para mantener a raya bestias peligrosas; y durante las noches de plenilunio su madre le enseñaba los secretos de las estrellas y la magia.

Todo acabó con la guerra entre orcos y humanos. Las bestias orcas se movilizaron desde las montañas atravesando el bosque sin nombre con la idea de coger por sorpresa a los desprevenidos humanos. Casualmente, a quienes sorprendieron fueron a los indefensos elfos.

Como una mortífera ola verde, el bosque entero quedó arrasado con la llegada del ejercito orco. Las atrocidades que se cometieron fueron inconcebibles. Sin ningún lugar adonde huir, los elfos intentaron abrir una brecha en la línea orca para poder escapar, pero la superioridad numérica a la que se enfrentaban era abrumadora y fueron aniquilados como quien quiebra una rama seca.

Faeruithir y su hermano se encontraban ocultos en un falso suelo de su hogar cuando los pieles verdes mataron a todos los que les opusieron resistencia. Ellos, aunque entrados ya en la adolescencia y con capacidades como para poder defenderse, fueron forzados por sus padre a esconderse, quizás anticipando la masacre que acontecería.

El poblado fue consecuentemente destruido y saqueado, pero muchos niños sobrevivieron ocultos de esa manera. Al anochecer de ese mismo día, cuando parecía que todos los horrores habían pasado, los niños regresaron a la superficie. La locura les esperaba fuera. De entre los restos calcinados de sus hogares surgían terribles picas con los cuerpos empalados de sus familiares, amigos y vecinos, algunos completamente mutilados, otros todavía agonizantes con sus rostros ensangrentados contraídos en muecas de angustia, dolor y desesperación. Si eso no fue suficiente para sumir en la locura a aquellos niños indefensos, la desgracia que les acontecería borraría toda sombra de cordura en los supervivientes.

Tras encontrar a su madre crucificada y sin rastro de su padre, Faeruithir y su hermano se quedaron llorando a sus pies, rodeados por los fuegos aún sin extinguir de las casas y árboles, y del aroma a sangre y muerte que amenazaba con llevárseles también a ellos al otro mundo.

Todo volvió a ocurrir demasiado rápido. Unos orcos rezagados del ejercito principal, carroñeros débiles y deformados, llegaron en medio de la noche; y con una eficiencia propia de su experiencia: mataron, torturaron, destruyeron y saquearon lo que quedaba en pié. En medio de aquel caos se encontraron Faeruithir y su hermano, que careciendo de un lugar adonde ir y negándose a abandonar los restos de su madre se dispusieron a vender caras sus vidas. Los dos lucharon valientemente, y abatieron a algún que otro orco con sus armas y sus hechizos, pero sencillamente ellos eran demasiados. Los derribaron y desarmaron, desgarraron las ropas de ella y la violaron y a él lo clavaron al suelo con cuchillos y lo torturaron abriéndole tajos lentos con una hoja oxidada. Para olvidarse de su dolor y su humillación, ambos hermanos mantuvieron su mirada el uno en el otro, infundiéndose mutuamente valor y aguante. Quizás fue por buscar también el amparo de su madre que ambos miraron su rostro, y por sus ojos entreabiertos por los que asomaba la muerte vieron que brotaban lágrimas de sangre. En ese momento ninguno de los dos pudo evitar echarse a llorar.

Cuando todo acabó y los orcos se fueron, ella estaba llena de moratones pero sobreviviría, en cambio su hermano había perdido mucha sangre y oscilaba entre la vida y la muerte. Ella se le acercó y otorgó su calor a los últimos momentos de su hermano. Cuando su corazón paró finalmente de latir se sumió en una inmensa desesperación, y en un arranque de ira y locura maldijo a los dioses y les exigió que también la llevaran a ella. Tomó el filo oxidado que había arrebatado la vida de su hermano y lo dirigió contra ella, clavándoselo profundamente en el vientre. Su vida se fue apagando, su vista se oscureció, y abrazó la paz que le sobrevenía; pero había alguien en aquella oscuridad, lo presentía antes de que pudiera dirigirse a ella y cuando fijó su atención en la entidad, ésta le dijo:
“Los dioses te han escuchado chiquilla, y desean darte una oportunidad de vengarte, pero tu vida ya nos pertenece y por lo tanto tu alma también. Cuando se dé por cumplida tu venganza regresarás a nosotros y nos servirás por siempre. ¿Aceptas nuestro pacto?”
Faeruithir no tuvo tiempo de meditar su decisión, su ira y locura hablaron por ella, y sin que nada la contuviera, pronunció:
“¡¡QUE ASÍ SEA!!”

Despertó como si estuvieran arrancándole las tripas, pero no eran sus tripas, era el propio filo que ella se clavó; y no lo extraía la fuerza divina, sino uno de entre una legión de demonios que la rodeaban de vuelta al mundo natural. Seguía desnuda y tirada en el suelo, y los demonios habían comenzado un ritual que lo sumía todo en una neblina rojiza con olor a sangre. La inmovilizaron de piernas y brazos, y con el vientre aún sangrante por la herida que se autoinfringió comenzaron a violarla de nuevo.

Quiso morir otra vez. Gritó y se retorció como pudo sumida en la más profunda de las locuras. Progresivamente los demonios se fundían con ella tomando forma de tatuajes; para, tras ello, sucederle otro que tomaba posesión de su cuerpo. Este abyecto ritual prosiguió hasta el amanecer, momento en el que Faeruithir tomó conciencia de su error. Había hecho un pacto con Khaela Mensha Khaine, el dios de la sangre y el asesinato de los elfos, y ahora estaba condenada a servirle hasta el fin de los tiempos. Al menos, su sexo había quedado destrozado e insensible. Ya no tendría que preocuparse por él. Y la posesión de tantos demonios, latentes en su cuerpo, le habían otorgado unos poderes y una fuerza descomunales. Sin duda cumpliría su venganza... pero a que precio.

El ejercito orco ya se encontraba en las fronteras del bosque, asediando una fortaleza humana. Levaban varios días en aquella situación, los orcos preparando escalas y arietes y los humanos rezando a sus dioses por ayuda. Lo que pasó aquella noche sería interpretado por los humanos como un milagro sin precedentes. Al amparo de la noche Faeruithir se abalanzó sobre los orcos. Desnuda y ensangrentada como se encontraba, persiguió el rastro orco sin comer ni dormir, ya que ahora carecía de esas necesidades, y sin acusar fatiga ni dolor acortó distancias con la fuerza orca hasta darles caza.

Los orcos solo vieron una sombra que se cernía sobre ellos. Faeruithir deformaba sus miembros en amasijos y tentáculos de carne, sangre, astillas de hueso y garras adamantinas. Era como si la misma noche hubiese cobrado vida y se las estuviera arrebatando a los pieles verdes con la forma de sierpes de sangre traídas de los infiernos. La aniquilación orca se completó en un par de horas. Los pequeños reductos que consiguieron huir serían capturados por los humanos. Al amanecer la fortaleza humana pudo ver el resultado de una noche de gritos de agonía y terror. Más de cinco mil orcos yacían muertos cubriendo todo el campo que rodeaba el castillo como si de una alfombra de carne y sangre verde se tratase. Los dioses habían sido clementes con los humanos.

De regreso al bosque, todavía bajo el manto de la noche, la extenuada elfa recordó su aciago destino. Se sentía vacía después de lo que había hecho, y ultrajada y traicionada por haber conseguido tan poca satisfacción con sus actos, además de engañada y colérica. La familiar voz de Khaine le llamó desde los infiernos reclamando su alma, arrastrando su cuerpo fuera del plano natural. Pero ella se resistió. Cualquier otra alma mortal hubiera sido devorada por los infiernos, pero su fuerza de voluntad y la demencia que sentía desencadenada tomaron control absoluto de su cuerpo, rompiendo el enlace con su señor. Khaine lleno de furia utilizó la energía conseguida con la masacre para manifestar un avatar en el reino mortal. Una amplia zona de bosque quedó carbonizada al instante mientras un brote de lava surgía del suelo y de él una enorme mano de metal al rojo vivo rebosando de sangre hirviendo y fuego. Tras la mano surgió otra y tras ella el torso demoníaco del dios encarnado. Faeruithir sabía que no era rival para esa entidad del averno, pero aun así salto como una desesperada hacia su rostro. Al tocarlo sintió como el fuego consumía su carne, pero aun así clavó sus garras en las cavidades del rostro que fulguraban como pequeños soles. Como respuesta un sonido como de metal chirriando salió del la boca del demonio y un chorro de lava le salpicó a ella en el brazo, pero ya no existía el dolor, solo la desesperación y la locura; así que siguió golpeando hasta que un manotazo la apartó de su objetivo, mandándola por los aires hasta chocar de espaldas con un tronco. Aturdida intentó incorporarse antes de que su adversario retomara su ataque pero era más rápido de lo que había pensado, en escasos segundos el avatar de Khaine ya se encontraba completamente materializado en este plano y avanzaba caminando con sus pisadas de fuego para rematar lo que había empezado; para ello invocó su espada, la “Condenación aullante”, un arma cargada de runas de metal al rojo y llamas que gemía con las almas de aquellos a los que había segado la vida y que gritaban en una eterna agonía. Tras su aparición como surgida de un pequeño huracán de fuego tomó posición para asestar el golpe final. Y en ese último momento de existencia Faeruithir miró a Khaine a los ojos, y la luna llena se reflejó en ellos; ella gritó y la intensidad del brillo que despidieron sus ojos tan solo era comparable a la furia que se desató, era como si la luz que la luna trajo al mundo desde su origen se hubiera concentrado en ese instante en los ojos de aquella chiquilla. Tras ello Khaine solo pudo ver como el haz de luz le atravesaba, pero no era luz lo que le atravesó, una punta de hueso de inmenso tamaño surgía del brazo de la elfa y logró romper el núcleo espiritual de la encarnación. Atónito, el dios vio como su forma material se derrumbaba, pero antes de desaparecer anunció su eterna amenaza: “No hay lugar en el mundo donde te puedas esconder de mi.”.

Finalmente había acabado. El agotamiento, las heridas y el dolor regresaron a su maltrecho cuerpo, y allí donde cayó se quedó sumida en la inconsciencia. Más tarde, tras lo que pudieron ser días o semanas, se encontró con que los humanos la habían recogido tomándola por una esclava superviviente. No tardó en recuperarse completamente, para sorpresa de aquellos que la cuidaban, y decidió intentar llevar otra vez una vida tranquila. Pero ya su existencia siempre estaría marcada por la tragedia. Aunque esas son historias que otros tendrán a bien contar.

MODUS OPERANDI

Faeruithir Brihtmoon vaga actualmente por todo el mundo, sabe que tiene características propias de demonios como su fuerza, su exención física (no necesita ni comer ni dormir, no sufre de enfermedades ni venenos que no sean de origen mágico,..) y que no envejece. Además regenera sus heridas a gran velocidad y puede hacer uso de algunos hechizos que aprendió de su madre (globo de oscuridad, fuegos fatuos,...). Pero también sabe que no estará segura en ningún sitio si deja brotar su ira e invoca el poder de los demonios atados en su interior, manifestando las esquirlas de hueso y deformando su cuerpo en las formas más abominables imaginables. De esa manera solo conseguiría la muerte de muchos inocentes y la materialización de demonios que irían tras ella.

Dado que ya tiene varios cientos de años (ha pasado mucho tiempo desde lo acontecido en el relato) ha experimentado la paz con muchas personas, pero el tiempo termina por hacer envejecer a aquellas, y ella permanece eterna e inalterable, así que no le queda más remedio que partir hacia otro lugar donde no despierte sospechas.

En su lucha contra los demonios ha intentado exorcizarlos de diversas maneras pero ha constatado que si lo hiciera no solo moriría sino que le entregaría su alma a Khaine y espera que un día alguna deidad celestial pueda ayudarla a trascender a una existencia más ideal.

Alguna vez ha tenido que hacer uso de sus poderes demoniacos en situaciones límite para hacer algún bien mayor o incluso ha estallado en ira como fruto de un brote psicótico o esquizofrénico y ha provocado muertes sin sentido y manifestaciones demoníacas. Pero intenta evitar al máximo tales circunstancias, buscando relacionarse con gente tranquila y de bien. Pero a veces su mermada cordura hace mella en sus actos.
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